32
Mina
Leonard pasó a buscarme al anochecer, sin saber que aquella sería, muy probablemente, nuestra última noche juntos.
Haría falta un sacrificio en la noche del equinoccio, y yo ya había decidido cuál sería. No me importaba. Ya había aceptado mi destino, y conocer mi misión final en este mundo me había dado una sorprendente sensación de serenidad y de estar en paz con la vida.
Sin embargo, me había propuesto exprimir las horas que me quedasen hasta el último segundo.
Leonard se presentó con una camiseta negra ajustada y unos vaqueros que le sentaban a la perfección.
Siempre lo había visto con las típicas camisas de explorador, y me costó desviar la vista de su apretada camiseta de algodón.
Sonreí y lo miré a los ojos. Como siempre, estos relampaguearon brevemente al devolverme la mirada.
Su vista recayó sobre mis labios, y me dedicó una sonrisa fugaz.
Luego, para mi sorpresa, me tomó de las manos y me atrajo hacia sí en un abrazo amistoso.
—No te preocupes, no soy peligroso —me dijo al oído—. He cenado antes de venir. No como ayer.
Así que eso explicaba su fría despedida el día anterior. Me estremecí un poco al pensar en ello, y él sacudió la cabeza.
—Conejo, solo conejo —dijo riendo.
Intenté sonreírle de vuelta, pero lo único que me salió fue una mueca torcida al imaginar la escena.
—Perdona, a veces se me olvida que te dan impresión esas cosas. Si te sirve de consuelo, los conejitos sobrevivieron y los dejé ir.
—¿De verdad? —le pregunté, sintiéndome un poco mejor.
Se puso una mano sobre el corazón.
—Te lo juro. Yo creo que hasta se fueron contentos.
—Anda ya —le dije—, no me lo creo.
Él se encogió de hombros con aire misterioso, y me lanzó una mirada que parecía decir: “Si lo hubieras probado, no serías tan escéptica.”
Me separé de su abrazo y abrí el coche con el mando a distancia.
—Sube al coche, chupasangre —le dije—. Yo te llevo.
Leonard sonrió con aspecto de estar disfrutando de todo aquello.
—Es la primera vez que una mujer me lleva en su coche…
—A lo mejor se te ha olvidado, pero ya te llevé ayer.
—No me has dejado terminar. Quería decir que es la primera vez que una mujer me lleva en su coche en una cita.
—Eso solo puede significar dos cosas —le dije, ignorando su insinuación de que aquello era una cita, y no una reunión de trabajo—. O bien has estado en muy pocas citas o bien has salido con las chicas incorrectas.
Se rio por lo bajo.
—Ambas.
—¿De qué te ríes? —le pregunté mientras arrancaba y salía a la avenida principal de la urbanización.
—De que hablas como si tú hubieras estado en muchas.
Aquello me pilló completamente desprevenida. Me quedé callada, con el intermitente puesto y los dedos crispados en torno al volante.
—En ninguna —confesé, acelerando sin darme cuenta. El ruido del motor ahogó mi respuesta.
—Perdona, ¿qué has dicho? —preguntó Leonard.
—¿Me has oído? Sé que me has oído. Tienes oído de vampiro, claro que me has oído.
—Te he oído, pero no me creo lo que acabas de decir —dijo—. Es imposible que una mujer tan guapa e inteligente no haya salido nunca con nadie.
Sacudí la cabeza, negando.
—¿No? ¿Ni a tomar café? —Negué de nuevo—. ¿Al cine?
Gruñí, cada vez más incómoda.
—¿Besos? ¿Eso tampoco? —insistió.
—Bueno, esas cosas sí, alguna vez. Pero sin citas. Sin cenas. Sin ataduras.
—Pero… ¿Por qué? —preguntó, parpadeando con extrañeza—. ¿Es por miedo al compromiso? ¿O es algo más?
—No. Simplemente… no quiero. —Al responder di un volantazo brusco sin darme cuenta. Leonard se agarró al asa de la puerta, y comprendí que estaba siendo grosera con él, que no tenía culpa alguna—. Perdona. No, no es eso. Simplemente, no puedo hacerlo. Hay algo que me lo impide.
—¿Algo como qué? ¿Es por tu hermano? ¿Tienes miedo de dejarlo solo? —preguntó sin comprender.
Ese habría sido el momento perfecto para explicárselo, pero no me sentí capaz.
Me dije que no hacía falta. Después de todo, al día siguiente todo terminaría.
Y entonces daría lo mismo si la maldición afectaba a los hombres que se enamoraban de nosotras, porque la maldición dejaría de existir.
Aunque, posiblemente, yo también. Pero él no tenía que saber ni lo uno ni lo otro.
Le bastaba con saber que esa noche era la primera en la que tenía una cita con un hombre, y solo quería disfrutar de la velada.
—¿Tenías pensado cenar en algún sitio en concreto? —me preguntó.
—Pues… no —contesté—. Pensaba ir al pueblo, aparcar y buscar cualquier cosa. Porque no creo que tú vayas a comer, ¿no? —añadí con ironía.
Me miró de reojo.
—Me encantaría, pero creo que no voy a poder unirme. Sin embargo, he estado buscando y creo que sé de un sitio que te gustaría.
—¿En serio? —le pregunté—. ¿Has encontrado un restaurante vegano para cenar?
—Bueno, más o menos…
—¿Qué quiere decir "más o menos"?
—Pues que no conseguí encontrar ninguno que me pareciera lo suficientemente bonito para llevarte, o que ofreciera un menú vegano lo bastante bueno para invitarte.
—¡Qué tontería! —lo interrumpí—. Me conformo con cualquier cosa, en serio. Podemos ir a tomar una ensalada, o lo que sea.
—Ah, no —dijo con tono misterioso—. He pensado algo diferente. Gira por ahí.
Obedecí y salimos a la carretera, alejándonos de la población.
—Bueno, entonces, ¿a dónde vamos? —pregunté tras unos minutos de conducir sin rumbo.
—Espera y verás.
Poco a poco fueron apareciendo mesas de merenderos y un cartel anunció que acabábamos de llegar al Parque Natural de San Vicente.
—¿Un parque? —dije, riendo por la nariz—. ¿Piensas que soy una ardilla?
—A juzgar por tus hábitos alimenticios, podrías serlo —dijo él.
Eché a reír mientras aparcaba.
—¿Y ahora qué? ¿Buscamos nueces enterradas? —pregunté al bajar del coche.
—No hará falta. Tengo algo mejor.