Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 20
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Mina

El mundo entero se derrumbó en un segundo y la mágica normalidad que habíamos creado durante los últimos noventa minutos se esfumó en un instante.

Acababa de disfrutar de una de las mejores noches de mi vida, posiblemente la mejor desde que la maldición se había llevado a mis padres y el mundo había perdido la luz y la alegría.

Pero, como siempre sucede con las cosas buenas, la paz había durado apenas un suspiro.

Las manos de Leonard, fuertes y enormes, me apretaron inexorablemente contra la pared rugosa del pasillo. Varios tiestos con plantas decoraban los muros, y unas hojas puntiagudas se me metieron en los ojos, dificultándome la visión.

—¡Leonard, despierta! —le grité, desesperada. Jamás sería más fuerte que él. Era imposible quitármelo de encima si él se oponía, así que tenía que hacerlo entrar en razón, llegar hasta la parte sensible que aún debía de conservar dentro, en algún rincón escondido—. ¡Profesor Ellington!

Sus manos, como garras de hierro, me sujetaban firmemente por ambos costados.

No me hacía daño, pero sentí miedo al ver sus ojos vidriosos y ardiendo al rojo vivo.

No parecía oírme o verme. Solo me olfateaba como un animal hambriento, con los labios entreabiertos dejando ver claramente sus afilados colmillos.

Un gruñido escapó de su garganta y yo comencé a temblar, aterrada.

—¡Para, por favor!

La punta de su nariz se deslizó desde el borde de mi hombro a lo largo de mi cuello, subiendo hasta detenerse detrás de mi oreja. Ahí exhaló, completamente ausente, y su aliento helado me puso la carne de gallina.

Con cuidado, extendí un brazo y alcancé uno de los tiestos de terracota que pendía de un clavo a pocos centímetros de mi cabeza. Lo rodeé por debajo con los dedos y comencé a levantarlo despacio, hasta sacarlo de su soporte.

Leonard besó la piel de mi cuello, provocándome un inesperado estremecimiento mezcla de pánico, placer y excitación.

Luminix se le acercó por detrás, sigiloso. Mientras tanto, yo levanté el tiesto en el aire.

Nuestras miradas se cruzaron, y yo asentí levemente.

Luminix saltó sobre su espalda, clavándole las uñas.

Al mismo tiempo, yo le golpeé la cabeza con el tiesto de terracota. El golpe resonó en todo el pasillo, seguido por el estruendo de la cerámica estrellándose contra las baldosas.

Leonard se tambaleó y se frotó la coronilla, despertando por fin. Luminix bufó, arqueando el lomo y le mostró los dientes.

Leonard me miró, aturdido, y pareció verme por primera vez desde que me había hecho el corte en el pie y todo se había puesto patas arriba.

—Dios mío —murmuró, mirando a un lado y a otro y comprendiendo lo que acababa de ocurrir.

Le hice un gesto a mi hermano para que se marchase, y se plantó en medio del pasillo, negándose.

—Vete, Luminix. Déjanos solos un momento, por favor.

Luminix se marchó a regañadientes. Mientras tanto, Leonard dio un par de pasos atrás, tambaleándose hasta el otro extremo del pasillo, y se apoyó en la pared.

Se frotó la cabeza, y su mano se manchó de sangre.

Luego se escurrió hasta el suelo, con las manos a ambos lados de las sienes, y metió la cabeza entre las rodillas, soltando un aullido desesperado.

La herida en su frente ya había empezado a cerrarse, como por arte de magia.

—¡Soy un monstruo! —gritó, clavándose las uñas en los antebrazos—. ¡Soy un maldito monstruo! Mira lo que he estado a punto de hacer.

Tragué saliva y respiré hondo varias veces hasta que el ritmo de mi corazón se calmó un poco.

—No eras tú, Leonard. Perdiste el control.

—Claro que era yo. Eran mis manos. Eran mis labios. Era mi cuerpo el que te sostuvo contra esa pared. ¿Sabes lo que te habría hecho de no haberme golpeado?

Guardé silencio.

Imaginé su mordedura, y sus afilados colmillos sobre mi piel. Según la leyenda, el beso de un vampiro podía ser sumamente placentero, pero…

Pero no.

No así.

Las manos me temblaron un poco al recordar cómo me había aplastado contra esa misma pared. Si no lo hubiera detenido, podría haber continuado besando cada rincón de mi cuerpo, hasta que…

Sacudí la cabeza.

—No hay disculpa posible —dijo con la voz rota—. Pero lo siento. Lo siento muchísimo.

Se puso en pie, con las manos extendidas para mantenerme alejada de él, y comenzó a caminar hacia la puerta.

Sentí mi pecho encogerse al ver que se marchaba, aunque ambos sabíamos que era lo mejor.

Cada instante que permaneciese en mi casa solo empeoraría la situación, y estaba claro que iba a necesitar mucho tiempo para controlar sus instintos, si es que alguna vez lograba hacerlo.

Invitarlo a quedarse había sido un error estúpido, y me sentía mal por haber insistido.

—Buenas noches, Leonard —susurré, girando la llave en la cerradura.

Él asintió en silencio, y noté que sus hombros temblaban, como si estuviera conteniendo la rabia, o el llanto.

—No volverás a verme. Puedes quedarte tranquila —dijo a secas.

—Podemos seguir siendo amigos —repliqué, aunque mi voz no sonó muy convencida.

Su rostro, ya de por sí pálido, se volvió ceniciento.

—Claro. Amigos —respondió.

Escuchar la palabra amigos de sus labios fue extrañamente doloroso, y me pregunté si me habría sentido mejor si pudiera odiarlo; si pudiéramos ser enemigos.

Mi cuerpo quería mucho más que eso, pero mi mente sabía que era imposible.

Y no solo por su falta de control como vampiro neófito, sino porque amarlo y permitir que me amase habría sido una sentencia a muerte para ambos.

Dieciséis años... ¿Qué eran dieciséis años cuando uno tenía toda una eternidad por delante?

Quizás había un motivo por el cual no le había revelado toda la extensión de la maldición. En el fondo de mi alma, me sentía un poco culpable por haberle dicho que solo afectaba a los descendientes, cuando no era del todo cierto.

La parte más irracional de mí se inclinó una pulgada, dispuesta abrazarlo, pero me aparté rápidamente al darme cuenta de lo estúpido que habría sido hacerlo.

Tenía la mano sobre el picaporte cuando escuché unas risas acercándose por la escalera, y un fuerte timbrazo a la puerta rompió el silencio entre nosotros.

—¡Escóndete! —le ordené, señalando hacia el pasillo, que quedaba separado del recibidor por una puerta con vidrio mate—. Y hagas lo que hagas, ni se te ocurra salir de ahí.