17
Rhada
Las lágrimas de Rhada Shah se mezclaron con la lluvia torrencial mientras corría, huyendo de la aldea. Su corazón latía con fuerza, golpeando con dolor en su pecho. A cada paso, sentía el peso de la traición de Arun y el futuro incierto que cargaba en su vientre.
Había vuelto a ver a Arun en los jardines un par de veces más, pero después de aquello, él jamás regresó al mercado. Jamás había visitado a su padre. No hubo ningún collar de esmeraldas, ni se materializó ninguna de sus promesas.
Al principio, Rhada pensó que algún negocio urgente lo mantenía alejado. Más tarde, cuando las semanas se convirtieron en meses, comenzó a preocuparse de verdad. Se preguntó si le habría ocurrido algo grave; si tendría que enfrentarse a todo aquello sola.
Llegó un momento en que ya no pudo ocultar más su secreto, y Rhada empezó a desesperar.
Las vecinas chismosas y desdentadas la señalaron con el dedo cuando se marchó de la aldea, repudiada por sus padres con apenas dieciocho años.
No tenía a dónde ir, así que decidió ir a buscarlo a pie: nunca había estado en casa de los Raman, pero todos conocían a su familia y no fue difícil orientarse, simplemente preguntando.
Caminó toda la tarde y parte de la noche, descalza.
Durmió junto al camino y luego prosiguió, hasta llegar a una gran casa de piedra, muy distinta de la suya.
Cuando llegó ya había dejado de llover.
Un hermoso y cuidado jardín rodeaba la residencia de los Raman, y el sol despuntaba tras el enorme árbol de mango que presidía la entrada.
Rhada se sintió flaquear al recordar a Arun, amándola en una lejana tarde de primavera, bajo un mango muy parecido a ese.
Su mente regresó a la tarde en que él le había prometido una vida de ensueño y le había suplicado que fuera su esposa. ¿Qué había sido de todo aquello?
Rhada se asomó al jardín. Recostada en una cómoda cama charpoy de cuerda, a la sombra de un tamarindo, una bellísima joven bordaba un paño.
Cerca de ella, una sirvienta se acercó con un vaso metálico sobre una bandeja.
La joven dejó a un lado la labor, y entonces Rhada pudo ver su vientre: no era tan grande y abultado como el de ella, pero su embarazo saltaba a la vista.
Durante las horas siguientes, Rhada lloró y esperó; esperó y lloró.
Agazapada tras los arbustos que rodeaban el jardín de los Ramán, observó a la otra mujer y se sintió morir de envidia.
Era ella la que debería haber estado ahí, tumbada en esa cama de cuerda.
Ese vaso dorado de jugo de mango debió haber rozado sus labios, y ese ostentoso sari de seda debería haber envuelto su cansado cuerpo, y no el de aquella extraña.
Ese era su lugar por derecho, ¿quién diablos era aquella impostora?
Cuando Arun llegó a la casa era casi de noche. Rhada, sucia y mojada, salió de su escondite de un salto y quiso lanzarse a sus brazos.
Pero la cara de Arun lo dijo todo.
La empujó a un lado con una mueca de asco, y entró en la casa sin hacerle caso. Salió al rato y, sin hablar, le puso en las manos un puñado de monedas y un saquito de arroz.
—Vete y no vuelvas —le advirtió en un susurro—. Si vuelves por aquí, te echaré encima a los perros, ¿me oyes? Y ni se te ocurra alterar a mi esposa. Necesita paz, en su estado.
Rhada entendió que Arun no la quería, ni a ella ni a su futuro hijo. Entendió que esa vida que le había prometido jamás fue pura ilusión, efímera como el humo de una bengala.
Acababa de quedarse completamente sola, sin hogar y sin nadie a quien recurrir.
Su familia la había abandonado.
Arun la había abandonado.
Comenzó a llover de nuevo. Rhada divisó un templo en lo alto de un montículo, no muy lejos del pueblo. Le pasaron muchas ideas por la cabeza. Corrió hacia allí, sujetándose el vientre y los pesados pechos con las manos.
Al llegar, el agua caía a cántaros desde los aleros del templo, como si el edificio llorase igual que ella.
La noche era oscura, y el sonido de sus sollozos se perdió en el murmullo de las hojas y el crujido de las ramas bajo sus pies.
Rhada apenas podía ver a través de la cortina de lluvia y lágrimas, pero continuó, impulsada por una mezcla de desesperación y una tenue esperanza de encontrar algo, cualquier cosa, que aliviara su dolor.
Se acercó a las puertas del templo y las encontró cerradas.
—¡Maldito seas, Arun! ¡Maldito seas tú, y todos los hombres! Ojalá pudiera darte tu merecido. ¡Ojalá los cuervos devoren tus ojos, y los monos despedacen tu cuerpo mientras duermes!
La lluvia cesó de golpe, y se hizo el silencio en el jardín desierto que rodeaba el templo.
Una luz azul y sobrenatural iluminó el tejado, y de él descendió una figura etérea, imponente y majestuosa.
Rhada se quedó sin aliento, observando al hombre más bello y terrible que había visto jamás: estaba sentado en un trono hecho de volutas, que se retorcían como tentáculos de humo.
El cuerpo de Rhada tembló, aunque no solo por el frío.
—Rhada Shah —dijo el recién llegado, con una voz musical que resonó como un sitar en el claro—, ¿qué buscas en esta noche oscura y tormentosa? No he podido evitar escuchar tu deseo. ¿Podrías repetirlo para mí?
Rhada levantó la vista para encontrarse con la mirada penetrante de ese hombre hermoso y terrible, de orejas puntiagudas y barbilla afilada.
—Quiero venganza —dijo ella entre dientes, con voz temblorosa pero decidida—. He sufrido mucho, y quiero dar su merecido a quienes me han hecho daño.
El hombre inclinó la cabeza ligeramente, sus labios formando una sonrisa maliciosa.
—El poder siempre tiene un precio, Rhada. ¿Estás dispuesta a pagarlo?
—Haré lo que sea —respondió ella, sin vacilar—. Estoy dispuesta a sacrificar lo que sea necesario. No me importa nada, ni siquiera mi propia vida.
El hombre avanzó un paso, extendiendo una mano pálida y delicada hacia ella.
—¿Sacrificarías a tu primogénito? —preguntó, su voz suave como la seda—. ¿Me entregarías su alma cuando cumpla dieciséis años?
Rhada sintió un nudo en la garganta: no sabía que llevaba en su vientre a un varón, y por un instante se sintió conmovida.
Pero al momento asintió: no quería a ese niño.
No quería al hijo de alguien horrible como Arun.
Aquella criatura y su padre tenían la culpa de que la hubieran expulsado de casa y todo el pueblo la hubiera humillado públicamente.
—Sí —aceptó—. No me importa ese niño. Ya te he dicho que no me importa nada.
—Entonces, escucha bien —continuó el hombre, desde su trono de luz—. Este pacto será vinculante para ti y toda tu estirpe. Cualquier hombre que forme parte de tu familia, ya sea por amor o por nacimiento, estará sujeto a este acuerdo. ¿Aceptas las condiciones?
El odio y el dolor respondieron por boca de Rhada.
—Sí. Odio a todos los hombres y no quiero a ninguno. Que se mueran todos, por lo que a mí respecta.
El hombre fantasmagórico ladeó la cabeza, complacido.
—Muy bien. Así sea.
Tras decir esto, extendió un dedo huesudo terminado en una uña larga y plateada, y un haz de luz salió despedido de ella.
El rayo se clavó en su carne, introduciendo una gota de sangre de la criatura.
Luego quemó el antebrazo de Rhada, grabando un símbolo a fuego.
Ella apretó los dientes, conteniéndose para no gritar de dolor.
Cuando la luminosidad se desvaneció, vio el dibujo de un heptagrama grabado a fuego en su piel con sangre, como un tatuaje.
—Gracias por este trato, Rhada Shah —dijo el hombre misterioso antes de desaparecer—. Espero que disfrutes tanto de tus poderes como yo de tu retribución.