Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 21
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Mina

Mientras abría la puerta, noté que la herida de mi talón había dejado pequeñas huellas rojas por todo el suelo.

A través de la mirilla vi a Iris, acompañada de Oksana y Naomi.

Oksana sujetaba dos botellas sin etiqueta, llenas de un líquido transparente que, conociéndola, seguro que no era agua.

Iris llevaba una caja para tartas, decorada con el logo de una de las mejores pastelerías de San Antonio de Ibiza, y Naomi sostenía un ramo de flores frente al pecho, como si fuera una novia.

Me alegraba de verlas, pero no podían haber llegado en un momento peor.

—¿Abres o qué? —gritó Naomi—. Me estoy aburriendo de esperar. Voy a tirar la puerta abajo, ¿me oyes? ¡Sabes que puedo hacerlo!

—¡Venga, sabemos que estás ahí y que estás despierta! —gritó Oksana—. Es más, te estoy leyendo la mente a través de la puerta y estás dudando si abrirnos o no. ¿De qué vas, tía? ¿Es que ya ni recibes a tus amigas? Llevas una eternidad sin venir a trabajar.

Me apreté el cinturón de la bata y me atusé el pelo a toda prisa en el espejo del recibidor. Luego tomé aire y abrí la puerta, esbozando una sonrisa falsa.

En cuanto abrí la puerta, las tres me miraron como si acabasen de ver un fantasma.

—Tienes muy mala cara —dijo Iris frunciendo el ceño y empujando la tarta contra mi pecho—. ¿Cómo es posible que estés peor que cuando te dejé? ¿Es porque no te he querido dar el número del arqueólogo guaperas?

Puse los ojos en blanco, igual que hacía ella cuando yo trataba de explicarle que el efecto invernadero estaba haciendo subir el nivel del mar a niveles preocupantes.

Casi tan preocupantes como tener un vampiro oculto al final del pasillo.

—Pensé que necesitábamos hablar en consejo de chicas antes de que te lanzases a los brazos de ese pedazo de hombre sin un plan de escape —dijo Iris—.

Por guapo que sea, no deja de ser un vampiro neófito, y hay que andarse con pies de plomo.

Por eso no te di su número. Me pareció que debíamos hablarlo entre todas y hacer terapia de grupo con tarta vegana.

—Exacto —dijo Oksana—. Nada como un buen chupito de vodka con caviar y pepinillos.

—He dicho tarta, Oksana. Tarta —recalcó Iris, suspirando—. ¿Cuándo pillarás que a nadie aquí le gusta el vodka?

—La tarta sola se me atraganta. Está muy seca —replicó Oksana, empujándome a un lado para abrir la puerta que daba al pasillo—. ¿Tienes hielo? Aparta. Ya lo busco yo.

—El vodka sabe a desinfectante —contestó Iris, repitiendo un discurso que habíamos escuchado ya cuatrocientas veces.

—¿No habrá Coca-Cola en la nevera, por casualidad? —dijo Naomi, dejando caer las flores entre mis brazos, justo encima de la caja con la tarta—. Por cierto, ¿habéis visto las fotos que ha subido Selena con Raoul en Formentera? ¿No le notáis algo raro?

Traté de detener a Oksana y a Naomi para que no entrasen en el salón, pero era difícil hacerlo con tantos regalos inesperados en las manos.

Se colaron en el pasillo, directas a la cocina.

Recé para que Leonard se hubiera esfumado a tiempo, pero, claramente, no lo había hecho.

Lo supe porque lo siguiente que escuché fue un grito de Oksana, y luego el estruendo de una botella de cristal estrellándose contra el suelo y rompiéndose en mil pedazos.

—Esto… veréis… —dije corriendo hacia allí.

Me detuve al ver la cantidad de cristales rotos que las rodeaban.

Solo faltaba que nos cortásemos las cuatro y comenzásemos a sangrar en masa en medio del pasillo.

Mis tres amigas estaban paralizadas a mitad del corredor, y un poco más al fondo sobresalía la figura de Leonard, que les sacaba por lo menos una cabeza a todas.

—¿Qué hace este en tu casa? —aulló Oksana, señalándolo como si fuera un ladrón—. ¿Sabes que lo he pillado pensando en tus ojos? ¿Qué cursilería es esa?

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

Yo solo había soñado con una velada normal, de gente corriente, en la que no ocurriese absolutamente nada digno de mención.

De nuevo, el destino me había negado el deseo más nimio.

Iris se giró hacia mí con una expresión entre sorprendida, admirada y horrorizada.

—¿Lo has invitado a tu casa? —me preguntó incrédula—. Eso es muy poco propio de ti. ¡Pero si jamás te han interesado los chicos!

—Solo estábamos viendo una película.

—¿Qué película? —preguntó con sospecha—. A ti no te gustan las películas. Excepto… —Se echó las manos a la cabeza—. ¿Habéis visto Beethoven? No me digas que habéis visto Beethoven. —La miré con inocencia, mordiéndome el labio—. ¡Oh, por todos los dioses! Esto es más grave de lo que me imaginaba.

Desde el otro lado del apartamento se oyó un grito, interrumpiendo la reprimenda de Iris.

—¿Por qué el suelo está lleno de sangre? —Era Naomi, que apareció de nuevo frente a nosotras, tapándose la boca con las manos.

—Es una larga historia —dije tartamudeando, pero la voz de Iris me interrumpió.

—¿Sabes que han visto Beethoven juntos? —gritó a los cuatro vientos, como si aquello fuera aún peor que encontrar el suelo lleno de sangre.

—Basta —retumbó la voz de Leonard en la penumbra del pasillo. Sus cabellos espesos y tupidos brillaban bajo la tenue luz de las farolas, que se colaba desde el exterior—. Solo vine a comentarle algo que descubrí en las ruinas, y nos quedamos charlando un rato. Pero ya me iba.

—¿Sí? ¿Y qué es eso tan interesante que has descubierto? —dijo Iris, cruzándose de brazos.

—¿Que la quieres más que a nada? —dijo Naomi con tono burlón, sujetándose el estómago mientras soltaba una carcajada.

—No. Que en las ruinas de Edeta hay una mujer enterrada, junto a un niño que podría ser su hijo. Pensé que Mina podría ayudarme a revelar su identidad, y estamos trabajando en ello —dijo Leonard en tono seco.

Mis tres amigas dejaron de reír.

—Oh, vaya. ¡Qué horror! —dijo Iris—. Los fantasmas infantiles son los más terribles.

—No es un fantasma, es solo… —empecé a hablar, pero Leonard me interrumpió y me salvó de darles demasiada información.

—En fin, señoritas, yo ya me iba. Disfruten de la velada —dijo fríamente.

Sin girarse ni una sola vez, caminó hasta la puerta de entrada y salió, ante la mirada atónita de las cuatro.

Cuando Leonard desapareció de mi vista, me quedé con la sensación de haber dejado cientos de cosas por decir. Aunque me alegraba que mis amigas hubieran venido a verme y se preocuparan por mí, sentía que habíamos dejado una conversación a medias, con muchos puntos importantes por tratar.

Las chicas me quitaron la tarta de las manos, corrieron al salón, y se apretujaron en el sofá, alrededor de la mesa de centro.

—¡Vamos a probar la tarta! —dijo Iris, aplaudiendo como una niña—. Voy a la cocina a buscar un cuchillo. ¿Necesitáis algo? ¿Alguien quiere agua?

—Yo —dije quedamente. Después de todo lo ocurrido, tenía la garganta seca—. Mientras preparáis la mesa, voy a limpiar el estropicio del pasillo.

—Ya lo hago yo —dijo Naomi—. Tú siéntate y descansa.

Naomi se acercó a la puerta y alzó el brazo mientras murmuraba un hechizo. Todos los cristales se arremolinaron en el aire. Con los ojos entrecerrados, los mantuvo en suspensión.

—Voy a tirar esto —dijo—. No contéis ningún cotilleo jugoso hasta que vuelva.

Salió de la habitación sin bajar la mano, caminando muy despacio, dejándome a solas con Oksana.

—Parece que solo quedamos tú y yo —dijo esta al verla salir, mientras me analizaba con su característica cara de asco—. Y a mí no hace falta que me cuentes nada, porque puedo leerlo todo.

Maldita sea . Con todo el ajetreo, había olvidado poner mis barreras mentales.

—Así que te gusta el vampiro —dijo Oksana—. Pues eso es una mierda. Te lo digo por experiencia.

Desenroscó el tapón de la botella que le quedaba y la olió con cara de entendida. Después dio un trago y asintió satisfecha, dejando un horrible tufo a alcohol en el aire.

—¿Te refieres a Leonard? —dije con tanta indiferencia como pude—. Si es eso, te equivocas. Creo que estás perdiendo tus poderes, Oksana. Deberías dejar el vodka. Creo que eso no ayuda.

—Sí que los estoy perdiendo, pero no es por el vodka —me soltó de mal humor, aunque apartó la botella a un lado—.

Cuando hemos entrado he podido escuchar tus pensamientos con total claridad.

Estabas pensando que el tipo te atrae, pero te preocupa algo de una maldición.

“ Ay, es tan mono, pero ¿y si la maldición le hace daño?” —dijo con tono agudo, imitando mi voz de la forma más espantosa posible.

—Yo no hablo así —me quejé.

—Lo que tú digas. ¿Me explicas de qué va todo esto?

Naomi e Iris regresaron de la cocina con una bandeja llena de vasos, platos y bebidas. La dejaron sobre la mesa y se sentaron a nuestro lado.

—Sí, anda, cuéntanoslo todo —dijo Naomi, risueña—.  ¿Estabais hablando de tíos buenos?

—No —respondió Oksana con el labio torcido—. Solo de una maldición super peligrosa.

La boca de las otras dos se curvó hacia abajo con decepción.

—Ah. ¿La maldición de tus antepasados? —preguntó Iris—. ¿Esa que os concede poderes sobre los espíritus animales? Pero nunca dijiste que fuera tan peligrosa, ¿no? En realidad, suena bastante bien, poder comunicarte con los animales y todo eso.

Luminix saltó a mi regazo con gesto protector. Entrecerró los ojos en advertencia y yo asentí: no pensaba decir nada que lo pusiera en peligro, podía estar tranquilo.

—En general, la palabra maldición suele implicar algo malo —dije de mala gana—. Si no, seguramente la habrían llamado de otra forma, ¿no?

—Pero ¿qué hace exactamente? —insistió Iris—. ¿Es esa la razón de que tu hermano esté enfermo?

—Mirad, no quiero hablar de esto, ¿vale? —exclamé, dando un golpe en la mesa y haciendo rechinar los vasos y las cucharillas.

Las tres me miraron ofendidas, y enseguida me sentí mal por haber perdido los nervios así.

—Solo estamos intentando ayudarte —dijo Iris—.

Nos preocupa encontrarte a solas en tu casa con un hombre que ha sido transformado en vampiro hace apenas seis meses y del que sabemos muy poco.

Y, sinceramente, no me tranquiliza demasiado ver que la mitad del suelo está cubierto de manchas de sangre.

¿En qué estabas pensando? ¿Te das cuenta del lío en el que te podrías haber metido?

—Podría haberte despedazado viva —dijo Oksana con absoluta calma.

—Bueno, tampoco es eso —añadió Iris, mirándola de reojo con el ceño fruncido.

—No todos son como Teo, amiga —comentó Naomi—.

Él tiene ya doscientos años de experiencia.

No lo puedes comparar con alguien como Leonard, que aún no sabe lo que hace.

Seguro que es buena persona, pero liarse con un tipo así es como meterse en casa a un tigre salvaje: cuando le entre hambre te va a devorar, y no es algo que él pueda controlar.

No es culpa suya. Es la llamada de la naturaleza, pura y simplemente.

Realmente, la comparación con un tigre salvaje y hambriento se ajustaba bastante al comportamiento que había presenciado apenas media hora antes, pero tendrían que torturarme para que lo confesara.

Y ahora que tenía mis barreras mentales bajo control, Oksana no me sonsacaría más información sin permiso.

—Puedo cuidar de mí misma, gracias —contesté de mala gana—. Además, solo estábamos hablando de trabajo. Tampoco es que vaya a alquilarle la habitación de Selena y pedirle que se mude aquí para siempre.

—Pues ahora que la tienes vacía, te vendría bien el dinerillo extra, ¿no? —comentó Naomi con ironía—. ¿La ventana tiene barrotes?

—Muy graciosa. Ya os he dicho que es un hombre pacífico e inofensivo, y un gran profesional.

—¿Y por eso llevaba una brecha sangrante en la cabeza, y había un macetero roto en el pasillo? —comentó Oksana con tono casual.

Naomi se tensó y apretó los puños.

—Pero ¿qué dices? —se giró hacia mí, indignada—. ¿Ha intentado atacarte? Porque si lo ha hecho, le voy a arrancar la… —dudó un momento y se mordió el labio—. ¡La cabeza! ¡Se la arrancaré yo misma!

—¿Puedes hacer eso con telekinesis? —preguntó Oksana con admiración, como si tuviera en mente algún candidato más para hacer la prueba.

Me levanté del sofá con los brazos alzados, agitándolos en el aire para hacerlas callar.

—¿Queréis parar? No me ha hecho nada y no, tampoco me gusta. Es solo un compañero de misión, ¿entendido?

—Le gusta, está claro —dijo Naomi—. Si no, no se pondría así.

—Pues claro —asintió Oksana—. Eso ya os lo dije yo nada más entrar.

—Sí que te gusta —dijo Iris, tapándose la boca con incredulidad—. Estás coladita por él, pero no quieres aceptarlo. ¡Santa Afrodita, esto es algo inaudito! ¡Nuestra Mina, a quien nunca le han interesado los hombres!

—Necesito que os vayáis de aquí —les espeté, cada vez más frustrada, y comencé a empujarlas para que se levantasen del sofá—. ¡Venga, todas fuera!

—Lo dices en broma, ¿verdad? —preguntó Naomi, mirando la tarta con anhelo.

—No, lo digo en serio, completamente en serio. Toma, llévate tu vodka —dije, plantándole la botella a Oksana en una mano—. Aquí no se lo va a beber nadie.

Ella se encogió de hombros y salió del salón con su botella a cuestas, como si en el fondo nunca hubiera tenido muchas ganas de venir a visitarme y estuviera aliviada de poder marcharse pronto.

—¿Y la tarta? —protestó Iris—. Te conseguimos una tarta vegana. ¿Tú sabes lo que nos costó encontrarla?

—Os lo agradezco mucho. —Suspiré, sabiendo que estaba siendo grosera. Pero tenía que poner mi bienestar mental por delante, o me volvería loca por completo—. Hoy necesito estar sola y descansar. Han sido unos días muy duros.