22
Leonard
El Cairo, Egipto. Seis meses antes.
La primera vez que la vi supe que aquella mujer estaba a punto de cambiar mi vida.
El aire estaba viciado en el oscuro antro donde me había reunido con Sir Richard para entregarle la llave encontrada en la pirámide.
Las primeras notas de música folclórica sonaron sobre el escenario, y el murmullo de hombres borrachos se detuvo en seco.
Todos miraron hacia arriba. Entre el humo de los cigarrillos, una figura femenina emergió de las sombras tras el telón, envuelta en velos de tonos fucsia, viola y dorado.
Jamás había visto a una mujer tan bella como Zahra al Layl, La Flor de la Noche.
Su cabello oscuro caía en una larguísima cascada de azabache pulido sobre sus hombros, extrañamente pálidos.
Sus ojos, enormes y con un brillo extraño, parecían mirarme solo a mí.
Un cinturón de monedas doradas adornaba sus amplias caderas, y estas tintineaban con cada movimiento, mientras la música retumbaba como un latido, cada vez más fuerte.
La bailarina comenzó a bajar del estrado con pasos lentos, siguiendo el ritmo de las notas. Sus caderas oscilaban con una flexibilidad imposible, mientras alzaba y ondulaba los brazos como serpientes.
Me recosté en mi silla. De pronto, ya no sentía tanta prisa por marcharme. La música y la danza me envolvían como una crisálida, y me dije que me había ganado una noche de relax después de haber estado a punto de morir en aquellas galerías bajo la pirámide.
Entretanto, ella se deslizó hacia nuestra mesa, cubriéndose el rostro con el velo dorado, y yo contuve la respiración al ver que se acercaba.
Zahra al Layl me miraba, y yo no podía apartar la vista. Me sentía hechizado. La música aumentó en intensidad y la bailarina giró, creando un remolino de colores con todos sus velos a la vez.
Los tambores aceleraron más aún el ritmo.
Zahra al Layl se plantó frente a mí, cubriéndose el rostro con un velo dorado.
La música se detuvo de golpe, y la mujer dejó caer todos sus velos a mis pies.
La sala entera se quedó mirándome, expectante.
Miré a Sir Richard, sin entender qué se esperaba de mí. Este dirigió la mirada hacia los velos, todavía en el suelo, y entonces lo entendí.
Me levanté de la silla y me postré de rodillas frente a la bailarina, recogiendo los retazos de seda mientras besaba sus pies.
Luego se los ofrecí. Ella sonrió y dio dos palmadas antes de aceptarlos.
A su señal, los músicos reanudaron la melodía y ella siguió bailando sin dejar de mirarme.
Mientras lo hacía, La Flor de la Noche gesticuló discretamente, señalándome la puerta de un reservado al fondo del local.
El baile terminó y la bailarina desapareció tras esa misma puerta, haciendo reverencias a su público.
Sin pensarlo dos veces, me levanté y la seguí. Su atracción era irresistible; aunque hubiera querido, no habría podido negarme.
Antes de cruzar esa puerta tuve un breve instante de lucidez, en el que lancé una mirada a la bolsa de deporte con mi dinero, abandonada bajo la mesa. Sir Richard se dio cuenta y sacudió la mano en el aire, quitándole importancia: “Yo me ocupo de eso” leí en sus labios.
Después entré en el reservado, cerrando la puerta a mis espaldas.