Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 19 #2
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—¿Finales felices? —Se llevó las manos a la cabeza, escandalizada, enredando los dedos entre sus cabellos negros y crespos—. Eso es porque son todo mentiras. Las hadas son criaturas malévolas y tramposas. Y horriblemente feas.

—No puedo garantizar que sean buenas, pero yo conozco solo a una y es una de las mujeres más bellas que he visto nunca —le dije sin pensar.

Su semblante se volvió serio de golpe.

—Si te refieres a mí, yo no soy un hada —musitó entre dientes, girándose hacia el televisor con aspecto ofendido.

—Perdona, no quise decir...

—Sé lo que querías decir.

Frunció los labios, malhumorada, y se calló. Luego comenzó a pasar títulos de películas sin mirarlos siquiera, como en un trance.

—¿Mina? ¿Estás bien? ¿Qué te apetece ver? —le pregunté suavemente para cambiar de tema.

—Algo que me haga olvidar que no soy como las otras brujas y que no obtuve mi magia por nacimiento o por pertenecer a una estirpe de hechiceras, sino por un pacto malévolo que hizo una antepasada mía.

—Guardó silencio un instante, buscando la palabra correcta—.

En fin. Ya te lo he dicho. Solo quiero imaginar que somos dos amigos viendo la tele; dos personas normales con vidas normales tratando de matar el tiempo.

—Claro —asentí, esforzándome por ignorar la palabra amigos , que había dolido por motivos inexplicables—. Me voy a encargar personalmente de que sea una noche completamente normal.

—Bien.

—La más normal de tu vida.

—Perfecto.

Cogió el mando de nuevo y situó el cursor sobre el título de un documental sobre felinos, dudando. El gato regresó a la habitación. Saltó al sofá y se enroscó sobre su regazo, convertido en una bola de pelo verde.

—Va a ser una noche tan normal, que te quedarás dormida de aburrimiento —añadí, y por fin conseguí sacarle una sonrisa de nuevo.

—Estupendo —respondió, y le costó mantener el semblante serio—. ¿Qué vemos?

—Siempre me han gustado las películas románticas —le susurré, acercándome a su oído—. Y las comedias familiares.

—Venga ya, deja de tomarme el pelo —contestó, arqueando una ceja y mirándome con desconfianza—. Te lo he preguntado en serio.

—Te he dicho la verdad. ¿Es que te parece mal?

Pestañeó, sin darse cuenta de lo hermosa que era cuando lo hacía.

—¡En absoluto! Es solo que no me esperaba esa respuesta. Eres una caja de sorpresas.

Me arrellané sobre el respaldo, echando de menos poder acompañar la película con una taza de té y unos After Eight, como en los viejos tiempos.

—En mi caso, ese no es ni por asomo el más sórdido de mis secretos.

—Eso no lo dudo —contestó convencida, aunque no preguntó más—. Bueno, que sepas que a mí me gustan más los documentales de animales. Las películas son una pérdida de tiempo. Pero lo haré por ti. A ver, elige una.

Tomé el mando a distancia que me ofrecía y la miré conteniendo la risa: ni siquiera parecía estar bromeando.

Le eché un vistazo a las recomendaciones que ofrecía la plataforma, basándose en los gustos de Mina. Pasé una docena de documentales de aspecto bastante aburrido, y entonces la vi: la misma película que había sido mi favorita en la infancia, desde que tenía uso de razón.

Beethoven.

Si la sensación de hogar y confort hubiera sido una película, para mí habría sido esa: la dulce historia de un perrito leal y travieso que transformaba la vida de una familia, y acababa encontrando su hogar para siempre con ellos.

De algún modo, yo también anhelaba encontrar mi lugar en el mundo, como él, pero lo tenía mucho más difícil.

—Quizás te parezca un poco infantil, pero… —Mi dedo levitó sobre el botón del mando, dudando—. La verdad es que me encanta esta película. Me da esperanza. ¿Te apetecería verla conmigo?

Sus ojos se agrandaron con sorpresa, y después parpadeó, confundida.

—¿Estás de broma?

Pasé a la siguiente opción, que era un documental sobre pesca ilegal.

—Perdona, era una tontería. Era mi película preferida de niño, y…

—No me lo puedo creer.

Me arrebató el mando y apretó el botón de play como si en ello le fuera la vida. No entendí su reacción en absoluto, pero sonreí: era siempre tan apasionada, tan visceral en todo lo que hacía.

La película me transportó de vuelta al pasado, a mi niñez.

Descubrí con asombro que Mina se sabía de memoria los diálogos y su semblante se iluminaba con cada una de las travesuras del perrito.

Cuando llegó la escena en que el perro se tumbaba junto al padre en la cama y le lamía el cuello, y este lo confundía con su mujer besándolo, Mina estuvo a punto de caerse del sofá de la risa.

Me dio palmadas en la rodilla, aplaudiendo como una niña.

Mientras tanto, me esforcé por contener la respiración y no inhalar su irresistible aroma.

De repente, noté que el cuerpo de Mina se tensaba, con su mirada fija en la pantalla y una expresión sombría.

—¿Sabes? —comenzó, en voz muy baja, casi inaudible—. Me gusta pensar que Beethoven encuentra su lugar en el mundo. Que encuentra un hogar; una familia. Y a veces me pregunto si yo alguna vez volveré a tener una.

La miré, sacudido por su confesión.

—¿Por qué dices eso? Este es tu sitio. Aquí, en Ibiza, en el Serenata. Con la agencia, con tus amigas… sois como una familia, ¿no?

Soltó una risa amarga, sacudiendo la cabeza.

—Claro. Pero desde que tengo memoria, siempre he sentido que la maldición me persigue.

No importa dónde esté o con quién, siempre está ahí, como una sombra.

Es... agotador. Y por más que intente avanzar, me siento atrapada, como si mi destino estuviera sellado.

Y no sé cuánto tiempo más podré seguir así.

Mi brazo, que hasta entonces había estado cómodamente situado tras su espalda, se movió casi por instinto, envolviéndola con más fuerza, tratando de ofrecerle algún consuelo.

—Mina… —empecé a decir, pero no supe cómo continuar.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro, y pude sentir cómo su respiración se volvía más pausada. Nos quedamos en silencio durante el resto de la película.

Cuando Beethoven se acurrucó junto a la familia en la última escena, estábamos tan pegados como dos adolescentes en el cine.

Ninguno se movió hasta que los títulos del final se detuvieron y la televisión nos amenazó con reproducir un documental sobre los horrores de la comida procesada que, al parecer, Mina tenía guardado en su lista.

Solo entonces se desperezó, apartó su cabeza de mi hombro y me miró, apagando el aparato con aspecto indeciso.

—Fin —dijo, mordiéndose las uñas con aire distraído y mirando alternativamente hacia la puerta y hacia el televisor—. Supongo que verla otra vez sería demasiado, ¿no?

Tuve que contener la risa ante su propuesta.

—No sabía que te gustaba tanto —dije, sacando mi brazo de detrás de su espalda. De pronto parecía fuera de lugar—. Pero creo que es un poco tarde y deberías descansar. Ha sido una noche divertida. Gracias por invitarme.

—Sí, tienes razón. —Asintió, pareciendo súbitamente incómoda, y se levantó también—. ¿Te… te acompaño?

Se cubrió el pecho con los brazos y se apretó la bata con timidez. Aparté la mirada de su cuerpo, tan perfecto y diminuto, y tuve que reunir toda mi energía para que mi voz sonara indiferente al responder.

—Vamos.

Asintió y se dirigió al pasillo, sin girarse a mirarme ni una sola vez.

De pronto se detuvo y dio un respingo. Levantó el pie y se sacó una esquirla de vidrio de la planta del pie, con una mueca de dolor.

—Vaya. Esta mañana se me rompió un vaso. Creo que me he cortado.

Sostuvo el trozo de vidrio entre los dedos y un hilillo de sangre comenzó a brotar de su pie.

Comencé a sentirme mareado.

Ajena a mi malestar, Mina se limpió el corte un poco con el dorso de la mano. Aquello solo empeoró la situación cuando sus dedos se tiñeron de rojo.

Me quedé paralizado. El aroma de su sangre era como un canto de sirena irresistible.

Entré en visión túnel; el apartamento desapareció a mi alrededor. Ya solo existía el olor de su sangre, manchando sus dedos y su ropa y extendiéndose en torno a mí como una nube de promesas.

—¿Leonard, estás bien? —me preguntó.

Su voz resonaba lejana, como un eco. Intenté contestar, pero mis labios no se movieron. Había dejado de ser yo. Solo quedaba una cáscara vacía, que obedecía únicamente a los instintos más primarios de mi ser.

—Leonard, ¿me oyes? ¿Te pasa algo? —gritó Mina, cada vez más alarmada.

Su rostro se esfumó por completo. Solo quedó el aroma de su sangre, atrayéndome como un imán.

Sin saber lo que hacía, me abalancé sobre ella, clavándola contra la pared del pasillo entre gritos horrorizados.

En el breve instante de lucidez antes de perder la cordura, me pareció que sus gritos sonaban muy similares a los de Zahra al Layl la noche en la que yo la había matado.