19
Leonard
—¿Se te ocurre qué podría significar? —le pregunté con cautela.
Mina guardó silencio un momento, como si calculara algo en su mente.
—Anand era el primogénito de Rhada, y seguramente murió a los dieciséis, como todos los demás Shah.
—Eso cuadra con los hallazgos. Y hay más. Debajo se adivinaban unas palabras más. Era difícil de leer, pero decía algo así como «Madre, hermano, descansad en paz». ¿Se te ocurre quién pudo escribir esto?
—Sabemos que Rhada tuvo también una hija con otro hombre, años después de nacer Anand. Así que tuvo que escribirlo ella; era la única que quedaba. Pero, ¿para qué lo hizo?
—En mi opinión… —dije lentamente, y ella me observó con suma atención, atenta a cada uno de mis movimientos.
Hasta el gato se quedó quieto por primera vez desde mi llegada, y relajó un poco su actitud amenazante—.
En mi opinión, la inscripción es una especie de lápida funeraria.
Marca la ubicación del sepulcro de la madre y del hijo.
—¿Piensas que los enterraron entre las ruinas? —preguntó ella con escepticismo, tensando la espalda.
—Quizás no exactamente en las ruinas, pero en algún lugar cercano. Posiblemente en la montaña, o en los alrededores del monasterio. Pero dejando la inscripción en un lugar visible, como esas piedras, se aseguraron de que alguien la encontrase.
—Si esa inscripción lleva ahí doscientos años, la deben de haber visto ya un montón de arqueólogos antes que tú.
Asentí.
—Es posible. Pero siendo mucho más nueva que las ruinas íberas, probablemente nadie le prestó atención. Los demás solo vieron un grafiti sin sentido. Nadie más que tú conoce la historia de Rhada y Anand.
Mina se puso en pie de un salto y fue a buscar su teléfono.
—¿A dónde vas? —le pregunté, sorprendido.
—A llamar a Teo. Tengo que volver a las ruinas inmediatamente. Si lo que dices es cierto, es posible que haya más mensajes entre las piedras, tal y como sospecha la abuela. Y necesito saber cómo murieron Rhada y su hijo, y por qué están enterrados justo ahí.
—Son las once de la noche —repliqué con una sonrisa, al ver que nuestra conversación le había devuelto la energía—. ¿No podrías esperar a mañana? ¿O es que piensas subirte a un avión en este mismo instante?
—Dieciséis años —rugió, con el teléfono ya sobre la oreja—. ¡El plazo se cumplirá en tan solo un par de días! Cada segundo cuenta.
La observé mientras marcaba un número tras otro, aporreando la pantalla. Tras un rato sin poder contactar con nadie, salió hecha una furia del salón, y regresó cinco minutos después, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
—No contesta —exclamó con voz ronca, lanzando el teléfono sobre la mesilla de centro—.
Solo he podido hablar con su secretario, Johannes, y dice que seguramente no podrá atenderme hasta mañana.
¡Dice que me vaya a dormir y que me relaje un poco!
Que está todo controlado y que no me preocupe . ¡Que no me preocupe!
El gato, viendo su mal humor, huyó trotando de la habitación, dejándonos solos por primera vez desde mi llegada.
Mina se derrumbó al otro lado del sofá, con los ojos súbitamente vidriosos.
Sentí la irrefrenable necesidad de abrazarla; de atraerla contra mi pecho y acunarla entre mis brazos.
Pero sabía que, si lo hacía, el aroma de su piel y la cercanía de su cuello me harían perder el control de nuevo.
Así que permanecí quieto, mientras se creaba un largo silencio incómodo y eléctrico entre los dos.
—Si hay algo que pueda hacer… —dije suavemente.
—¿Puedes llevarme a las ruinas ahora? —preguntó, desafiante.
¿Podía?
Theodore había dicho que ninguna de sus empleadas debía acercarse al yacimiento hasta que él diera luz verde de nuevo. Había dejado muy claro que aquel lugar era demasiado peligroso para regresar sin un plan concreto.
—Tendría que consultarlo con tu jefe —respondí.
—Ya —contestó secamente.
Se levantó y comenzó a pasear arriba y abajo por el salón, dando pisotones furiosos cada vez que pasaba por mi lado.
—Me está evitando. No quiere que vuelva allí —gruñó furiosa—. Y, obviamente, no entiende la urgencia de mi situación.
Su determinación era admirable. Jamás había conocido a una mujer tan fuerte y decidida como ella. Quería ayudarla, pero no deseaba enfurecer a Theodore y perder mi primer trabajo normal desde mi transformación.
—Voy a ir, diga lo que diga —continuó ella con un bufido, plantándose frente a mí con los brazos cruzados. Luego volvió a coger el teléfono y se puso a buscar algo—. Voy a comprar un billete de avión. Me da igual si me da permiso o no.
—Está bien —dije, observando su terca y menuda figura con cariño.
Tiré de su brazo, obligándola a dejar de teclear y mirarme—.
Iré contigo, diga lo que diga Theodore. Pero tendrá que ser mañana.
Descansa esta noche y habla con él cuando amanezca.
No importa lo que diga, yo iré contigo de todos modos. ¿De acuerdo?
Su cuerpo pareció relajarse un poco y su expresión se suavizó un poco.
—¿Lo dices en serio? —preguntó, con la voz rota después de tanto gritar.
—Totalmente.
Suspiró y sonrió, frotándose los ojos con cansancio.
—Te lo agradecería muchísimo. Necesito tus conocimientos más que nada.
—Será un placer —respondí, aclarándome la garganta.
Mina tenía la mirada fija en mi rostro, y el calor comenzó a crecer en el centro de mi pecho de nuevo, desafiando mi autocontrol.
Si permanecía en ese apartamento un segundo más, iba a besarla.
Necesitaba inhalar a fondo su aroma a flores silvestres, y sentir mis labios contra su cuello.
No poder hacerlo era una auténtica tortura.
Me levanté de golpe del sofá, tratando de no rozarla, y di un par de pasos hacia la puerta. Ella se extendió la mano hacia mí, como tratando de detenerme. Tomó mi mano y la apretó con fuerza con sus dedos finos y cálidos, haciendo saltar chispas entre nosotros.
—Debería irme —dije secamente—. Haz la maleta. Nos vemos mañana.
—Espera —dijo—. No te vayas todavía. Quédate, por favor —Luego se sonrojó—.
Solo a tomar algo. —Sacudió la cabeza y se dio una palmada en la frente—.
Supongo que eso no lo haces ya. Podrías quedarte a…
No sé, ¿a charlar? ¿A ver la tele? ¡Lo que sea!
Pero no te vayas todavía, por favor. Estoy demasiado nerviosa para irme a dormir, y no soporto estar sola un segundo más.
Desde que mi compañera de piso se mudó, este piso parece una tumba.
Tragué saliva.
Seguíamos de pie frente a frente, junto a la puerta del salón y, con cada palabra, Mina se acercaba un poco más a mí, de manera casi imperceptible.
—No sé si es una buena idea —repliqué, dando un paso atrás con las manos sudorosas—. ¿Por qué no llamas a alguna de tus amigas?
—Ellas no entenderían por qué estoy tan nerviosa. Aparte de la abuela, tú eres el único que conoce mi secreto. Y ella vive demasiado lejos.
—Si te soy sincero, odio los secretos —confesé, sintiéndome muy cansado de pronto.
—Lo dudo —replicó ella, posando sus manos diminutas sobre mis antebrazos, en un gesto amistoso que me hizo estremecer de los pies a la cabeza—. Si no, no serías arqueólogo.
—Justo por eso lo soy. Porque me gusta desvelarlos y que dejen de ser secretos.
Ella sonrió con la cabeza ladeada, divertida por mi explicación, y tiró de mí hacia el sofá.
—No, en serio. ¿Sabes qué es lo que más me gustaría en este momento?
Negué lentamente, entrecerrando los ojos y dejándome llevar por aquella criatura hermosa y persistente que se había empeñado en arrastrarme a una situación imposible.
—¿Que prohibiesen la ganadería industrial? —aventuré, tratando de quitar hierro al asunto.
—¡Aparte de eso! Pero buen intento —Soltó una carcajada—.
Lo que más me gustaría ahora mismo es olvidarme de todo y sentirme normal por una noche.
Hacer algo corriente y aburrido. Olvidarme de espectros, demonios y maldiciones.
Hacer algo simple, hogareño, como las cosas que hace la gente normal que no tiene problemas como los nuestros. ¿Me entiendes?
Me miró con tal anhelo que mi corazón helado palpitó de nuevo por un instante.
Sabía perfectamente de lo que hablaba: conocía esa sensación demasiado bien.
Yo mismo llevaba meses envidiando la normalidad, la rutina y la cotidianidad que otros tanto odiaban.
Para ellos, los pequeños placeres de la vida no valían nada.
Para mí, en cambio, representaban la vida sencilla que ya nunca más tendría.
Cuando era mortal soñaba con la magia y la inmortalidad.
Por entonces aún no sabía lo solitaria que podía ser la existencia de aquellos que deben guardar un secreto para siempre.
Para ser sincero, me aterrorizaba pensar cómo sería existir así durante décadas o incluso siglos, incapaz de amar sin perder, sin poder ver de nuevo la luz del sol y ocultando a todo mi entorno quién era y por qué.
—Me encantaría —dije—. Me encantaría hacer algo simple y aburrido contigo. Si de verdad no te molesta que me quede.
Ella rio, satisfecha, y se recostó de nuevo en el sofá, con las rodillas contra el pecho.
—A ver —dijo, cogiendo el mando a distancia y encendiendo el televisor—, ¿qué clase de películas te gustan?
—Las de vampiros —contesté, tan serio como pude, mientras me sentaba con la espalda completamente recta en el otro lado, cuidando de no rozar ni un centímetro de su piel al hacerlo.
Ella echó a reír.
—¿En serio?
—No. En absoluto —respondí—. No las soporto. Están llenas de errores. Me ponen enfermo.
La sonrisa de Mina, esta vez, le llegó hasta el rabillo de los ojos. La habitación entera se volvió un poco más cálida, como si un rayo de sol hubiera entrado por la ventana.
—Me pasa lo mismo —confesó—. ¿Sabes lo que no soporto? Los cuentos de hadas. Vaya manera de mentir a los pobres niños.
—Pero los cuentos de hadas, al menos, tienen finales felices—apunté.