16
Mina
La conversación con la abuela me dejó pensativa y sumamente nerviosa, aunque también emocionada ante la ínfima posibilidad de que todavía pudiéramos detener la maldición antes del dieciséis cumpleaños de mi hermano.
Teo me había dado toda la semana libre para que me recuperase, así que me pasé la mayor parte del día comiendo hummus con zanahorias en el sofá y viendo documentales sobre pesca ilegal y especies en peligro de extinción.
Por la tarde le envié un mensaje a Iris pidiéndole el número de Leonard, a lo cual ella contestó sin enviarme el número, pero con una fila larguísima de emojis de caras con corazoncitos que me dio ganas de vomitar sobre la alfombra: no lo hice solo porque era sintética, no reciclable y solo apta para tintorería; obviamente la había elegido Selena, no yo.
Le respondí de mala gana.
«¿Entonces me lo envías o no?», insistí.
«¿Para qué lo necesitas?»
« Es solo para preguntarle algo de las ruinas. Nada personal. »,
«Es que es taaaan guapo, con esa barbita recortada, y ese aire de erudito distraído, ¿verdad?»
Y dale. ¿Es que no iba a parar con la broma?
«Iris, ¿piensas enviarme el número o tengo que mandarle una maldita paloma mensajera?»
«Hay que ver lo quisquillosa que eres a veces. ¿Por qué no puedes admitir por una vez que te gusta? Y tendrías que haber visto su cara cuando te tuvimos que quitar la camiseta para examinar las heridas. Por cierto, ¿cómo estás?»
«Pues estoy cada vez más impaciente y preguntándome por qué Teo no te abandonó en ese maldito barco fantasma el verano pasado.»
«Love is in the air…»
Lancé el aparato al otro lado del sofá, frustrada.
Justo en ese momento, escuché un estruendo procedente del balcón y me levanté de golpe, atándome el cinturón de la bata de ganchillo.
Contuve la respiración. Había una figura alta y oscura moviéndose por mi balcón.
Chasqueé los dedos y a mi llamada comenzaron a salir todo tipo de insectos de los rincones. Se escurrieron por la puerta balconera y treparon por encima del invasor. Este comenzó a gritar mientras daba manotazos para sacudírselos de encima.
—¡Mina! —gritó desde fuera, cubierto de hormigas, arañas y ciempiés—. ¡Soy yo, Leonard! ¡Quítame a estos bichos de encima, por todos los diablos!
Al escuchar su voz, di una palmada y todos los bichos se retiraron, escurriéndose de nuevo por las invisibles rendijas del apartamento.
—¿Te parece normal presentarte así? —le espeté, ayudándole a quitarse una cucaracha particularmente grande del hombro—. ¿Sabes que me has dado un susto de muerte?
Él frunció el labio en una mueca de asco, frotándose el lugar donde un segundo antes se había posado la cucaracha.
—Teo me pasó la ubicación de tu casa. No pensé que te fueras a poner así. Por cierto, ¿puedo usar tu ducha? —añadió, sin parar de frotarse los brazos.
— No seas exagerado —respondí, acercándole un pañuelo de papel—. Son solo criaturitas inocentes. Los humanos son mucho más sucios.
—Una de esas criaturitas inocentes casi me arranca un trozo de brazo de un mordisco —protestó, mirando en todas direcciones antes de entrar en el apartamento.
—Pero a ti vuelve a crecerte, ¿no?
—Muy graciosa.
De pronto se quedó callado, plantado en medio de mi salón. Me miró y luego apartó la vista, centrándose en los cuadros baratos con vistas de las playas de Ibiza.
Solo entonces recordé que llevaba puesto un camisón transparente y una bata de ganchillo multicolor que había tejido yo misma.
Entre ambos, a duras penas cubrían mi cuerpo, y estando sola en casa ni siquiera me había molestado en ponerme un sujetador.
Me cubrí los pechos disimuladamente, notando que mis pezones resaltaban bajo la ropa con el fresco de la noche.
Se retorció las manos, incómodo, y se aclaró la garganta. No hizo falta que hablara; supe que sus pensamientos acababan de regresar a la noche que me había visto casi desnuda. Era la última vez que me había visto, para ser exactos, y definitivamente no mi momento más elegante.
—Necesito hablar contigo —dijo, con voz baja y firme—. Pero en privado, sin los demás delante. Por eso he venido.
Tragué saliva, intrigada.
—Es sobre los jeroglíficos de las ruinas —aclaró apresuradamente.
Algo dentro de mí se desinfló al escuchar sus palabras.
Al instante, me dieron ganas de abofetearme internamente.
¡Estúpida! ¿Qué esperabas? Además, era justo lo que necesitaba.
Justo lo que le había prometido a la abuela que haría.
Era una suerte que no quisiera hablar de nada más personal y se centrara en el trabajo. Sí, era lo mejor.
—Yo también quería hablar contigo de eso —respondí, intentando mantener el tono profesional, lo cual era difícil con la ropa que llevaba puesta—. De hecho, acababa de mandarle un mensaje a Iris pidiéndole tu teléfono.
—Tienes que contarme quién era Rhada Shah, y por qué hemos encontrado su nombre en las ruinas —preguntó con tono directo—. Sé que sabes más de lo que nos has dicho.
Asentí en silencio, dudando.
—Es cierto. Sé algunas cosas. Pero no todo. Es un secreto familiar, y es… complicado.
—Entiendo que no quieras contárselo a todo el mundo, pero yo no puedo continuar con mi trabajo si no colaboras —continuó.
—Lo sé. Acabo de hablar con mi abuela justo de eso.
Sentí que el nudo en mi estómago se apretaba aún más, y Leonard frunció el ceño, expectante.
—¿Y bien?
—Me ha dado permiso para contarte lo que sé. Piensa que puedes ayudarnos.
Luminix se acercó y olisqueó a Leonard con desconfianza.
—Pero hay partes de la historia que no conozco —aclaré—, y partes que no puedo contarte para proteger a otros.
—De acuerdo. Entonces cuéntame lo que puedas, y ya me encargaré yo mismo de unir los puntos.
Asentí, suspirando, mientras estudiaba las puntas de mis pies, enfundadas en zapatillas de estar por casa con pompones.
—Rhada Shah fue una antepasada mía —dije, tomando aire—.
Hizo cosas terribles, aunque su historia es poco más que una leyenda que ha pasado de boca en boca y de generación en generación de un miembro a otro de mi familia.
Alguien escribió la historia, pero eso fue muchos años después, y falta información.
Caminé hacia el sofá y me dejé caer entre los cojines, haciéndole un gesto para que tomase asiento a mi lado. Leonard se acomodó con la espalda muy recta, como si le incomodase estar tan cerca de mí.
Luminix intentó colocarse entre ambos, pero yo lo espanté con el ceño fruncido: ¿es que siempre tenía que estar en medio?
—Te escucho —dijo Leonard en un susurro.
—Bien. Esto es lo que ha contado mi abuela. Pero prométeme que no se lo contarás a nadie más.
Extendió una mano y la puso sobre mi rodilla, causándome un estremecimiento. Luego se puso la otra sobre el corazón.
—Te lo juro —dijo, y yo comencé mi historia.