Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 18
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Leonard

Escuché atentamente mientras Mina terminaba de contarme la historia. Su voz rezumaba dolor, pero también estaba cargada de esa determinación que tanto admiraba en ella: ya fuese para defender a un animal indefenso o a su propia familia, aquella mujer era imparable.

—¿Quién era ese hombre? —pregunté, aunque ya lo imaginaba.

—No puedo pronunciar su nombre. Pero puedes ver los poderes que nos entregó. Solo pudo ser uno, o al menos eso pensamos.

Vesperon. El rey de las hadas. El señor de todas las criaturas de la naturaleza.

—Entiendo. —Asentí—. Entonces, tu antepasada hizo un pacto con él porque buscaba venganza, y él os entregó vuestros poderes a cambio de sacrificar a los varones de la familia.

—Así es.

—¿Y no es posible dejar de ofrecer ese sacrificio? ¿No sería suficiente para acabar con la maldición?

Ella soltó una risa amarga.

—¿Piensas que es tan fácil? No se puede romper un pacto con un ser maligno, a no ser que él esté de acuerdo. Rhada le dio derecho a reclamar su pago cada vez que se cumple el plazo de dieciséis años, y seguirá haciéndolo mientras quede algún descendiente.

—Pero todavía no entiendo cómo terminó enterrada a siete mil kilómetros de su lugar de nacimiento, ni tampoco por qué te empeñas en ocultarlo a todo el mundo.

Mina suspiró y ladeó la cabeza, mirando con pena extrema al gato, que no paraba de interponerse entre nosotros como si le molestase mi presencia.

—La respuesta a tu primera pregunta no la sé con certeza. Al principio pensamos que huyó a Gran Bretaña, pensando que así escaparía de la maldición. Aunque, ¿quién sabe? Quizás pudo haber ido a Edeta en vez de eso. Hace mucho tiempo, y nuestra familia ha viajado mucho.

—¿Y la segunda pregunta?

Se apartó el pelo de la frente, llenando el aire de su dulce aroma. Me costaba apartar la vista de su rostro, y de las curvas que se intuían por debajo de su escasa ropa.

—En cuanto a tu segunda pregunta, la de por qué lo oculto…

—dijo lentamente, como eligiendo sus palabras.

Se giró hacia el gato y le acarició el cuello, a lo cual el minino respondió con un suave ronroneo y relampagueó en un tono verde todavía más vistoso—.

Si guardo en secreto toda esta historia es por el bien de mis hermanos. En particular el de él. Luminix.

Miró al gato blanco de ojos verdes y yo seguí su mirada sin comprender. Mina no respondió; en vez de eso, se levantó y fue a buscar algo a la estantería. Regresó con un viejo álbum de fotos, volvió a sentarse a mi lado y comenzó a pasar las páginas hasta dar con una fotografía familiar.

La imagen era una instantánea familiar, en un típico jardín inglés de césped verde y cuidado.

En la foto había cinco personas, sonriendo bajo un cielo gris y nublado.

En el centro de la imagen, una niña morena de unos nueve o diez años lucía una sonrisa traviesa y le hacía cosquillas a un niño de tres o cuatro, de rasgos muy similares.

La madre lucía un sari de colores brillantes, y llevaba las manos adornadas con docenas de pulseras doradas.

El padre rodeaba con un brazo a la madre, y su otra mano descansaba con cariño sobre el hombro de la niña.

Un poco apartado estaba el hermano mayor, un chico preadolescente de piel y cabellos más claros. Este se parecía más al padre, y tenía los ojos de un verde hechizante, casi magnético.

Tan verdes como los del gato.

—Oh, Dios mío —musité, comprendiendo.

—Sí. Estos eran mis padres —dijo Mina con voz triste, y luego señaló a los otros dos niños—, y mis dos hermanos.

—Una familia preciosa —comenté, aunque al instante me sentí como un idiota por aquel comentario tan tonto.

—Fuimos bastante felices durante un tiempo, sí —dijo ella con voz queda—. Pero mi padre nos dejó cuando yo tenía once años, y mi madre falleció de pena poco después, cuando yo tenía quince. Eran inseparables.

—Lo siento mucho. Debió de ser muy duro para ti.

Ella se encogió de hombros.

—Mis hermanos y yo nos criamos con mi abuela Sundari. Siempre nos cuidó bien. No puedo quejarme.

Sentí compasión por ella y por lo que había sufrido.

Era tragicómico que yo sí hubiera tenido padres, pero hubiera crecido casi más solo que ella.

Habían estado demasiado ocupados para pasar tiempo conmigo y mis recuerdos de infancia eran una mezcla borrosa de niñeras distinguidas e internados de lujo.

—Lo que quiero es que entiendas algo —dijo Mina irguiendo la espalda, y señaló al niño más alto de la fotografía, el hermano mayor—.

Linux ahora tendría veintitantos años. Hace seis que Él lo busca, pero no ha conseguido encontrarlo.

Si lo encuentra, lo matará de inmediato.

Absorberá su energía vital para hacerse más fuerte y alimentar su inmortalidad.

El pacto que firmó con Rhada le da derecho a hacerlo, y no hay forma de evitarlo.

Lo único que podemos hacer es rezar para que tarde lo máximo posible en dar con él.

Asentí, mirando de reojo al gato. Este bufó y se alejó de mí: estaba claro que no le caía bien.

—Así que nadie sabe dónde está… Linux —murmuré.

—Nadie. En absoluto —afirmó ella con convicción—. Desapareció la víspera de su dieciséis cumpleaños, sin dejar rastro. —Me miró con los ojos entrecerrados, amenazadora—. Y espero que nadie lo encuentre jamás, esté donde esté.

Asentí. Ahora todo tenía sentido; todo excepto un pequeño detalle.

—Pero Vesperon reclama solo a los hijos varones —apunté, algo confuso—. Eso no explica por qué te persigue también a ti, o por qué se presentó en el Serenata, o en las ruinas.

—Quizás… —respondió ella, apretando la mandíbula, y entrecerró los ojos con beligerancia—. ¿Quizás porque piensa que yo soy la única que sabe dónde está mi hermano desaparecido? —Mina se mordió el labio—. Aunque, obviamente, no tengo ni idea.

El gato me observaba, estudiando la mejor manera de atacarme, pero ella lo ignoró; se lo sacudió de encima y se levantó la manga de la bata, dejando a la vista un tatuaje marrón en forma de heptagrama.

—Aquí está la prueba. Nací con él, al igual que nací con mi magia. Mis hermanos también lo tienen, prueba de que la maldición sigue viva. No hay manera de escapar al pacto de Rhada; solo es posible aplazarlo, si te escondes lo suficientemente bien. Pero Él siempre terminará encontrándonos.

Mina tomó en brazos al gato y lo obligó a tumbarse boca arriba. Apartó un poco el pelo verdoso en la parte superior de su pata delantera, dejando entrever unas líneas geométricas.

—Déjalo, no es necesario —la interrumpí, empujándola suavemente para que dejase escapar al minino, que se estaba poniendo cada vez más revoltoso.

Al tocarla, un escalofrío me recorrió el cuerpo, y me aparté un poco hacia atrás.

—Fue lo mejor que pudimos hacer antes de que cumpliera los dieciséis —susurró, suspirando—. Pero aún me queda otro hermano, y…

—Te entiendo —la interrumpí.

Mina se calló y me miró fijamente con aquellos ojos profundos, que guardaban tanta oscuridad como el pozo del que la había salvado unos días antes.

Al revivir aquel momento, sentí un escalofrío.

Regresó aquella sensación de terror al sentirla inerte, al pensar que podía perderla para siempre.

Pero también recordé la maravillosa calidez y suavidad de su cuerpo, y más tarde, la hermosura de sus cabellos negros desparramados sobre la almohada impoluta, en la cama blanca del hotel.

Recordé las curvas de sus pequeños y firmes senos bajo la camiseta holgada; sus piernas morenas y bien torneadas, llenas de arañazos de tanto caminar por el monte.

Era gloriosa en su absoluta sencillez, indiferente a su belleza y el efecto que tenía sobre mí.

Sumido en estas fantasías, ni siquiera me di cuenta cuando un gruñido bajo nació en el fondo de mi garganta, rememorando el momento en que mis colmillos habían estado a punto de atravesar la finísima piel de su cuello. Casi pude sentir el dulce sabor de su sangre de hadas en la punta de mi lengua.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó, sacándome de mi ensoñación.

Parecía un poco asustada. Sacudí la cabeza y me miré los pies, azorado.

—Perdona. Estaba procesando todo lo que me has contado; tratando de ver la relación con lo ocurrido el otro día en el monasterio.

No era una mentira; solo una verdad a medias.

Ella asintió, pensativa, y jugueteó con un ojal de su colorida bata de punto.

—Yo también pienso en ello. Creo que está todo relacionado. —Se detuvo en seco y alzó la mirada, buscando la mía—. Por cierto, ni siquiera te he dado las gracias por salvarme. Si no fuera por ti, ahora estaría muerta.

Sus palabras fueron como encender la chimenea en una casa abandonada durante años: me calentaron por dentro, derritiendo el hielo que llevaba meses acumulando en mi corazón.

—Cualquiera habría hecho lo mismo en mi lugar —respondí, tratando de disimular la emoción.

—Cualquiera, no —replicó—. No todo el mundo se sacrificaría o pondría en peligro su propia vida por salvar a otro de manera desinteresada.

Solo tienes que fijarte en mi querida tatarabuela, y cómo antepuso sus intereses a los de sus descendientes.

Solo le importaban su venganza y su poder. Nada más.

—En la vida, las cosas raramente son solo blancas o solo negras —repliqué, pensando quizás en mí mismo—. Seguramente tuvo un motivo para viajar hasta aquí. Según tu abuela, estaba tratando de ayudaros, ¿no?

—Eso piensa ella, pero no lo sabemos con seguridad. En mi opinión, Rhada Shah solo quería ayudarse a sí misma.

Se cruzó de brazos y frunció el ceño con aire combativo.

—Cuando vosotros os marchasteis de las ruinas, yo me quedé allí —le dije—.

Primero sellé el pozo con una lámina de hierro, y después analicé los grabados en la piedra una vez más.

Las letras que encontré parecían formar dibujos; están muy ornamentadas y desgastadas, lo cual dificulta la lectura.

Pero si sigues los trazos aparecen otros, dentro de la palabra original.

Y creo que encontré otra palabra dentro de la primera. Quizás para ti tenga sentido.

—¿Qué palabra? —preguntó conteniendo la respiración.

—Anand. ¿Te dice algo?

Al escuchar aquello abrió los ojos de par en par, confirmando que mi teoría era correcta.