Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 26
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Leonard

La apreté contra mí mientras miles de opciones e ideas se sucedían en mi mente como un torbellino.

El heptagrama.

Un dios de la guerra que requería sacrificios humanos.

Y, por último, las misteriosas inscripciones que plagaban aquellas ruinas.

¿Qué tenían todos estos elementos en común?

Solo una cosa servía de hilo conductor y unía los tres indicios, y era justamente ella: Mina, la descendiente de Rhada, una mujer bendecida y maldita a la vez por la magia de un ser sobrenatural que se había aparecido a su tatarabuela en el momento más bajo de su vida.

Mina tembló suavemente, todavía en shock, y se desembarazó de mi brazo. La dejé ir, sintiendo el vacío al separarme de su cálido y diminuto cuerpo, y se agachó a examinar los textos latinos que adornaban cada punta del heptágono, justo enfrente de la boca de cada una de las siete galerías.

—Tienes razón —dijo con voz temblorosa, y tuve que contener la tentación de correr a abrazarla y aspirar de nuevo el aroma de sus cabellos—. Creo que esto es una prueba de que estamos en el camino correcto. —Alzó la mirada, con aspecto decidido—. Bien. ¿Qué es lo que querías enseñarme?

Seguí con la vista el polígono dibujado en el suelo.

Daba la impresión de haber habido un derrumbe, una pelea o incluso una pequeña explosión allí abajo, porque había fragmentos de piedra y vasijas rotas que cubrían la mitad más alejada de la cámara.

Busqué con la mirada el pedazo que había pretendido enseñarle, pero mis ojos no podían parar de analizar todos los símbolos.

Cuando más me fijaba en las baldosas del suelo, más marcas encontraba.

—No sé ni por dónde empezar. Este lugar está lleno de mensajes, aunque no los he podido descifrar todos aún.

—Empieza por lo que ibas a enseñarme cuando bajamos —dijo con voz firme, acercándose de nuevo al altar.

—Bien. —Asentí y recogí una tablilla rota, la misma que había encontrado por la mañana.

Era de rodeno rojo, un material muy común en la zona, y tenía inscripciones en tamil antiguo, aunque el mensaje no estaba completo—.

Mira esto. El rodeno debe de proceder de alguna cantera local, pero el idioma es extranjero.

Diría que es una prueba muy clara de que Rhada, o su hija tras la muerte de la madre, estuvieron aquí, y estaban tratando de comunicarse con nosotros.

Mina se acercó y observó las letras con el ceño fruncido.

—No entiendo nada. No hablo tamil. Me habría gustado aprenderlo, pero entonces falleció mi madre, y…

Sonreí con tristeza.

—No te preocupes. Ya lo he traducido. Dice algo así como:

Madre se sacrificó, pero la maldición persiste. El ritual…»

—El ritual, ¿qué? —preguntó confundida.

—No lo sé todavía. —Devolví la tablilla al altar y me encogí de hombros—. Falta un trozo. Quería bajar a buscarlo. Me parece que, con la explosión, o lo que sea que ocurrió aquí abajo, salió despedido y se rompió.

Sus ojos relucieron de emoción.

—Esto es increíble. Podría ser justo la pista que buscamos.

¡Un mensaje directo de Rhada! —Le temblaban las manos, y se las llevó a las mejillas con asombro—.

Tenemos que encontrar la otra parte de ese mensaje, aunque sea lo último que hagamos.

—Señaló de nuevo el heptagrama del suelo—.

¿Y qué me dices de esto? Estas letras sí que las reconozco.

Me agaché a mirar los textos grabados en el suelo, y asentí.

—Sí. Eso es porque estos pasajes están en latín.

Pero justo por eso, dudo que los escribiese Rhada, ni tampoco sus hijos.

Descarto también que sean del periodo íbero; son demasiado nuevos.

No sé qué son, pero no tienen nada que ver con la tablilla escrita por la hija.

Quizás los dejaron cuando se construyó el monasterio. Como una especie de advertencia.

—Pero parecen muy antiguos. Fíjate, están medio borrados —insistió Mina, agachándose a leer el primero con torpeza—. Aquí pone… Sub conspectu Venatoris Caelestis … ¿entiendes algo? ¿Será el nombre de cada una de las siete galerías? ¿O son simples decoraciones?

— Sub conspectu Venatoris Caelestis significa «bajo la mirada del cazador celeste».

Orión. El cazador celeste es Orión. Podría referirse a la constelación de Orión, o a un momento en el que se puede observar esta constelación desde aquí.

Y sí, puede que tengan uno o dos siglos, pero desde luego no son de la época romana. Se nota.

Me miró y asintió con la cabeza.

—Eres bueno en lo tuyo —dijo con asombro.

—No sé si sentirme halagado porque lo pienses, o preocuparme porque te sorprenda tanto.

Sus labios se curvaron en una expresión traviesa, y un leve rubor le subió por las mejillas.

—Supongo que las dos cosas —dijo apartando la mirada. Luego señaló el resto de galerías—. ¿Qué dicen las demás?

Di una vuelta en torno al altar, escrutando cada uno de los versos.

—Algunos trozos están cubiertos de escombros por el derrumbe, pero, hasta donde puedo leer, dice algo así:

Bajo la mirada del Cazador Celeste,

cuando el equinoccio multiplique su poder,

el camino prohibido se abrirá,

la llave oscura será tu seguro fiel.

Con un (…) de sangre pura,

el Ritual de Lu (…) abrirá los infiernos,

y en su caída, Él perecerá.

Nos miramos maravillados.

—¿Estás pensando lo mismo que yo? —le susurré.

Ella asintió, pasmada. Aquello era impresionante; ese poema en latín podía contener la clave que la familia de Mina llevaba dos siglos buscando.

Era la solución al enigma que los atormentaba, y se encontraba justo ahí, a nuestros pies.

Era casi demasiado fácil, demasiado hermoso para ser cierto.

Solo faltaba desvelar el final de los versos que faltaban, y la respuesta podría ser nuestra antes del equinoccio.

Ambos nos lanzamos al suelo y nos pusimos a barrer el polvo y las piedras con las manos, tratando de desenterrar las palabras que faltaban.

— Ritualis Lu… El Ritual de Lu… —repitió ella, casi sin aliento—.

Tiene que ser el mismo ritual que menciona la tablilla roja, la que escribió la hija de Rhada.

Pero, ¿qué será “lu”? ¿Luz? ¡Hay que averiguar lo que dice el resto de la frase!

Si esto es lo que pienso, ese ritual podría abrir el portal de la Umbrícora.

—«Y en su caída, Él perecerá» —entoné, comprendiendo.

—¡Vesperon! —exclamó ella en un leve susurro, casi sin aliento—.

¡Por eso vino Rhada hasta aquí! Quería abrir el portal y acabar con él y con la maldición.

Era un ritual para invocar al dios Cariocecus; este abriría los infiernos y lanzaría a Vesperon en ellos.

—Su rostro se ensombreció—. Pero algo falló, y por eso su hija nos dejó la tablilla roja, contándonos que su madre se había sacrificado sin éxito.

—Sí. Pero tú… —me detuve en seco.

Ella ya lo sabía, y no hacía falta que ninguno lo dijera en voz alta.

Pero tú eres su sucesora, y aún estás a tiempo de conseguirlo. De repetir el ritual, pero esta vez, correctamente. Tú aún puedes salvar a tu familia, y todo lo que necesitas está justo aquí, al alcance de nuestra mano.