Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 14
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Mina

Desperté en un lugar que no conocía, y al notar que no había nada a los pies de la cama, busqué a tientas a Luminix: ¿dónde se había metido?

Iris se acercó corriendo hacia mí, vestida solo con una camiseta vieja de Metálica, sin pantalones.

Fuera se escuchaba el ruido del tráfico y un avión aterrizando.

Nos encontrábamos en un espacio moderno de estilo impersonal, decorado en colores neutros.

Iris se frotaba los ojos como si acabara de despertarse.

—¿Dónde estoy? —pregunté confundida. La espalda y la cabeza me dolían si respiraba hondo—. ¿Dónde está mi hermano?

—¿Tu hermano? —Iris frunció el ceño sin entender—. Eso no lo sé, pero tú y yo estamos en Valencia, en un hotel cerca del aeropuerto. ¿Cómo te encuentras? Llevas un buen rato durmiendo. Vinimos en coche y Leonard te subió hasta aquí en brazos mientras estabas inconsciente.

Alcé el brazo y, a pesar de mi somnolencia, comprobé que ya no llevaba puesta la misma ropa de antes.

—¿También me desvistió él? —pregunté atando cabos.

Iris me dedicó una sonrisa traviesa, leyéndome la mente.

Por Hécate, justo ese día que me había puesto las braguitas de lino anchas que les compré a unas monjas en un mercadillo benéfico boliviano.

A partir de ese momento solo iba a poder pensar en Leonard quitándome la ropa y viéndolas, en un bochornoso bucle infinito.

—Bueno, tuvo que ayudarme a desvestirte, sí —contestó Iris alzando una ceja—.

Pesas demasiado para levantarte yo sola, y teníamos que comprobar que no tuvieses heridas graves.

Una reja de hierro salió volando y te golpeó en la espalda.

Tienes suerte de que no te atravesara como un tenedor.

Por suerte eres más resistente de lo que pareces.

¿Debe de ser la sangre de hadas de tu familia, eh?

Ella se rio por lo bajo, aunque a mí su comentario no me hizo ninguna gracia.

—Selena te envió energía curativa a distancia —añadió Iris, husmeando por debajo de mi camiseta que, en realidad, era suya—. Parece que ha funcionado. Solo te quedan un par de moretones.

Me levanté como un resorte, apoyándome en el cabezal, y miré por toda la habitación en busca de Luminix.

—¿Y Luminix? ¿Dónde está?

—Tranquila, está bien —dijo Iris suavemente, obligándome a tumbarme de nuevo—.

Teo ha ido a buscarlo a la casa alquilada y viene de camino con él.

Mientras dormías reservé un vuelo para mañana a las ocho; volveremos a Ibiza hasta que Leonard descifre todos los jeroglíficos que han encontrado.

Ha vuelto él solo a las ruinas para hacer fotos.

Luego ya veremos qué decide Teo. A lo mejor vuelven ellos dos y nos dejan fuera de la misión.

Me froté la espalda para mitigar el dolor mientras los recuerdos brotaban todos de golpe.

El pozo… Los labios de Leonard sobre mi cuello… La manera veloz y certera en la que había reaccionado, salvándome de una caída mortal al pozo. Y también su forma de acunarme entre sus brazos, como si fuera una niña, mientras me sacaba del monasterio a zancadas.

Lo recordaba todo y, en particular, la sensación de mi cuerpo contra el suyo, tan grande y reconfortante.

Y ahora a eso se sumaban las interminables imágenes en mi mente en las que Leonard me desvestía en esa misma habitación, pasando sus dedos fríos y suaves por las magulladuras de mi espalda, mientras yo yacía frente a él con los ojos cerrados, vestida con la ropa interior más espantosa que poseía.