Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 30
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Mina

La luna iluminaba el cerro de San Miguel cuando por fin emergimos del túnel, cubiertos de polvo pero a salvo, gracias a la ayuda de mis pequeños compañeros del reino animal.

—Nunca volveré a mirar a esos bichos de la misma manera —dijo Leonard flexionando los brazos con un gesto de dolor—. Jamás pensé que le debería la vida a una horda de gusanos.

Caminamos entre los matorrales, exhaustos, hasta dar con el sendero que subía de vuelta a la explanada del monasterio, donde había aparcado el coche unas horas antes, aunque ahora parecía que hubieran pasado semanas.

—¿Me permites que te acompañe a casa? —preguntó Leonard con voz ronca.

—Como quieras —respondí, sentándome al volante—. Mientras no te moleste mi estilo de conducción.

—¿Conduces muy rápido? —preguntó alzando una ceja.

—En absoluto, todo lo contrario. Intento minimizar las emisiones de gases.

Leonard se encogió de hombros, esbozando una sonrisa cansada.

—Mientras no amanezca por el camino, me parece bien.

Conduje por las carreteras desiertas, planeando todo lo que debería hacer al día siguiente.

Ambos guardamos silencio, pero era un silencio agradable, hogareño, como ese que se crea entre los buenos amigos, que tienen suficiente confianza para no tener que estar hablando todo el tiempo.

Era cómodo estar sentada junto a Leonard, y su presencia a mi lado irradiaba una agradable paz que raramente experimentaba junto a otras personas.

Aparqué frente a la verja de hierro de la vieja casa. Cuando paré el motor, solo se oía el sonido de los grillos, cantando alegremente entre la maleza.

—Fin del trayecto —susurré, mirándolo de reojo. Noté que me miraba, y me ruboricé sin querer.

Bajamos del coche y abrí la puerta de la casa. Leonard me observó sin decir nada, con los brazos apretados contra el pecho.

De pronto, el cómodo silencio del viaje se volvió tenso y, de algún modo, ruidoso. Me di la vuelta para despedirme y ni siquiera supe cómo hacerlo.

Por un momento pensé en besarlo, pero dio un paso atrás en ese mismo instante y cambié de idea. Extendí la mano y volví a esconderla detrás de la espalda.

No, darle la mano era una idea todavía peor.

Al final esperé quieta a que él diera el primer paso, pero se quedó ahí plantado, sin hacer nada.

—Vale —murmuré, confundida, mientras me mordía un poco el labio—. Creo que me voy a la cama.

—Sí. Claro —respondió con tono formal—. Será lo mejor.

Me miraba fijamente: miraba mis labios. Me retorcí las manos, incómoda.

¡Por todas las Diosas! Quería lanzarme a sus brazos.

Quería volver a sentir la firmeza de su espalda bajo las palmas de mis manos, y sus labios imposiblemente suaves rozando los míos.

Pero habría sido raro. Muy raro. Y cuantos más segundos pasaban así, en ese extraño paréntesis de inmovilidad y silencio, más embarazosa se iba volviendo nuestra despedida.

—Bueno, pues buenas noches —murmuré, tartamudeando un poco.

—Descansa, Mina —dijo con voz cortante—. Debes de estar agotada. Nos vemos mañana.

Extendí los brazos para abrazarlo, pero antes de que pudiera hacerlo se esfumó en una bruma gris, de la cual emergió un cuervo negro que sobrevoló la casa en círculos rápidos y cada vez más grandes.

Me dejó con los brazos abiertos, frente al portal, y desapareció tras los altos pinos.

—Pues adiós —respondí, aunque sabía que ya no podía oírme, y cerré de un portazo.

***

En cuanto entré, Luminix se me echó encima, dando maullidos de alegría al verme.

—Hola, ¿me has echado de menos? ¡Yo a ti sí! —le dije, sentándome en una butaca a quitarme las zapatillas. Luego di una palmadita para que se subiera a mi regazo y le rasqué detrás de las orejas—. Voy a renovarte el hechizo, peludo. ¡Estás más verde que una lechuga!

Le renové el encantamiento que le daba un aspecto de gato “normal” y me di una ducha para quitarme la tierra del pelo.

Cuando terminé era muy tarde y estaba agotada, pero todavía tenía que hacer una cosa más.

Cogí el teléfono, marqué el número de mi jefe y contuve la respiración, rezando para que esta vez contestara a la primera.

—Teo, necesito un favor —le dije a bocajarro en cuanto descolgó—. Necesito que vengas a Edeta.

—¿Perdón? ¿A dónde? —preguntó. Al fondo se oía la música alta del Serenata y un grupo de personas estalló en carcajadas.

—Estoy en Valencia. En las ruinas —le dije.

—¿Qué haces en Valencia? ¿No te habías ido a un retiro de yoga en Mallorca?

—Sí, bueno… Te mentí. Lo siento —confesé. No había tiempo para inventar excusas—. Pero esto era importante. Muy importante.

Se hizo silencio al otro lado durante unos segundos.

—¿Me mentiste y desobedeciste mis órdenes? ¿Y ahora me llamas para pedirme un favor? —exclamó, incrédulo.

—Escucha, Teo: tengo un buen motivo: la vida de mis hermanos está en juego.

—Pensaba que solo tenías un hermano —dijo de mala gana.

—Es una larga historia. Además, he descubierto algo importante sobre ese portal que buscabas. —Eso lo dije adrede, sabiendo que no podría resistirse—. Pero ahora necesito que traigas aquí a mi hermano. Debe estar aquí antes del solsticio, y faltan apenas dos días.

Más silencio. Crucé los dedos y pedí a los dioses que me dieran toda la suerte posible para poder convencerlo.

—Escucha, Teo. Krish está con mi abuela, en Madeira.

Lo necesito aquí antes de mañana por la noche.

Tienes que asegurarte personalmente de que llegue bien a su destino.

Lo haría yo, pero necesito investigar los pormenores del ritual.

Además, tú puedes llegar hasta allí más rápido y recogerlo. ¿Lo harías por mí? ¿Por favor?

Hubo silencio al otro lado.

—Mina. Me mentiste.

—¡Teo, te lo suplico! —imploré, desesperada—. Te juro que tengo un buen motivo. Necesito que me ayudes. Haré lo que haga falta, trabajaré todos los festivos, serviré cocktails de sangre con hielo si quieres, pero, por favor, haz esto por mí. ¡Solo esto! Y juro que jamás volveré a pedirte nada.

Lo escuché gruñir, pero supe que mis palabras lo habían ablandado. A veces, Teo se comportaba como un viejo cascarrabias victoriano, pero en el fondo tenía buen corazón.

—Está bien —dijo, dándose por vencido—. Le compraré un billete a tu hermano para que vuele a Valencia. Puedes ir a buscarlo al aeropuerto tú misma.

—¡No! ¡Tienes que ir tú con él!

—No sé si lo recuerdas, pero dirijo dos empresas a la vez, y ninguna ofrece servicios de niñera. ¿Es que no puede viajar solo? Pensé que tenía ya dieciséis años.

— Quince —lo corregí—. Pero hay gente peligrosa que lo busca; gente poderosa y terrible cuyo nombre ni siquiera me atrevo a pronunciar.

Si lo encuentran, lo matarán. —Me esforcé por emplear el tono más dulce que sabía—.

Solo puedo confiar en ti, Teo. Eres el único que puede traerlo hasta aquí sano y salvo.

En cuanto escuché el gruñido ahogado de Teo supe que mis palabras lo habían convencido. A decir verdad, con él solía ser muy fácil.

—Está bien —dijo con mal humor—. Pero olvídate de las vacaciones hasta el próximo milenio.

Y luego colgó, fingiendo estar todavía enfadado conmigo.