24
Mina
Por la mañana le envié un mensaje a Teo, diciendo que tenía razón y que me iba a tomar unos días libres para apuntarme a un retiro de yoga en Mallorca. Era una pequeña mentira, pero me pareció que todo sería más fácil de ese modo: si todo iba bien, ni siquiera se enteraría de mi paradero real.
No me contestó hasta un par de horas más tarde, cuando ya iba en el taxi de camino al aeropuerto.
Me dijo que era muy buena idea, y que seguro que volvería renovada.
Decidí no contarle nada de mis planes a nadie, ni siquiera a mi abuela, por miedo a que algún espectro errante pudiera oírme y comunicárselo a quien no debía.
Esta vez el vuelo transcurrió tranquilo y sin incidentes. Conduje de vuelta a Liria, donde había vuelto a reservar la misma casa destartalada de la última vez: era el alojamiento más barato de la zona, y no tenían problema alguno en que se alojara también a mi “gato” sin pagar extra.
Me aseguré de que Luminix estaba cómodo en la casa alquilada, le dejé salmón que había traído de casa y me cambié de ropa. Me puse unos pantalones de explorador llenos de bolsillos y los llené de frutos secos y galletitas, por si me entraba hambre mientras estaba fuera.
Salí a dar una vuelta por la ciudad y visité un museo local en busca de indicios.
Nadie parecía saber demasiado sobre los íberos, fundadores de aquella ciudad en ruinas que escondía tantos misterios; la mayor parte de la información que se podía conseguir era sobre los romanos, que se asentaron allí muchos siglos más tarde.
Decidí ir a las ruinas a echar un vistazo, aunque me marcharía en cuanto comenzara a oscurecer.
No iba a arriesgarme a estar allí de noche, cuando los espíritus estaban más activos y el rey de las hadas podría lanzar a sus engendros contra mí de nuevo.
En teoría, Leonard había sellado el pozo, pero no tenía particular interés en comprobar si lo había hecho correctamente.
Me dirigí primero a la zona de las ruinas donde habían encontrado el grafiti con los nombres de Rhada y su supuesto hijo, Anand.
Tomé una foto con mi teléfono y después tracé los caracteres con los dedos.
Formaban un círculo con líneas por dentro, como si el texto estuviera deformado o en perspectiva.
Comprobando que el sol todavía seguía alto, decidí bajar a la cripta usando el truco que Iris me había enseñado. No me hacía mucha gracia hacerlo, pero era sin duda un buen lugar por donde empezar.
Crucé el patio con sigilo, agradecida por tener un séquito de águilas reales que habían decidido convertirse en mi escolta desde las alturas.
Al pasar comprobé que Leonard, en efecto, había colocado una pesada losa de hierro sobre la boca del pozo para sellarlo.
Usa la puerta lateral para entrar a la capilla y destapé la trampilla bajo el altar.
Usando la linterna que me había traído, me adentré sola en la cripta.
A cada paso que daba por aquella estrecha escalerilla de mano, más sentía el corazón rebotar contra mi caja torácica.
Aquel sótano seguía oliendo a humedad y a cosas en descomposición.
Nunca me habían gustado los lugares oscuros ni subterráneos, porque me resultaban claustrofóbicos.
Di un salto para bajar de la escalerilla y se me cayó la linterna, estrellándose contra el suelo. La luz se apagó y me quedé en la más completa oscuridad. La escalerilla rebotó contra la pared y cerró la trampilla de arriba. Después se hizo el silencio.
Permanecí quieta y escuché un goteo lejano y los pasos de algún ratón. Pero de pronto se oyó un suave movimiento: un rumor de papeles, y luego el susurro de la ropa de una persona que caminaba lentamente.
Tanteé el suelo, buscando la linterna o cualquier otra cosa con la que defenderme. ¿Cómo había sido tan estúpida? ¿Por qué había dejado a las águilas fuera?
—Sabía que vendrías —dijo una voz.
Exhalé aliviada al reconocer quién era.
—Leonard, ¿tú también has venido? —exclamé, sin saber muy bien dónde estaba.
—Vine directamente volando desde tu casa —se oyó su voz—. Quiero ayudarte.
Unos ojos rojos brillaron en la oscuridad, agachándose lentamente hacia mí. Sentí cómo su mano tomaba la mía y me ayudaba a ponerme en pie.
—No veo nada. Lo sabes, ¿verdad? —le dije, y sin querer mi voz sonó a reproche.
—Perdona, se me olvida —dijo con tono entre amargo y divertido—. Es curioso lo rápido que uno olvida las flaquezas mortales cuando ya no tiene que sufrirlas.
Escuché el sonido de una cerilla. Una vela iluminó su mano y las facciones armoniosas de su rostro.
—¿Mejor? —dijo tendiéndomela.
La suave llama iluminó el lúgubre espacio, dejando ver un montón de papeles y libros sobre el sepulcro que piedra que habían decidido usar como mesa de trabajo.
—¿En serio estabas leyendo a oscuras? —pregunté admirada, acercándome a husmear lo que estaba haciendo.
Se dio la vuelta y me observó con los ojos entrecerrados y una expresión indescifrable.
—No —dijo, y una sonrisa se dibujó lentamente en las comisuras de sus labios—. No estaba leyendo.
—¿Ah no? ¿Y entonces qué hacías?
Hubo un silencio largo e intenso, durante el cual se acercó un paso a mí, solo para después alejarse dos más. Inclinó el rostro y se puso a hojear sus papeles, algo azorado, y luego contestó en voz bajísima, casi inaudible.
—Estaba pensando en ti.
Sus palabras me sentaron como una patada en el estómago.
Yo también había estado pensando en él.
En la cama. En el taxi. Durante el viaje en avión. Toda la tarde, mientras paseaba por museos y oficinas de turismo, preguntando a la gente por el poblado íbero bajo el monasterio y esforzándome por apartar de mi mente el roce magnético de sus manos y la suavidad imposible de sus gélidos labios.
Seguramente, sus pensamientos acerca de mí eran muy distintos.
—¿Pensabas en mí o en mi sangre? —pregunté, sonando más sarcástica de lo que me habría gustado.
Leonard suspiró.
—Pensaba en muchas cosas. Pero, sobre todo, pensaba en lo estúpido que fui quedándome a ver esa película contigo.
Expiré lentamente, y la llama de la vela tembló, creando sombras juguetonas sobre los papeles y los mapas.
—No, no te culpes. Fui yo quien te pedí que te quedaras. No podías saber que iba a terminar así. Simplemente estabas tratando de ser un buen amigo. Hiciste lo que te pedí.
—Sí que lo sabía —replicó quedamente—. Porque no era la primera vez que me pasaba.
Tragué saliva, imaginando esa misma escena con alguna otra persona; con alguna otra mujer.
Me sentí extraña, y tardé un par de segundos en darle un nombre a esa sensación.
¿Celos? ¿En serio? ¿Cómo podía sentir celos de aquella pobre desdichada, fuera quien fuese?
Aquello no tenía sentido. Me estaba volviendo loca.
—¿Le… le mordiste? —pregunté con cautela.
Él sacudió la cabeza.
—No —dijo, y luego apretó la mandíbula con un gesto de dolor, agitando la mano en el aire con mal humor—. Bueno, sí. Sí lo hice. Pero fue mucho peor.
—¿Mucho peor?
—Hice algo terrible. Ya te he dicho que soy peligroso, aunque me pese. A veces pierdo el control y ni siquiera recuerdo quién soy.
Mis celos se desvanecieron tan pronto como habían aparecido, y sentí un escalofrío de terror recorriéndome la espalda. ¿Qué había hecho Leonard exactamente? ¿Cuál era el crimen que lo atormentaba?
—Puedes contármelo, si quieres —susurré, aunque presentía que no lo haría.
Sacudió la cabeza y se alejó un par de pasos, señalando una fila de sepulcros colocados uno junto a otro a lo largo de una de las paredes de la cripta.
—Da igual. Dejemos el tema, por favor. Es algo que preferiría olvidar. Pero, ya que has venido, me gustaría mostrarte algo.
Me esforcé por no insistir. Una insana curiosidad me estrujaba por dentro, pero sabía que seguramente era mejor así. Fuera cual fuese lo que hizo Leonard, saberlo no iba a hacer que me sintiera mejor en su presencia, ni él tampoco.
—Anoche encontré un pasadizo —dijo, deslizando la mano por encima de una de las tumbas de piedra.
—¿Dónde? —pregunté.
En lugar de contestar, Leonard empujó la tapa del ataúd de piedra. Las venas de su cuello se hincharon, y sus músculos se marcaron claramente bajo la camisa. Tomé aire, incapaz de apartar la vista de su espalda esculpida y su trasero perfecto.
La losa cedió y metió dentro una mano. Se me escapó una mueca de asco al pensar en lo que podía haber ahí dentro, pero él se encogió de hombros.
—Es solo polvo —murmuró, tanteando los laterales del sepulcro—. Dudo que nunca lo hayan usado para su finalidad principal. Mira, aquí hay una palanca. ¿La ves?
Me puse de puntillas y me asomé al interior.
Era cierto: había una palanca en el lado del sepulcro, pegada a la pared.
Leonard se apoyó en ella con ambas manos y presionó hacia abajo.
Al hacerlo, un ruido fuerte y chirriante sacudió la cripta, rompiendo el silencio como un grito espectral.
Una sección pequeña de pared, del tamaño de una puerta diminuta, se hundió hacia atrás.
Al moverse arrastró tras de sí una masa de polvo, tierra y telarañas, que cayeron a nuestros pies, justo encima de otro montón de mugre que ya había en el mismo lugar.
—Lo encontré esta mañana. Eché un vistazo a las galerías y luego volví a cerrarlo porque no paraban de salir murciélagos. Tenía miedo de que me mordieran.
Alcé una ceja, divertida por su comentario.
—¿El gran vampiro teme la mordedura de los pequeños vampiritos?
—No es agradable —se quejó con los brazos cruzados.
—No lo sé. A mí los murciélagos no me muerden —comenté, asomándome al oscuro agujero.
—¿Entonces qué hay ahí dentro? —pregunté, olisqueando el aire, que olía a tierra húmeda y a moho.
—Enseguida lo verás —dijo con tono misterioso—.
Todavía no estoy seguro de qué es exactamente.
Antes de que vinieras estuve estudiando los registros que encontré en la capilla, y de momento he descubierto que antes de que se construyera el monasterio hubo aquí un templo dedicado a algún dios pagano.
Más tarde los cristianos construyeron una iglesia y dedicaron el nuevo templo a San Miguel, el arcángel protector.
—Entonces este túnel debe de ser un acceso al templo pagano, si bien entiendo.
—Es posible, pero, ¿quién sabe qué más puede haber?
Ahí abajo hay metros y metros de galerías.
—Su voz sonaba cada vez más emocionada—.
También puede ser que bajo el monasterio se ocultara algo terrible, que solo los dioses más poderosos podrían contener.
En la religión católica, San Miguel es un arcángel guerrero, que lucha contra las fuerzas de la oscuridad con su espada de luz.
Es posible que no lo eligieran por casualidad.
—Alentador —murmuré con ironía.
—Lo es, porque las paredes están cubiertas de inscripciones.
¡Esto es un hallazgo histórico! Hay material para décadas de estudio.
En cuanto lo hagamos público, tendremos aquí a todos los telediarios de Europa.
Todos los profesores de historia querrán visitarlo.
Estas ruinas podrían alcanzar la fama mundial.
Me mordí el labio, incómoda al imaginar tal revuelo mediático. Sin duda, a Teo eso no le iba a gustar nada.
—Creo que deberíamos echarle un vistazo por nuestra cuenta antes de decírselo a nadie más, si no te importa —dije quedamente.
Leonard asintió con una leve sonrisa.
—Claro, no te preocupes. —Apoyó una mano en el umbral de la pequeña puerta y se agachó para mirar dentro—. Perdona, me dejé llevar por la emoción. Este es el tipo de descubrimiento que siempre quise hacer. El sueño de cualquier arqueólogo. —Suspiró—. Pero supongo que ahora todo es distinto.
Dio un paso hacia el túnel, y me tendió la mano para que lo siguiera.
—¿Vienes? —dijo con tono esperanzado.
Dudé. Estaba a punto de anochecer, y no sabía lo que podíamos encontrarnos ahí abajo. Leonard leyó mi expresión, asintiendo.
—Tranquila. Puedes volver a casa si lo prefieres. Entraré yo solo y mañana te contaré lo que he visto. No pasa nada.
Su comentario azuzó el fuego luchador que siempre ardía en mi interior, y ni siquiera me lo pensé antes de responder.
—De eso nada —dije—. Voy contigo.