23
Mina
Cuando por fin se marcharon mis amigas y me quedé sola en casa, sentí como si el apartamento acabara de volverse más grande.
Aliviada por la súbita paz, salí al balcón y respiré el aire fresco de principios de primavera.
Lo más sabio habría sido dormir, pero estaba demasiado alterada para hacerlo.
Necesitaba hablar con alguien y desahogarme, pero no me servían mis amigas del Serenata.
Necesitaba alguien capaz de escucharme sin interrumpir y guardar un secreto. Alguien que no fuera humano.
Me apoyé en la barandilla y observé a una bandada de murciélagos que pasaba cerca. Dos se acercaron y se pusieron a revolotear a mi alrededor. Extendí la mano y se colgaron bocabajo de mi brazo, mirándome con sus ojillos negros y curiosos.
—¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar? —les pregunté en un susurro.
Los dos murciélagos se miraron entre sí, con las alas negras cruzadas frente al pecho, pero ninguno contestó.
—Ese hombre tiene algo… algo que no sé explicar, ¿me entendéis?
—Uno de los murciélagos, seguramente la hembra, asintió levemente.
El otro, sin embargo, echó a volar como si mi discurso le aburriese—.
Tú me entiendes, claro que sí, mi pequeña vampirita.
Pero tengo miedo. Miedo de él, pero también miedo de causarle daño.
Él no es el único que supone un peligro, ¿sabes?
La murciélaga ladeó la cabeza, cada vez más interesada. Sus ojos decían: «cuéntame más». Y yo necesitaba contárselo. Si no lo hacía, explotaría.
—La maldición no afecta solo a los hijos y nietos de Rhada —murmuré, acariciándole las graciosas orejillas puntiagudas—.
Afecta a cualquier hombre que se enamore de una mujer de mi familia, y empieza a contar desde el momento en que le declare oficialmente su amor.
Por eso mi padre murió cuando yo tenía once años.
Y por eso mi madre murió de pena poco después.
La murciélaga extendió las alas, compungida, y me abrazó la mano con ellas.
—¿Qué debo hacer? —le pregunté.
—Lo primero eres tú —contestó, emitiendo un suave chirrido que pude entender a la perfección.
Asentí.
—Tienes razón. Tengo que velar por mis hermanos, y también por mí misma. Tengo que encontrar la manera de salvar a Krish antes de que termine el plazo. Ya habrá tiempo para pensar en Leonard más tarde.
—Pero lo necesitas —apuntó la murciélaga con un lento parpadeo.
De nuevo, tenía razón.
—Lo sé. Pero no puedo pedirle ayuda. No después de lo que ha pasado. Es demasiado peligroso. No sé cómo, pero tendré que hacer esto yo sola.
—Él está triste —insistió.
Sacudí el brazo. La conversación con este pequeño mamífero alado estaba empezando a ponerme de los nervios.
—Bueno, vale. Vete a volar un rato —le dije de mala gana—. Tengo que hablar con mi jefe.
Dejé ir a la murciélaga y contemplé su aleteo hasta que desapareció en la oscuridad de la noche.
Después marqué el número de Johannes, el secretario de Teo. Esta vez no fui particularmente educada, para que viera que era urgente y mi petición iba muy en serio.
A los cinco minutos, Teo me devolvió la llamada.
—¿Y ahora qué pasa? —me preguntó en vez de saludar—. Estoy en casa de un cliente… —Se oyó un estruendo al fondo—. Tenemos una presencia difícil de controlar. ¿De verdad no puedes esperar a mañana?
—¡Teo, necesito volver a las ruinas! Leonard encontró una inscripción, y creo que si voy podré ayudarte a encontrar ese portal que buscas. Tengo una idea, y…
Si había algo que pudiera hacer cambiar de opinión a Teo, era decirle que existía la posibilidad de encontrar un portal a la Oscuridad Primal. Estaba obsesionado con ellos, y más aún desde que Selena había destruido una llave a la Oscuridad por accidente.
—Mina, ya te he dicho que es demasiado peligroso que vuelvas allí.
¡Esos espectros casi te matan la última vez!
Que vuelva Leonard solo. Vosotras sois mi responsabilidad, y no pienso dejar que os pase nada.
Os necesito más vivas. Podrás ir más tarde, cuando el camino esté despejado.
—De nuevo se oyó un sonido de cristales rotos, aunque esta vez más cerca—. Tengo que irme, ¿de acuerdo?
—¡Teo, por favor! —insistí—. De verdad que necesito ir. Es importante para mí.
—¿Por qué no te tomas una semana de vacaciones y…
? —Pareció que se le caía el teléfono al suelo, así que no pude escuchar el final de su frase.
Tardó un par de minutos en continuar, aunque su voz se escuchaba cada vez más lejos—.
Vete una semana a Madeira con tu abuela.
¡O ve a Cala Llonga! Me han dicho que buscan voluntarios para limpiar las playas.
¡Están llenas de plástico! ¿Cómo puedes soportarlo?
Apreté los dientes. Realmente me tentaba la idea de marcharme una semana a recoger latas y bolsas de plástico de la arena, pero no debía dejarme llevar por mis impulsos. Esta misión era todavía más importante.
—Teo, voy a ir.
—¿A Madeira? ¿O a Cala Llonga?
Un golpe fortísimo resonó al otro lado de la línea, y la llamada se cortó.
Suspiré y dejé el teléfono a un lado.
—A las ruinas —murmuré, aunque sabía que Teo ya no podía escucharme.
Después fui a buscar mi portátil y comencé a buscar un vuelo a Valencia para el día siguiente.