25
Mina
—¿Lista? —dijo Leonard.
—Siempre lista —contesté, comprobando que aún me quedaban galletas en los bolsillos y mi linterna seguía ahí.
—Desde luego, inteligencia no te falta —murmuró entre dientes—. Quizás un poco de sentido común, pero inteligencia, no.
—¿Perdona? —respondí escandalizada.
Leonard ignoró mi pregunta y, haciéndose el disimulado, sacó una bobina de hilo y la ató a la pata de piedra de uno de los sepulcros.
—¿Qué haces? —le pregunté, observando sus movimientos con curiosidad.
—Estos túneles son un auténtico laberinto —me explicó—. Lo del hilo es un viejo truco para encontrar el camino de vuelta. Como en los cuentos.
Se me escapó una risita ante lo absurdo de la situación.
—¿Te crees que somos Hansel y Gretel?
—En absoluto. Hansel y Gretel eran dos críos, y además eran hermanos —respondió él con aquella intensidad que usaba a veces. Luego hizo una pausa—. Nosotros no somos hermanos, somos... amigos .
—Compañeros de trabajo —lo corregí, aunque mi corazón había estado a punto de explotar en el pecho mientras esperaba a escuchar qué palabra utilizaría.
Luego me giré y palpé el hilo que sujetaba, por pura inercia—.
Por cierto, ¿qué material es esto? ¿No será sintético, verdad?
¿Te has planteado alguna vez utilizar alternativas más ecológicas?
Hay uno muy parecido de algodón, pero es biodegradable y mucho más agradable al tacto.
Noté que Leonard me observaba paralizado, como si me acabara de caer de otro planeta.
—No tengo ni idea de lo que estás diciendo —dijo confundido, y casi se le cayó la bobina de hilo de la mano.
—Da igual. Ya lo buscas la próxima vez —dije en voz baja—. Para lo de hoy, servirá.
—Deberíamos apagar las velas antes de abandonar la cripta —dijo Leonard—, para no provocar un incendio. No te importa, ¿verdad?
Asentí, aunque sentí una cierta congoja al imaginarme vagando por las entrañas de aquella montaña en plena noche. Pero no iba a flaquear ahora por cobardía. Las horas de Krish estaban contadas, y él no tenía el lujo de poder echarse atrás por miedo, como yo.
Leonard abrió paso, caminando el primero por el túnel. El hueco era tan bajo y estrecho que él, con su altura, tenía que caminar completamente agachado. A mí me bastaba con agachar un poco la cabeza.
Iluminó el camino con su linterna y yo hice lo mismo, detrás de él. El suelo era de tierra compactada y las paredes de piedra irregular y amarillenta, como si hubieran tallado el túnel en la roca misma.
—Esta parte es más nueva—dijo Leonard—. Diría que la construyeron a la vez que el monasterio, aunque es extraño que no se mencione en ninguna parte. Si esperas un momento, llegaremos a la parte verdaderamente divertida.
Continuamos caminando por el túnel unos minutos más y me pareció que la pendiente del terreno descendía. Llegamos a unas escaleras talladas en la piedra que se hundían en la oscuridad, y ahí se detuvo.
—Hay que bajar por ahí, si bien recuerdo —me dijo—. No te da miedo, ¿verdad?
—Para nada —respondí, clavándome las uñas en el interior de las manos—. Salgo todas las mañanas a reptar por túneles subterráneos, ¿tú no? Es mucho mejor que hacer pesas.
Lo escuché reír por lo bajo y me tendió la mano.
—Ven, deja que te ayude. Estas piedras resbalan.
Tomé su mano para saltar al primer escalón, pero después la solté: su cercanía me provocaba vértigo, y eso todavía hacía más difíciles aquellas escaleras empinadas y traicioneras.
Leonard fue bajando lentamente, dándose la vuelta de vez en cuando para asegurarse de que lo seguía.
Si le molestó que le soltara la mano, no dejó que se notara.
Iba iluminando el camino con su linterna, pero las escaleras avanzaban en curva, de modo que yo no podía ver lo que había tan solo un poco más adelante.
—Solo un par de escalones más. Al final de esta escalera se encuentra el verdadero hallazgo.
Aunque realmente tenía mucha curiosidad por saber de qué se trataba, en ese momento mi prioridad era no romperme la cabeza durante la bajada por aquellos escalones altos, estrechos e irregulares.
De repente, resbalé violentamente y caí hacia atrás.
Leonard reaccionó de inmediato. Se dio la vuelta y me agarró con fuerza, estabilizándome con manos grandes y fuertes.
Al agarrarme tropezó él también y ambos caímos rodando por los últimos cuatro o cinco escalones.
Las linternas rebotaron un poco más allá y se apagaron de golpe.
Rodamos juntos por una estancia a oscuras, hasta que nos detuvimos y quedé justo encima de él.
Permanecimos inmóviles, sorprendidos por aquella inesperada proximidad. Sentí su aliento sobre mi rostro y me giré a un lado para apartar mis labios de su mejilla. Sin embargo, él siguió mi movimiento, haciendo que nuestras bocas se rozaran.
Entreabrí los labios casi por instinto. Me moría por que continuase.
Los suyos me recibieron, tan suaves y sedosos que su tacto no parecía real.
Sentí su lengua rozar la mía: primero con timidez; después con creciente intensidad, comprobando que yo le devolvía el beso.
Dejándome llevar, mordisqueé suavemente su labio inferior, mientras él giraba un poco la cabeza para, ahora sí, besarme con absoluto abandono.
Reajustó mi cuerpo sobre el suyo, colocándome sobre su duro vientre, que parecía esculpido en piedra.
Sentí cada uno de sus músculos bajo mi cuerpo mientras su lengua exploraba las comisuras de mis labios y pasaba después a mi cuello.
Sin poder evitarlo, escurrí las manos por detrás de su espalda, deleitándome en aquellos músculos de acero que llevaba días observando de lejos.
Una de las linternas parpadeó y volvió a encenderse de golpe, iluminándonos de perfil.
Lo solté de golpe y rodé hasta el suelo, cayendo justo a su lado. Me sentía demasiado confundida para pensar en lo que acababa de ocurrir, así que me puse a gatear como si estuviera buscando mi linterna, sintiendo el frío y la humedad del suelo en las palmas de las manos.
¿Qué narices acababa de ocurrir entre nosotros?
—¿Mina? —murmuró Leonard, sin moverse. Sonaba casi asustado, como si él tampoco supiera muy bien qué había pasado durante esos pocos segundos a oscuras.
—Ya la tengo. Todo bien —susurré, todavía sin aliento, y mis ojos se desviaron hacia sus labios sin poder evitarlo.
Levanté la linterna para que la viera y le di un par de golpes para que se encendiese. Cerré bien el compartimento de las pilas, que se habían salido un poco al caer. Luego me puse de pie y comencé a iluminar el espacio al que acabábamos de entrar.
Nos encontrábamos en una galería amplia que se abría al final de las escaleras de caracol. Era mucho más grande y alta de lo que me había esperado después de aquel túnel estrecho.
La cámara era ovalada, casi circular, y mi primer pensamiento fue que acabábamos de dar con la sala principal del templo pagano del que Leonard me había hablado un rato antes.
El suelo estaba hecho de baldosas talladas con líneas geométricas.
En las paredes, el haz de luz de la linterna me mostró nichos y frescos desconchados.
Bajo estos había placas de piedra con inscripciones y, en el centro, un altar de piedra color crema sostenía una estatuilla rodeada de pequeñas y toscas figuras de barro.
Un extremo parecía haber sufrido un pequeño derrumbe, pero aparte de eso, el lugar había permanecido congelado en el tiempo durante siglos, o incluso milenios.
Me sentí pequeña ante tal hallazgo, y yo ni siquiera era arqueóloga.
Comprendí entonces cómo debió de sentirse Leonard al ver aquello por primera vez: la emoción de descubrir algo que llevaba siglos oculto, y de ser el primero en poder documentarlo.
—Este lugar es increíble —dije—. ¿Cómo es posible que nadie lo haya encontrado hasta ahora?
—No todos los arqueólogos son tan buenos como yo —dijo Leonard, levantándose del suelo con aire vanidoso. Se sacudió la ropa y comprobó que el cuello de su camisa estaba en su sitio.
—Dudo que sea por eso —respondí, aunque me sentí un poco mal nada más decirlo. Realmente creía en él y en sus talentos, pero algo me decía que tenía que haber un motivo mejor—. Perdona, no quise decir que…
—No, tienes razón —admitió, sonriendo azorado—. Quizás este lugar no quería ser encontrado. O, a lo mejor, yo tenía mucho más interés que mis predecesores. Al fin y al cabo, para mí esto no es solo un trabajo. Se ha convertido en un asunto personal.
Al pronunciar la última palabra, sus ojos se clavaron significativamente en los míos, y relampaguearon durante una décima de segundo.
Me relamí los labios sin darme cuenta y sentí de nuevo el sabor de los suyos: todavía estaba ahí. Él siguió cada uno de mis gestos con la mirada, con ojos de depredador.
—¿A qué profundidad crees que estamos? —pregunté, sintiendo algo de claustrofobia al pensarlo.
—Es difícil de calcular —respondió, apartando la mirada de mí y fijándola en el techo, del que sobresalían telarañas y raíces—.
Si te fijas, cuando estás en el pueblo, el monasterio se eleva sobre la cima del Tossal de San Miguel.
Estos pasadizos parecen atravesar la mayor parte de la colina por su interior y yo diría que conectan las ruinas con la cripta del monasterio, aunque todavía no sé por dónde.
Se acercó a uno de los frescos y lo iluminó con semblante pensativo. Conté siete, que coincidían con los dibujos del suelo.
—¿Quieres decir que la colina entera está llena de pasadizos? ¿Cómo si fuera un hormiguero?
—Algo así. —Asintió, iluminando los frescos uno a uno mientras lo hacía.
—¿Y para qué?
—Tengo varias teorías —dijo sin mirarme, como si hablara solo—. La más obvia es que esto era un lugar de culto, y los diferentes pasillos llevaban a puntos clave para ciertos rituales.
—¿Y las otras teorías?
Frunció el ceño y miró a uno y otro lado, buscando la palabra correcta.
—No lo sé. Quizás este lugar se construyó como antecámara de algo mayor. De algo… más peligroso.