15
Mina
Regresar a Ibiza tras experimentar la oscuridad y las sombras de Edeta fue un soplo de aire fresco.
Aun así, era difícil encontrar la paz cuando sabía cuántas cosas importantes había dejado sin resolver.
La brisa, las olas y la música no eran suficiente para distraerme de mis preocupaciones.
Esa misma isla, que en los últimos años se había convertido en mi rincón preferido del mundo, esta vez no lograba calmar la inquietud que me invadía.
No volví a ver a Leonard desde el ataque en las ruinas: Iris y yo regresamos en avión, mientras que él se marchó por su cuenta, seguramente más tarde.
Cada vez que pensaba en él, una multitud de sentimientos difíciles de definir me recorrían el cuerpo.
Recordaba su roce eléctrico y su mirada de fuego, pero también la manera dulce en la que me había acunado entre sus brazos.
Sus recuerdos me provocaban un torbellino de emociones del que trataba de escapar sin éxito, entreteniéndome con otras cosas.
Llevaba toda la vida evitando a los hombres; no quería terminar como mi madre, mi abuela, y todas mis antecesoras a partir de Rhada, la que nos había maldecido a todas.
Era extraño para mí sentir de pronto una obsesión así por uno, pero aquellas fantasías escapaban a mi control.
Dos días después de llegar a Ibiza me desperté en mi apartamento de San Antonio y encontré varias llamadas perdidas de la abuela. Me había llamado muy temprano y, como siempre que llamaba a horas intempestivas, me preocupé. Marqué su número incluso antes de salir de la cama.
—¿Abuela? ¿Ha pasado algo? —pregunté, conteniendo la respiración, mientras me ponía torpemente las zapatillas de andar por casa y cogía un vaso de agua abandonado sobre mi mesilla.
—He descubierto algo más, perla.
Me quedé en silencio con el vaso en la mano, esperando a que continuase.
—He estado investigando los archivos familiares —explicó la abuela—.
Tal y como te dije hace dos días, se sabe que Rhada viajó hasta Europa hacia el final de su vida.
Pensábamos que se había quedado en Inglaterra, pero al parecer nos equivocamos.
Debió de llegar hasta la Península Ibérica, por raro que parezca.
Al escuchar aquello me tropecé con mis propios pies y se me cayó el vaso de agua, rompiéndose en pedazos y creando un pequeño charco.
—Perla, ¿estás bien? —preguntó la abuela, que debía de haber oído el ruido de cristales.
—¡Sí, abuela! No es nada.
Empujé los restos de vidrio a un lado con la zapatilla, pensando en recogerlos más tarde, y salí al balcón.
Necesitaba ver el azul del mar ibicenco: esas vistas siempre me tranquilizaban.
Ahora que Selena se había mudado a casa de Raoul, tenía el apartamento entero para mí sola, pero echaba de menos su presencia calmante las veinticuatro horas del día. [5]
—Abuela, continúa. ¿Entonces crees que Rhada pudo haber estado allí? ¿En Edeta? Pero eso está muy lejos del lugar donde nació, ¿no te parece extraño?
—Sí, perla, pero si fue justamente allí seguramente tenía un plan. Aunque diría que las cosas no salieron como ella esperaba.
Me apoyé en la barandilla metálica, asomándome sobre el majestuoso Mediterráneo: esa mañana estaba un poco turbio y mostraba un hipnótico tono turquesa. La playa de Ibiza nunca decepcionaba, sin importar si el tiempo era bueno o malo.
Luminix trotó hasta el balcón y se restregó contra mis piernas, brillando con aquella fascinante luminiscencia verde que dejaba claro que era cualquier cosa menos un gato normal.
—Entonces, ¿para qué fue allí? ¿Cómo explicarías tú que el nombre de Rhada Shah esté grabado en las ruinas?
—Eso no es algo que pueda decirte por teléfono —dijo la abuela con voz entrecortada, mientras al fondo se escuchaba la voz de Krish.
Escuché a la abuela apartarse un momento del auricular y gritar algo así como «¡Están en la lavadora, olían a rayos!
». Luego continuó—: Escúchame. Tienes que comprobar si Rhada nos dejó un mensaje.
Quizás ella sabía que algún día encontraríamos su tumba y quería ayudarnos.
—¿Ayudarnos? ¿Después de todas las desgracias que trajo sobre nuestra familia? —le espeté.
Una pareja pasó corriendo por el paseo, vestidos con ropa deportiva a juego, y sentí una punzada de celos.
Siempre sentía envidia por las parejas felices, que tenían lo que yo jamás podría tener: todo por culpa de Rhada, la egoísta de mi tatarabuela.
Me costaba creer que hubiera querido ayudarnos en algún momento de su egocéntrica existencia, o que hubiera hecho algo pensando en los que vendríamos después.
—Es posible que Rhada no comprendiese la magnitud de sus actos cuando aceptó el trato, y que más tarde quisiera retractarse de su juramento —explicó la abuela con voz paciente, mientras Krish, al fondo, gritaba que no quedaban cereales, como el adorable adolescente que era—.
Pero quizás no pudo lograrlo, y en vez de eso nos dejó un mensaje las ruinas.
— Obviamente no lo consiguió —dije, frotándome la marca del brazo. Luego me agaché a rascarle una oreja a Luminix, que escuchaba la conversación con suma atención.
—Quizás haya algo útil en esas inscripciones. Tienes que comprobarlo, perla. Aunque odiemos a Rhada, aunque no podamos entender por qué hizo lo que hizo, es nuestra única esperanza. Hazlo por mí. Por Krish… Por Linux.
Suspiré. La abuela tenía razón: yo no tenía fe alguna en la buena voluntad de Rhada Shah. Dudaba que nuestra antepasada se hubiera preocupado mucho por nosotros. No en vano había canjeado nuestra felicidad a cambio de la suya.
—Está bien, abuela. Sé de alguien que podría ayudarnos a descifrar esos mensajes —respondí—. Es más, está trabajando ya en ello. Hablaré con él. Pero quizás tenga que contarle cosas privadas… cosas de la familia. ¿No te parece que eso podría ponernos en peligro?
—Dentro de una semana será el equinoccio, y tu hermano cumplirá los dieciséis. Hagamos lo que hagamos, está condenado.
Guardé silencio, asintiendo.
—Confía en tu intuición, perla. Si es de fiar, lo sabrás en tu corazón.
—De acuerdo, abuela. Veré lo que puedo averiguar y te llamaré cuando sepa algo. Dile a Krish que lo quiero y que lo echo de menos.