Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 13
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Leonard

—¿Se puede saber qué está pasando aquí arriba? —exclamó Theodore, emergiendo de la puerta de la capilla.

Las sombras se movían tan rápido que era difícil vislumbrar su verdadera forma. Había criaturas espectrales atacando desde todos los flancos; me mordían y me quemaban con sus tentáculos de humo, pero a la vez era casi imposible tocarlas.

Sin pensarlo, me lancé contra ellas. Mi instinto protector había hecho que superase de golpe aquel vergonzoso episodio de sed de vampiro neófito.

—¡Mina! —grité, tratando desesperadamente de despertarla. Era difícil defenderme de las criaturas mientras la sostenía en mis brazos, pero tendrían que cortármelos antes de obligarme a soltarla.

Una fuerza invisible había hecho volar por los aires la reja del pozo, golpeándola en la espalda con las barras metálicas y haciéndole perder el conocimiento.

Después de eso había tratado de arrojarla dentro, directa a las fauces de aquella oscuridad milenaria que acababa de asaltar el patio del monasterio.

La ira y el miedo me invadieron. Con una fuerza renovada, repelí a las criaturas con garras y colmillos.

Por primera vez desde mi transformación, sentí que mis nuevas capacidades servían para algo: el primer día había fallado, y había observado desde lejos mientras los demonios atacaban el Serenata.

Pero esta vez no. Mi cuerpo se movía con una velocidad que jamás habría imaginado, y mis uñas desgarraban los espectros en jirones.

Me juré que jamás volvería a ser un inútil, ni un espectador pasivo. No volvería a contemplar mientras el mal arrasaba todo a su paso.

No permitiría que nada le sucediera a ella.

Iris apareció por detrás de Theodore, con los ojos cerrados y los brazos extendidos mientras musitaba un encantamiento en voz baja.

Finalmente, las criaturas se retiraron, y una calma inquietante se apoderó del lugar.

Dejé a Mina encima del banco de piedra y me arrodillé junto a ella, sintiendo una desesperación lacerante al ver su cuerpo inerte.

—Está viva —susurré, sintiendo un alivio que no había esperado.

Theodore se acercó, con la expresión sombría de quien ve el peligro, pero aún no conoce su magnitud.

—Tenemos que marcharnos de aquí ahora mismo —dijo, mirando a su alrededor con cautela—. Hay que volver a Ibiza y trazar un plan nuevo. Este sitio es más peligroso de lo que pensaba.

Asentí, levantando a Mina en mis brazos otra vez y apretándola contra el pecho. La sentí tan frágil, como si pudiera romperse en cualquier momento. Y, sin embargo, su mera presencia me daba una fuerza que hasta entonces no había sabido que tenía.

—Estoy de acuerdo —murmuré—. Hay algo horrible en este lugar, y sería un suicidio quedarnos sin descubrir antes qué es y cómo afrontarlo.