31
Mina
Desperté confundida, sin recordar dónde estaba.
A juzgar por el tono verdoso de Luminix y la fuerte luz que entraba a través de las cortinas, debía de pasar del mediodía.
Lo primero que hice fue llamar a la abuela y confirmar que Krish venía de camino.
También le pregunté por el ritual que mencionaba la hija de Rhada en la inscripción, pero no parecía saber nada.
Le expliqué brevemente lo que pretendía hacer, aunque sin dar demasiados detalles, y por desgracia no le encantó mi plan.
—Es demasiado arriesgado —gimió, con voz entrecortada—. No me gusta nada esa idea.
—¿Tienes alguna mejor, abuela?
—¡Sí que la tengo! ¡Y lo sabes!
Miré a Luminix, que dormía sobre mi pijama a los pies de la cama.
¿Era posible ser feliz viviendo así? Linux había abandonado todos sus sueños y se había resignado a su limitada existencia felina.
Pero Krish era diferente: él era como yo, y sabía que se moriría si lo condenábamos a una existencia pasiva como la de Luminix, limitada a dormir todo el día y mirar por la ventana mientras los demás hacían cosas con las que él solo podría soñar.
—No, abuela. Tenemos que intentarlo.
—¿Y si fallas?
—Habremos muerto intentándolo.
—No sabes en lo que te estás metiendo. La Oscuridad, una vez desatada, será imposible de frenar.
—Tenemos una llave, abuela. La inscripción decía que la llave nos mantendría seguros; que nos permitiría cerrarlo cuando fuera necesario.
—¡Ni siquiera tienes el texto completo de esa condenada inscripción! Estás poniendo en peligro a Krish haciéndolo ir allí. Vesperon se presentará a reclamarlo. ¡Podría incluso estar oyéndonos! ¿No te das cuenta de que es una locura?
—Abuela, confía en mí, por favor. No importa si nos oye; en realidad queremos que venga: es parte del plan.
Sé lo que hago, solo te pido que tengas fe, y que no te enfades…
—Tomé aire, sintiendo que mi lado sensible amenazaba con salir a flote—.
Por favor, abuela. Te quiero. Gracias por todo lo que has hecho durante todos estos años: por cuidarnos de niños, y por darnos todo tu amor y tu tiempo.
Si no fuera por ti, no sé qué habría sido de nosotros cuando murió mamá.
Colgué el teléfono con la sensación de que aquella podía haber sido nuestra última conversación.
Para evitar pensar en ello, me centré en el trabajo que me quedaba por hacer.
Me preparé un brunch improvisado, compuesto mayoritariamente por sobras que llevaba en la maleta.
Mientras mordisqueaba manzanas y barritas energéticas hice una búsqueda rápida en internet y anoté los lugares donde podría hallar información sobre el ritual que mencionaba la hija de Rhada en la inscripción.
Pensé en probar suerte primero en el museo arqueológico, y si no encontraba nada, siempre podía visitar las termas romanas, la biblioteca municipal o las iglesias más grandes.
El museo arqueológico, situado en una de las zonas más altas de la población de Liria, tenía unas vistas admirables.
Desde el patio de entrada, que contaba con un mirador, se veía claramente el Tossal de San Miguel, con el monasterio coronando la cima.
Según decía el tríptico que me dieron en la oficina de información y turismo, había sido construido sobre las ruinas de la antigua alcazaba islámica y un castillo cristiano medieval.
Sacudí la cabeza: las ciudades mediterráneas eran como esos pasteles con capas y capas de bizcocho y nata: cada vez que quitabas una, aparecían varias más.
Había tantos estratos de historia en aquellas tierras que no parecía quedar un solo centímetro de terreno virgen en el que construir.
El edificio del museo era moderno y relativamente pequeño. No tardé mucho en echarle un vistazo y comprender que allí no iba a encontrar nada que pudiera servirme.
Antes de marcharme le pregunté a la recepcionista si conocía a alguien que pudiera ayudarme con un asunto relativo a las ruinas íberas. Me dijo que llamara a información y preguntase por una tal Yolanda, que organizaba las visitas guiadas.
Hice tal y como me indicó, pero Yolanda solo iba por allí los viernes, y por desgracia era solo martes. Un poco desanimada, fui a buscar un bar y me senté en la terraza exterior a tomar un café.
Mientras estaba allí me llegó un mensaje de Leonard:
«¡Casi lo tenemos! Esta es la inscripción del suelo:
‘Con un sacrificio de sangre pura
el Ritual de Lucentum abrirá los infiernos.’
Y sigo buscando la pieza que le falta a la tablilla roja.»
Me cubrí la boca para no gritar de la excitación. ¡Leonard había descifrado los versos del heptagrama! Comencé a teclear una respuesta:
«¡No me lo creo! ¿Por qué no cenamos juntos para celebrarlo!»
Releí lo que había escrito y lo borré. Vaya estupidez. Después de su fría despedida la noche anterior, mi propuesta estaba bastante fuera de lugar. Más aún, sabiendo que él no iba a comer nada. Lo escribí de nuevo:
«¡Buen trabajo! Yo he hablado con Teo y con mi hermano. Vienen hacia aquí.»
Le di a enviar antes de poder arrepentirme.
Su respuesta tardó tanto en llegar que comencé a preguntarme si lo había ofendido.
«Si me lo permites, me gustaría invitarte a cenar. Deberíamos discutir en persona los detalles de mañana por la noche.»
El corazón me dio un saltito al leer su propuesta, y me reprendí al instante. Era una reunión de trabajo. Éramos solo amigos. Contesté con el símbolo del pulgar alzado, para no parecer demasiado interesada.
Levanté la vista de la pantalla con la sensación de sentirme observada.
Una mujer me miraba desde su mesa, junto a la mía, y parecía estar intentando leer mis mensajes.
Al mirarla de reojo no la reconocí, así que guardé el teléfono, ignoré su presencia y seguí con mi café.
Mi siguiente destino sería la Iglesia de la Sangre, no muy lejos de allí.
Al levantarme de la mesa noté que la mujer me seguía. Comencé a ponerme nerviosa, y a girar calles al azar solo para ver si seguía detrás. Al final me harté y, al llegar a una plaza con más gente, me planté junto a una fuente que había en el centro y me di la vuelta, esperándola cara a cara.
La mujer miró hacia el suelo con disimulo, pero yo le planté cara: no le tenía miedo. Había suficientes palomas en la zona como para llevársela de allí volando si intentaba hacerme cualquier cosa, y eso sin hablar de todas las ratas que seguramente se escondían en los rincones.
—¿Se puede saber por qué me sigues? —le espeté, cogiéndola del hombro.
—Perdona —contestó con voz apocada—. Te escuché hablando por teléfono, delante del museo arqueológico. Oí que buscabas a Yolanda, y me entró curiosidad. Normalmente la gente no suele preguntar por ella.
—¿Tú eres Yolanda? —pregunté, tratando de sonar un poco más amable.
—No, no. —La chica se miraba los pies, avergonzada. Me di cuenta de que era mucho más joven de lo que había pensado al verla de lejos, prácticamente una chiquilla—. Yolanda es mi hermana mayor. Pero ella no vive aquí. Estudia historia de las civilizaciones mediterráneas en la capital.
—Vaya. ¿Y no podrías darme su teléfono, verdad?
—Sí que podría. Pero... —La chica dudó un momento antes de continuar— ¿Es cierto que buscas información sobre rituales antiguos?
Me quedé helada. ¿Cómo podía saber eso? ¿Había conseguido leer mis mensajes con Leonard en la cafetería?
—¿Cómo lo sabes? —respondí, tratando de mantener la calma.
—Perdona. Pero es que mi hermana... Ella encontró algo extraño en las ruinas, hace unos meses.
Hace visitas guiadas, pero a veces también va sola a investigar, o a hacer trabajos de conservación.
Encontró algo que no reportó oficialmente.
—La chica bajó la voz—. No sabía a quién acudir, pero dijo que no era algo que debiera publicarse o exhibirse en los museos.
Si me prometes que me contarás lo que descubras, te daré su número.
Sentí un escalofrío.
—De acuerdo —acepté, intrigada—. Te lo prometo.
La chica sacó un papel arrugado de su bolsillo y garabateó un número.
—Ten cuidado —susurró mientras me lo entregaba—. Hay cosas en Edeta que es mejor no remover.
Yolanda no contestó a mis llamadas, así que al final le envié un mensaje y regresé a casa a cambiarme de ropa para la cena.
Pensé en lo que había descubierto Leonard. Una frase en particular se repetía en mi mente, una y otra vez, aunque no sabía por qué.
«Con un sacrificio de sangre pura
el Ritual de Lucentum abrirá los infiernos.»
Sacrificio de sangre pura…
Recordé entonces la estatuilla del dios Cariocecus, rodeada de cruentas y esqueléticas ofrendas que asegurarían la victoria de sus devotos.
Leonard tenía la llave oscura, y el equinoccio acontecería al día siguiente, el mismo día que el cumpleaños de mi hermano. No podía ser casualidad, y eso significaba que solo me faltaba un ingrediente para terminar el ritual con éxito: el sacrificio de sangre pura.
Si quería que mi plan funcionase, iba a ser necesaria una ofrenda de sangre.
Una revelación me sacudió.
De pronto, comprendí por qué Rhada y su hijo habían muerto al mismo tiempo en aquellas ruinas, y por qué su hija había sido la única superviviente capaz de dejar un mensaje a los que vinieran después.
Quizás Rhada había comprendido la necesidad de un sacrificio, igual que yo acababa de entenderla.
Era posible que, después de todo, mi antepasada hubiera tratado de redimir sus horribles actos, pero algo salió mal durante el proceso.
A mí, sin embargo, no me sucedería lo mismo.
En ese instante comprendí que estaba dispuesta a llegar hasta el final y hacer lo que fuera necesario. Había nacido para eso. Era mi misión, mi objetivo. La razón por la que había venido al mundo.
Y si el ritual exigía un sacrificio humano, no me importaba ofrecer mi vida a cambio de la de mis hermanos y todos aquellos a quienes amaba, para así salvarlos a ellos y a sus futuros hijas e hijos, y acabar con todo esto de una vez por todas.