Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 29
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Leonard

El Cairo, Egipto. Seis meses antes.

La Flor de la Noche yacía recostada sobre un codo, sobre una cama redonda que ocupaba la mayor parte del pequeño espacio sin ventanas, iluminado solo con velas.

La habitación tenía las paredes pintadas de un tono púrpura profundo, y un detalle ornamental en forma de arco árabe dorado adornaba la pared principal, justo detrás de la cama. La cama estaba vestida con telas carmesíes y decorada con suntuosos cojines bordados de diferentes tamaños y colores.

Un candelabro adornaba la mesilla, y me pareció que sus ojos centelleaban con destellos rojos a la luz de las velas. Seguramente era el efecto de ese brebaje nauseabundo que Sir Richard me había obligado a beberme antes de entrar en el reservado, me dije.

—Has venido —dijo Zahra con voz melodiosa.

Me acerqué a ella, todavía hipnotizado por su presencia y su embriagador perfume. Sus palabras resonaban en mi mente, vaciándola de cualquier otro pensamiento.

En ese instante solo existía ella: Zahra al Layl, La Flor de la Noche. La mujer más bella y misteriosa que había conocido jamás. Una manta de piel negra, y quizás un velo, la cubrían hasta el ombligo. Mi imaginación se disparó, conjeturando sobre lo que podía haber debajo.

—He venido, sí —respondí como un estúpido, sintiendo que mi voluntad se desvanecía ante su poderosa presencia.

Zahra extendió una mano pálida y delicada hacia mí, invitándome a acercarme aún más.

Vacilé un instante. Ella contoneó el torso y el velo que cubría sus pechos, junto con la manta negra, cayeron al suelo. Luego tiró del suave nudo que sujetaba el pañuelo a un lado de su cadera, y este cayó también, dibujando volutas transparentes sobre las sábanas de satén rojo y dorado.

Me quedé boquiabierto al verla completamente desnuda, en toda su hermosura.

Absorto en su belleza, me arrodillé junto a la cama, como un fiel a punto de venerar a su diosa.

Acerqué mis labios al sedoso triángulo de vello negro que cubría el breve espacio entre sus piernas e inhalé su aroma, sintiendo que se me hacía la boca agua al imaginar mis labios sobre su piel.

—Eres diferente de los demás, Leonard. Puedo sentirlo —murmuró La Flor de la Noche, acariciando mi mejilla con suavidad. Me quitó la camisa con destreza y luego empujó mi cabeza hacia el espacio entre sus piernas—. Muéstrame lo que sabes hacer, y a cambio te mostraré mis encantos secretos.

El deseo que sentía por esa mujer era tan intenso que estaba mareando.

Lamí sus rincones más recónditos, escuchando con atención sus gemidos para asegurarme de que superaba con éxito el reto.

Su piel era tersa, aunque extrañamente fría.

Exploré con la punta de la lengua sus deliciosos y rosados recovecos, mientras Zahra se retorcía y gemía, dejando de lado el porte elegante que había mostrado sobre el escenario.

Separé con cuidado sus pliegues y busqué poco a poco el camino hasta el montículo más escondido, succionando y acariciando cada pulgada hasta llevarla más allá del precipicio una, dos y hasta tres veces.

Aquella mujer era incansable, y sentí que iba a explotar si no me permitía ir más allá.

Como si me hubiera leído la mente, Zahra me agarró del pelo con una fuerza sobrehumana e, irguiéndose de golpe, plasmó su boca sobre la mía.

—Bien hecho, mortal —dijo. Luego se relamió, disfrutando de su propio sabor en mis labios—. Ahora es mi turno.

Sus palabras resonaron en mi mente y mi cuerpo entero se derritió un poco de pura anticipación. Hablaba en mi idioma, pero me pareció que cada vez la entendía menos.

Zahra sonrió con satisfacción y sus labios rojos como la sangre se curvaron en una mueca de placer.

Me atrajo hacia ella con fuerza, desabrochándome el cinturón y bajándome los pantalones.

Luego me lanzó sobre la cama como un saco y, antes de darme cuenta de lo que estaba sucediendo, la sentí encima de mí, exprimiéndome con movimientos imposibles.

El éxtasis llegó veloz, como un terremoto, y tras él, Zahra se apartó de golpe, como si de pronto sintiera asco de mí.

Rodó al otro lado de la cama y alargó la mano hacia la mesilla. Cogió una cajetilla de cigarrillos y me la tendió con el labio torcido. El larguísimo cabello azabache le caía sobre el pecho y la espalda, cubriendo parcialmente su desnudez.

Negué con la cabeza, rechazando sus cigarrillos. Ella dejó de nuevo la caja sobre la mesilla, sin tocarla tampoco.

—Perdona… —le pregunté, confundido por su actitud, tan distante de repente—. ¿He hecho algo mal? ¿No has quedado satisfecha?

—No —respondió, mirándome hacia otro lado—. No es nada de eso.

—¿Entonces? ¿Quieres que me vaya?

Ella sacudió la cabeza, emanando un suave perfume a jazmín y a algo más que no supe reconocer, y señaló hacia la puerta.

—No. No puedes.

Una súbita ola de pánico me atenazó el estómago, pero la descarté rápidamente.

Traté de levantarme para recoger mi ropa, que había quedado desparramada por el suelo de la pequeña y oscura estancia. Con un movimiento rápido como la luz, ella me detuvo, y me lanzó de nuevo sobre el colchón.

—Sir Richard me ha pedido que te mate —dijo suspirando—. Pero me gustas, y ahora me encuentro en un dilema. Después de todo, ¿qué es medio millón de libras en comparación con toda una eternidad juntos?

Me quedé paralizado, observándola.

De pronto, todo cobró sentido: el local secreto, la bolsa de dinero; la bailarina hechizante, inexplicablemente atraída por mí.

Aquello parecía demasiado fácil.

Porque lo era.

Miré a un lado y a otro, tratando de descubrir con qué arma pensaba matarme. ¿Un cuchillo, una pistola? ¿Quizás planeaba asfixiarme con la almohada? ¿Pensaba suicidarse después, o qué había querido decir al mencionar eso de una eternidad juntos?

—Podría salvarte —dijo ella lentamente—, pero a cambio tendrías que darme algo.

La habitación no tenía ventanas, y la única puerta daba a la sala donde me esperaban Sir Richard y sus secuaces.

—¿Qué quieres a cambio? —pregunté para ganar tiempo.

—Tu alma inmortal —respondió impasible—. Que me sirvas para siempre. ¿Aceptarías?

Esta mujer está loca, me dije.

—Si aceptas, liquidaré a Sir Richard y podrás quedarte aquí conmigo. No tendrás que temer sus represalias. Yo me encargaré de todo. Hasta podrás quedarte el dinero, y la llave también, si quieres. A mí no me importan las antigüedades.

Decidí seguirle la corriente: cada segundo que seguía hablando en vez de asesinarme era un segundo más de vida para mí.

—Sí, claro, por supuesto —le dije, atisbando un candelabro pesado en una esquina—. Haz lo que sea mejor.

Si conseguía escabullirme, si le golpeaba la cabeza con el candelabro…

—Trato hecho —respondió Zahra, extendiendo los brazos hacia mí.

El mundo se desvaneció a mi alrededor mientras me apretaba en el abrazo más prieto y oscuro.

Su rostro se detuvo frente al mío, y cuando entreabrió los labios pude ver dos colmillos largos y puntiagudos asomando entre ellos.

Después sentí un dolor horrible y agudo en el cuello, y mi vida fluyó como un río, abandonando mi cuerpo para siempre.