27
Mina
No podía creer que la suerte, por fin, me estuviera sonriendo. A dos días del dieciséis cumpleaños de mi hermano, acabábamos de hallar una pista única, que me brindaba la posibilidad de acabar de una vez por todas con la maldición y romper el trato hecho por Rhada con el malvado rey de las hadas.
Me agaché frente a la quinta galería, la que estaba marcada con la inscripción relativa al ritual. Se adivinaba a la perfección la letra L, y la U estaba bastante clara. Pero las baldosas de piedra estaban rotas, prácticamente desmenuzadas a partir de ahí. Era frustrante.
Pasé la mano varias veces por encima de la palabra borrada, y noté que quedaba cubierta de un polvillo rojizo. ¿Dónde había visto ese mismo tono de rojo?
Me levanté un momento y me acerqué de nuevo al altar, donde descansaba la tablilla con el mensaje en tamil que suponíamos debió escribir la hija de Rhada. La cogí y me acerqué a la inscripción del suelo, hecha en un estilo completamente diferente.
—Mira esto —le dije a Leonard—. Estas piedrecillas que hay por el suelo parecen del mismo material que la tablilla.
Leonard se acercó con los ojos entrecerrados.
—Es posible —comentó, concentrado en analizar los restos—. No la encontré encima del altar. Cuando bajé aquí por primera vez estaba en el suelo, como si alguien la hubiera lanzado con fuerza para romperla.
—¿Y si el resto de trozos cayeron en la galería?
Ambos nos asomamos al túnel, que se abría a tan solo unos pasos. La entrada había quedado cubierta por rocas y escombros, pero habría sido posible pasar, haciendo un poco de contorsionismo. Me pareció ver unos escalones que bajaban, y un fuerte olor a tierra húmeda subió por el hueco que quedaba.
—Si quieres, puedo intentar entrar ahí e investigar un poco —se ofreció Leonard, aunque su voz vaciló un poco—. Quizás la otra mitad de la tablilla contenga el nombre del ritual, o incluso instrucciones para llevarlo a cabo. Si la tuviéramos, sería mucho más fácil descubrir lo que hay que hacer.
—Estoy de acuerdo. Deberíamos bajar a echar un vistazo.
Leonard bufó y se cruzó de brazos.
—De eso nada. Bajaré yo solo. Tú te quedas aquí; es demasiado peligroso.
Apreté los labios, algo molesta. Pero tenía razón: aquella galería parecía estar a punto de derrumbarse.
—Está bien. Te esperaré aquí fuera. Pero ve con cuidado.
Leonard metió primero las piernas en la oquedad, hasta que solo asomaron por ella sus brazos y su cabeza.
—Ahora vengo —dijo antes de desaparecer—. No hagas ninguna tontería mientras tanto.
Escuché sus pasos bajando por la oscura escalera, y pronto el brillo de su linterna se esfumó.
Lo esperé un rato y comencé a ponerme nerviosa. Me senté junto a la boca del túnel, ansiosa por tener noticias suyas.
—¿Leonard? ¿Sigues ahí? —lo llamé, pero no me contestó.
De pronto escuché un grito, y me puse en pie de un salto.
—¿Leonard? ¿Qué ha pasado? ¡Contesta!
Seguía sin contestar, así que, haciendo acopio de todo mi valor, comprobé que llevaba pilas de repuesto en el bolsillo y me metí también en el agujero.
Descendí por las estrechas escaleras, que a tramos estaban tan cubiertas de escombros que solo podía pasar de lado, apretándome contra la pared. No tenía ni idea de cómo había conseguido pasar por ahí Leonard, con sus casi dos metros de altura, y sus espaldas anchas de jugador de rugby.
Las paredes eran de tierra y daban poca confianza, pero me dije que, si habían resistido mil años, podrían aguantar un rato más hasta que yo encontrase a Leonard y saliese de allí.
Por fin atisbé el brillo de una linterna en la distancia y, al girar un recodo, me choqué de bruces con Leonard, que tenía cara de espantado y sostenía un trozo de piedra pintado de rojo entre las manos.
—¡Te dije que esperaras arriba! —exclamó al verme, con cara de pocos amigos.
—¡Oí tus gritos y bajé para salvarte, desagradecido!
Leonard puso los ojos en blanco y señaló hacia arriba.
—No era nada. Solo me encontré con una bandada de murciélagos. Ya te dije que les tengo pánico. Salieron volando de un rincón y no me lo esperaba.
Iluminé el techo y observé pequeños nidos circulares de color marrón claro, que junto al olor ácido que inundaba el aire confirmaron sus afirmaciones. Exhalé, incrédula, y me crucé de brazos.
—En serio, no entiendo cómo puedes tenerles tanto miedo a esas pobres criaturitas inocentes. ¡Tus colmillos son mucho más grandes que los suyos!
Leonard se encogió de hombros y me tendió la tablilla que sujetaba. Intenté leer lo que ponía, pero no era capaz de traducirla, porque estaba en tamil, igual que el otro trozo que habíamos encontrado en la cámara del altar.
—“ Peligroso. Buscad la verdad más allá de…” —tradujo Leonard.
—¿Solo eso? —dije un poco decepcionada—. No nos da mucha información. Pensaba que habría alguna pista más sobre el ritual.
—Bueno, creo que nos avisa de que el ritual es peligroso —aventuró él.
—¿Acaso no lo son siempre? —repliqué, dándole la vuelta a la tablilla. No había nada por detrás, pero se notaba que le faltaban trozos por ambos lados—. Tiene que haber algún pedazo más.
—¿Y si se tratara de una advertencia para que no lo hagamos? —insistió él—. ¿Y si estuviéramos pasando por alto un peligro importante?
Me encogí de hombros.
—También es peligroso estar aquí abajo, y…
Algo se me enredó entre las piernas y di un traspiés.
Caí contra una de las paredes del túnel y recuperé el equilibrio rápidamente, sujetándome de unas raíces que sobresalían de la superficie terrosa.
Al agarrarme a ellas se rompieron, provocando una fina lluvia de tierra y piedras que comenzó a descender del techo: empezó como una llovizna fina, que se fue volviendo más intensa a cada segundo que pasaba.
—Maldita sea, ¿qué ha sido eso? —exclamó Leonard, tirando de mí para apartarme de la cascada de guijarros.
—No lo sé, he tropezado con algo —dije, frotándome los ojos para quitarme la arena—. Creo que deberíamos echar un vistazo a…
—¡No te muevas! —me gritó, tirando de mí hacia él.
Con los ojos aún llenos de arena, me refugié en su pecho mientras sentía cómo las paredes del túnel comenzaban a temblar. Con un estruendo, un pedazo de techo cayó al suelo, a nuestros pies, y bloqueó el camino de regreso. Di un grito, y Leonard saltó hacia atrás, arrastrándome consigo.
La caída del bloque de piedra sacudió el suelo y el aire, levantando una nube de polvo.
Leonard y yo nos quedamos inmóviles, con los corazones acelerados mientras el estruendo iba in crescendo.
El túnel se estaba desmoronando por ambos extremos, y si no hacíamos algo rápido, el desprendimiento nos enterraría vivos.
—¡Ponte debajo de mí! —gritó Leonard.
Al principio no entendí lo que decía, pero luego se agachó un poco, dejando un espacio bajo su pecho como un alero. Me resguardé bajo su cuerpo, y él mientras tanto se esforzó por sostener el techo con ambos brazos, sujetando una enorme roca que amenazaba con desprenderse y aplastarnos.
Me tapé la cara, esperando el último golpe que nos aplastaría, pero este nunca llegó.
Poco a poco, el rumor fue amainando, hasta que el silencio volvió a reinar en la oscuridad del túnel.
Cuando la nube de tierra y polvo se asentó, extendí el brazo lentamente y recogí la linterna, que había rodado a mis pies, pero todavía funcionaba. La de Leonard había quedado sepultada en alguna parte. Él seguía sujetando la roca, con la mandíbula apretada, conmigo acuclillada debajo.
—¿Cuánto tiempo crees que podrás aguantar? —pregunté aterrada.
—Mucho —masculló con voz entrecortada por el esfuerzo—. Pero no servirá de nada porque no puedo soltar esta maldita roca, y en cuanto me mueva, el túnel seguirá derrumbándose.
“Y pronto me quedaré sin oxígeno”, pensé, pero no lo dije.
Después de todo, mi situación era mejor que la suya: yo moriría tras unas horas, quizás días, atrapada en ese agujero.
Él, en cambio, podía quedarse allí durante milenios, muerto de sed, pero sin la posibilidad de escapar al sufrimiento por su cualidad de inmortal.
Sentí que se me encogía el pecho, y comencé a sollozar de manera incontrolada. No podía parar. La desesperación me inundó, junto a la convicción de que jamás saldría de allí. Dos días más y Vesperon se llevaría a Krish, encontraría a Linux y todos los descendientes de Rhada estaríamos muertos.
Sería el fin de la maldición, aunque no como yo había deseado.