25 #2
—Es decir: piensas que uno de ellos podría llevar al portal del que hablaba Teo. ¿Te refieres a eso?
Se encogió de hombros, trazando los frescos con atención. Después se giró hacia la estatuilla en el centro del altar.
—No lo sé todavía —dijo—. Hay siete galerías que parten de esta, y es posible que alguna baje hacia las profundidades, ¿quién sabe?
Algunos símbolos me recuerdan a Cariocecus.
Que yo sepa, era un dios cruel, pero su culto no está directamente relacionado con el culto a la Oscuridad.
Por otra parte, su presencia en esta zona de Iberia me parece algo extraña.
—¿Cario… cecus? —repetí torpemente.
—Es un dios de la guerra. Mira…
Se agachó e iluminó unos restos en torno a la estatuilla que, a primera vista, parecían huesos de pollo resecos. Al observarlos mejor comprendí que era un montón de dedos esqueléticos desparramados por la piedra, y di un salto atrás.
—¿Qué narices es eso?
—Sacrificios humanos. Manos, seguramente. Se las cortaban a los prisioneros y las ofrecían en el altar para que les concediera la fuerza y la victoria. También les ofrecían animales, o les sacaban las entrañas a sus enemigos en ofrenda mientras aún estaban vivos.
Tragué saliva, horrorizada, y me concentré en los dibujos del suelo para sacar esa espantosa imagen de mi mente.
—Solía hacerse sobre todo con dioses violentos y sanguinarios —Leonard continuó, sin inmutarse—.
Eso me hace pensar en Cariocecus; es el que mejor se ajusta a este patrón, dentro del panteón íbero.
Aunque dado el estado de la figura también podría haber sido otro.
Sin embargo, tal y como te he dicho, me extraña encontrar un altar a Cariocecus tan lejos de Lusitania. Es poco usual.
Di algunos pasos atrás, sintiéndome cada vez más mareada.
No podía escuchar hablar ni un segundo más acerca de sacrificios humanos y manos cortadas.
Seguramente, Leonard malinterpretó mi expresión y pensó que no le entendía, porque me miró con expresión paciente, y por un instante pude imaginarlo a la perfección en sus tiempos de profesor universitario, aclarando las dudas de sus alumnos cada vez que levantaban la mano durante una clase.
Habría sido enternecedor, de no ser por el entorno lúgubre que nos rodeaba.
—Lusitania se encontraba al oeste de la península hispánica.
Lejos de aquí —aclaró—. Aquí, en la zona mediterránea, era más común el culto a las diosas madres, como Tanit, por ejemplo.
Lo que quiero decir es que me extraña encontrar a Cariocecus en esta zona.
Y también me extraña que estuviera debajo del monasterio y nadie se hubiera dado cuenta hasta ahora.
—No soy experta, pero, ¿no existe la posibilidad de que esta gente viajara de un lado a otro y el culto se extendiera por la península hasta llegar aquí? ¿No había comercio, o algún tipo de contacto entre ellos?
—Sí, claro —dijo poco convencido—. Es posible, por supuesto.
—O, también… —comencé a hablar, tratando de dar forma a una idea que pujaba por brotar—.
También podría ser un dios vengativo que ya nadie recuerda, venerado por una sociedad secreta.
Luego, cuando los cristianos construyeron el monasterio, es posible que se dieran cuenta.
Eso explicaría por qué lo dedicaron un arcángel protector: para mantenerlo a raya.
—Sí. Podría ser —dijo Leonard asintiendo, con voz grave—. En cualquier caso, necesito analizar todos los hallazgos con calma. Y lo haré, en cuanto salgamos de aquí. Pero primero quería enseñarte otra cosa.
Se alejó un par de pasos y comenzó a estudiar los frescos e inscripciones de la pared más alejada.
Mientras tanto, yo seguí contemplando el suelo, y me di cuenta de que las losas de piedra a nuestros pies formaban una figura que, con un poco de imaginación, podría haber sido un heptagrama con símbolos antiguos en cada una de sus puntas.
Acaricié mi brazo, sobre el cual había un dibujo muy parecido: el símbolo de la maldición; el heptagrama de Vesperon.
El mismo con el que nacían todos los descendientes de Rhada.
Un escalofrío recorrió mi espalda al pensar que aquella conexión quizás no fuera casual, y por un instante sentí que me flaqueaban las rodillas. Leonard se dio cuenta y me cogió fuertemente del brazo para evitar que cayera de bruces sobre el altar de Cariocecus.
—¿Estás bien? —susurró preocupado.
Me empujó lejos del altar y las manos esqueléticas, pensando que eran los culpables de mi malestar. Sacudí la cabeza, esforzándome por poner en orden todas mis ideas.
—Estoy bien, sí —acerté a decir—. Pero mira esto.
Me subí la manga de mi camiseta y revelé el tatuaje que parecía arder en mi piel. Después señalé los patrones del suelo, que dibujaban exactamente la misma figura.
El asombro en los ojos de Leonard dejó claro que él también acababa de notar la relación entre ambos.
—Bueno, al menos ahora sabemos una cosa con certeza. —Exhaló, rompiendo el silencio, y giró sobre sí mismo para ver mejor el heptagrama que nos rodeaba—. Esta es la prueba de que tenías que ser tú la que desvelara el misterio que se oculta bajo estas ruinas, y de que estás en el sitio adecuado.