33
Mina
Leonard me tomó de la mano y me guio con cuidado por un sendero entre la hierba. Se detuvo en una zona de picnic desierta, frente a una de madera. Sobre ella había colocado un mantel de algodón orgánico y una cesta de mimbre, y había decorado los bancos con mullidos cojines forrados con arpillera.
—Pensé en poner velas, pero me dio miedo que me regañaras por el riesgo de incendio —dijo con una sonrisa tensa.
Lo abracé emocionada, sintiendo un nudo de emoción en el pecho.
—Tienes razón. Es exactamente lo que habría dicho —respondí, tratando de mantener la voz firme.
—Sí, ya empiezo a conocerte —dijo satisfecho—. Anda, abre la cesta.
Al abrirla, encontré todo tipo de delicias veganas, todas ellas en recipientes de papel reciclado y sin un atisbo de plástico.
—Esto es… ¡alucinante! —dije con sinceridad, la emoción mezclada con la tristeza de saber que esta podría ser nuestra última noche juntos—. Me encanta. No sabes cuánto.
Saqué los pequeños recipientes y comencé a comer con ganas. En todo el día había comido poco más que barritas energéticas y frutos secos, y todo lo que había preparado Leonard estaba delicioso.
Después de la cena, me llevó a dar un paseo a lo largo del río.
El sonido del agua corriendo y el canto de los pájaros nocturnos me calmó un poco, pero no podía dejar de pensar en lo que nos esperaba.
Poco a poco fuimos regresando hacia el punto de partida, junto a las mesas de pícnic entre la hierba.
Cada paso me acercaba un poco más al final de esa noche.
Al final de todo. No quería irme todavía, así que me senté en un banco de madera, y Leonard se acomodó pegado a mí.
Con una sonrisa, señaló hacia las estrellas.
—Mira —dijo, indicando hacia arriba—. ¿Ves esos tres puntos brillantes alineados? Son el cinturón de Orión. Y esas dos a su lado forman los hombros y los pies; se llaman Betelgeuse y Rigel. Si te fijas, la figura completa se parece a un cazador con un arco en la mano.
—Vaya, es cierto —dije, entrecerrando los ojos para observarla mejor.
—Ya sé que no te gustan mucho los cazadores, pero aun así es hermosa, ¿no crees?
Era hermosa, pero también ominosa.
La presencia de Orión en lo alto del cielo era un reloj de arena. En veinticuatro horas llegaría el momento crucial, y tendría que enfrentarme a mi destino.
Cuando bajé la mirada, tuve que frotarme la cara para disimular que se me habían empañado los ojos. Su rostro estaba mucho más cerca de lo que había pensado, y me observaba fijamente.
Me giré lentamente hacia él, y nuestros labios casi se rozaron, separados por meros milímetros de aire espeso y cargado de electricidad estática.
Era la última noche.
Era ahora o nunca.
Lo abracé de golpe y lo besé con toda la pasión contenida que había guardado en mi interior.
Metí las manos por detrás de aquella deliciosa camiseta negra de algodón, sintiendo los músculos de sus bíceps.
Él me acarició con mucho más cariño y cuidado que yo, sin prisa.
Sentí que estaba tan excitado como yo y supe que no iba a costarme convencerlo.
—Leonard —le dije, con la voz temblorosa—, por favor. Te necesito… Te necesito esta noche.
—Estaré siempre que me necesites —dijo, sin comprender.
Sacudí la cabeza, atrayéndolo contra mí.
—No. Te necesito completamente. Aquí, ahora, esta noche.
Tú estarás siempre aquí; eso no lo dudo.
Pero yo soy mortal. Y me gustaría vivir.
Porque no he vivido en todos los años que llevo en este mundo.
Siempre he tenido que cuidar de los demás; hacer todo de modo que ellos estuvieran bien.
Pero esta noche… por favor. Esta noche quisiera que fuese mía. Tuya y mía.
Sus ojos mostraron un deseo tan intenso que iluminaron el claro en el que nos encontrábamos. Pero en ellos había también preocupación. Supe que estaba luchando contra sus propios demonios, contra el miedo de hacerme daño.
—Mina… ¿estás segura?
—Jamás he estado más segura de nada.
—No quisiera lastimarte.
—No lo harás. Confío en ti. Es lo que más deseo.
Apreté su mano con fuerza, y su respuesta no se hizo esperar.
Me cogió la cara con las dos manos y me miró con tal pasión que sus ojos se encendieron. Su beso fue lento, y alargó cada segundo hasta que no pude más y gemí, atrayéndolo hacia mi pecho.
Con un solo brazo me levantó del banco, y con el otro arrancó el mantel de la mesa para extenderlo sobre la hierba. Después me tendió sobre la tela y se tumbó a mi lado para seguir besándome. Sus besos eran lentos y cuidadosos, pero cargados de una intensidad que me puso el vello de punta.
—Prométeme que me detendrás si es necesario —dijo, su voz quebrada por la emoción y el temor—. Es más… —Miró a su alrededor. Se levantó y arrancó una rama, que al cortarla quedó afilada por un extremo. Luego la dejó a nuestro lado—. Si pierdo el control, clávamela.
Lo miré horrorizada.
—Júramelo —dijo—. Si no, recogemos todo esto y nos vamos. No me perdonaría hacerte daño. Júrame que me la clavarás si es necesario.
—Te… te lo prometo —respondí con voz temblorosa, acariciando su rostro con ternura y dejando la aterradora rama a un lado.
Asintió, y sus manos recorrieron mi cuerpo con una reverencia que me hizo sentir adorada; pero también con fuerza, con decisión, y con los movimientos certeros que solo podía haberle dado la experiencia.
Despacio, me fue despojando de la ropa y quitándose la suya. Cada prenda caía al suelo con un revoloteo suave que prometía unos centímetros más de cercanía.
Cuando finalmente quedamos desnudos sobre el mantel, Leonard se tomó un momento para observarme.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo con admiración y reverencia, y me estremecí bajo su penetrante mirada.
Me besó de nuevo, esta vez con más intensidad todavía, bajando por mi cuello e inspirando la piel de detrás de mi oreja, mientras sus manos exploraban bajo la ropa interior.
Sentí su piel, fresca y suave, cuando se reclinó sobre mí completamente desnudo. Después se agachó y me besó los pechos con delicadeza, creando círculos concéntricos.
Por un instante, no supe qué hacer. Me sentí torpe, tímida y congelada en el momento. Pero también desesperada por tenerlo más cerca. Quería que fuésemos uno; quería sentirlo de verdad; sentir de verdad la vida, antes de que se me escapase para siempre.
—Leonard… —murmuré, incapaz de formar frases coherentes.
Él sacudió la cabeza y siguió besándome, masajeándome los pechos. Siguió besando la línea entre ellos mientras bajaba, y se detuvo entre mis piernas.
Jamás había tenido a nadie así, y me retorcí de placer. Sentí una pizca de vergüenza y me aparté un poco; él se dio cuenta.
—¿Quieres que pare? —murmuró, alzando el rostro y alejándose por un segundo.
Sacudí la cabeza, desesperada por su súbita ausencia.
—No —dije con voz firme—. Te lo he dicho. Es lo que quiero.
—Está bien —respondió con voz dulce, aunque sus ojos relucieron carmesíes bajo las estrellas—. Entonces, relájate.
Me miró desde debajo de sus greñas castañas, y me dije que jamás había visto a un hombre tan atractivo en mi vida.
Su lengua jugó conmigo, haciéndome sentir cosas que jamás había sentido.
Sentí una oleada que me sacudía de abajo a arriba, y solo entonces se detuvo, mirándome con una sonrisa boba y una ceja alzada que esperaba un comentario.
Se lo habría dado, pero estaba tratando de recuperar el aliento.
—Podemos dejarlo aquí —dijo, apoyándose sobre los brazos para que su rostro quedase frente al mío, tumbados—. Puede que sea lo mejor.
Lo miré con los ojos como platos, negando con fervor.
—Ni se te ocurra —murmuré con voz entrecortada.
Me miró fijamente a los ojos, y yo asentí otra vez.
Poco a poco, con gran delicadeza, fue bajando suavemente sobre mi cuerpo.
Sin parar de besarme, iba reajustando la posición de su peso, comprobando que no me hacía daño, que estaba cómoda, que todo era como yo había deseado.
Cerré los ojos, sintiendo una leve punzada, que solo duró un instante.
Después, nuestros cuerpos comenzaron a fusionarse, en un primer contacto lento y cuidadoso.
De nuevo, Leonard se detuvo para asegurarse de que estaba bien.
Sus ojos se clavaban en los míos, taladrándome, atravesándome.
Asentí de nuevo, tratando de esbozar una sonrisa por encima de todas aquellas sensaciones nuevas que me embargaban.
Me sentí extraña mientras mi cuerpo trataba de acomodar algo que no había conocido nunca; gemí, pero al momento, una sensación de placer y plenitud me llenó, unida a la intimidad más profunda que jamás había experimentado.
Su cuerpo se hundió un poco más en el mío, y su voz quedó ahogada por los gemidos. Con cada movimiento, sentí cómo nuestras almas se unían en una conexión profunda, casi esotérica.
El mundo a nuestro alrededor desapareció, quedando solo él y yo, unidos en una danza de amor y pasión. La constelación de Orión fue ocultada por la luna, recordándome que aquel momento de absoluta felicidad era también efímero. Pero el destino había querido que estuviéramos juntos en ese momento.
Sentí una ola de placer recorrer mi cuerpo, más intensa que la primera, y se intensificó con cada movimiento. Leonard se reclinó sobre mi cuello, con los labios entreabiertos, y se detuvo un instante, con una pregunta muda en los ojos.
La última noche.
Mañana, a esa hora, todo habría terminado.
Los colmillos relucieron entre sus labios, dejando clara su propuesta. La atracción era imposible. Lo deseaba por completo, tal y como era. No temía ya a nada; me sentía invencible. De un manotazo, empujé la estaca y esta se fue rodando por la hierba, lejos de nosotros.
—Esta noche soy tuya —murmuré sin aliento—. Hazlo.
—Mía… —dijo, y su voz se convirtió en un gruñido.
Sus labios se cerraron sobre mi cuello y sentí una descarga eléctrica que me recorría, bajando por mi hombro y extendiéndose por todo mi cuerpo como tentáculos de placer.
Chupó y lamió mi cuello y mi hombro. Cuando finalmente alcanzamos el clímax juntos, me aferré a él, sintiendo cómo nuestras respiraciones se sincronizaban.
Finalmente, se dejó caer sobre mi cuerpo con un último gemido primal.
Sentí parte de su peso sobre mí, todavía mareada de placer. Me susurraba palabras dulces al oído; palabras sin sentido en idiomas antiguos que jamás había escuchado antes.
Me sentí segura y amada.
Olvidé por un instante la maldición y lo que me esperaría al día siguiente. Olvidé que había otros a mi cargo, que el peso entero del mundo caía sobre mis hombros.
Permanecimos abrazados, nuestros cuerpos entrelazados mientras el sudor y el amor nos envolvían como un aura mágica.
—Mina, yo…—dijo Leonard, acariciando mi rostro.
Negué con la cabeza. Sabía lo que iba a decir, y no quería escucharlo. Le puse el dedo índice sobre los labios, interrumpiéndolo antes de que pudiera terminar.
—No, Leonard —respondí, acariciando su cabello con la otra mano—. No lo digas. Te lo suplico.
—¿Por qué? —preguntó, extrañado, abrazándome aún más fuerte.
—Trae mala suerte —contesté, mordiéndome el labio inferior.
—Tonterías. Solo quería decirte que, aunque te conozco desde hace poco, siento como si te hubiera conocido toda la vida, y…
—Leonard, seamos amigos —lo interrumpí de nuevo, dispuesta a taparle la boca si era necesario—. Solo amigos, por favor. Es mejor así.
—¿Amigos? —su voz sonó decepcionada, casi triste. Rodó a un lado, alejándose un poco.
—Siempre.
Me costó fingir tanta frialdad, pero era necesario. Él exhaló, claramente confundido por mis palabras, pero no volvió a insistir.
—Claro —susurró con voz queda, pasándome un brazo por encima de la cintura—. Si eso es lo que quieres… seremos amigos. Por supuesto.
Nos quedamos así, en silencio bajo las estrellas, disfrutando de la quietud y la paz de aquella última noche.
Aunque él no lo supiera, había sido la última, pero también la más hermosa de mi vida.
Y no la olvidaría nunca.