Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 12
50%

12

Mina

—Abuela, por favor, contesta —supliqué agarrada al teléfono, mientras caminaba de un lado a otro del patio desierto y en penumbra del monasterio.

Escuché varios tonos al otro lado, y mientras tanto imaginé qué estaría haciendo. Seguramente estuviera en la cocina, preparando la cena para ella y para Krish. ¿Por qué no respondía?

La llamada terminó automáticamente tras un par de minutos sin respuesta. Aturdida, apoyé la espalda contra la alta tapia y apretando el aparato contra el pecho.

Todavía no podía creer que Leonard hubiera descifrado justo ese nombre: Rhada Shah, el nombre de mi antepasada, la culpable de que mi familia hubiera sufrido la maldición durante los últimos doscientos años.

¿Realmente ponía eso en la inscripción, o estaba tratando de provocarme?

¿Era quien decía ser, o lo había enviado alguien con malas intenciones?

Había anochecido, y sentí frío con mi chaqueta ligera. Me senté en un banco de piedra junto a la puerta de la iglesia, tratando de decidir qué hacer, y me crucé fuertemente de brazos para entrar en calor.

Un ratoncillo se me acercó, y le extendí la mano para que subiera por mi hombro. Se acercó a mi rostro y restregó el morro contra mi mejilla con cariño, haciéndome sonreír un poco. Le rasqué detrás de la oreja, pensativa.

—¿Tú qué opinas, pequeñín? ¿Piensas que dice la verdad?

El ratoncillo asintió alegremente y se bajó de un salto. Un par más apareció por un agujero entre el muro y el suelo, y los tres se quedaron mirándome con las colitas alzadas.

—Hmm —repliqué—. No estoy convencida.

Las palabras de Leonard la noche anterior resonaron en mi mente: desde luego, en eso tenía razón: no podía ser casual que yo, y no otra persona, hubiera sido enviada justo a este lugar, en esta misión.

Sentí la tentación de bajar de nuevo a la cripta y confesarle al resto del grupo toda la verdad: compartir mi carga habría sido como quitarme un enorme peso de encima.

Pero eso le habría puesto las cosas muy fáciles a Vesperon.

Si le desvelaba a los demás mi secreto, este podría ser oído por cualquier criatura de las sombras que merodease por allí cerca, y muchas eran invisibles.

Ya se habían presentado en el Serenata, y más tarde durante el viaje en avión.

Vesperon tenía ojos y oídos en todas partes, y raramente dejaba pagos sin cobrar.

Solo él podía estar detrás de todo aquello.

Quizás estuviera allí mismo, vigilándome.

Necesitaba hablar urgentemente con la abuela Sundari y pedirle consejo. Me sentía terriblemente sola, ocultándole a todo el mundo un secreto que me desbordaba y se me estaba escapando de las manos por momentos.

Me pareció escuchar un borboteo, aunque no supe con seguridad de dónde provenía. Me puse en pie y crucé el patio. Todos los ratones echaron a correr, súbitamente asustados, y eso me preocupó un poco.

Me acerqué con sigilo a un pequeño pozo que se erguía en el centro del patio, el cual habían protegido con una reja para evitar que algún visitante se cayera dentro por accidente.

Me asomé dentro, pero no vi nada más que oscuridad.

Cogí una piedrecilla y la lancé dentro; tardé en escuchar el ruido, muchos metros más abajo, y el chapoteo fue muy leve, como si el pozo estuviera casi seco.

Suspiré y me apoyé en el brocal de espaldas, reticente a bajar de nuevo a la cripta sin haber podido hablar antes con la abuela.

¿Qué iba a decirles?

¿Era mejor mentirles y decir que jamás había oído hablar de Rhada Shah?

¿Estaría traicionando la confianza del equipo?

Pero el precio de esa confianza era demasiado alto, y la vida de mis hermanos estaba en juego.

Para colmo, Leonard parecía saber mucho, demasiado. Sin duda, más de lo que decía saber.

Un ruido de pasos se acercó y me puse en guardia.

Por el otro lado apareció precisamente Leonard, procedente de la capilla. Caminó hacia mí lentamente, silencioso como solo podía serlo un vampiro, hasta quedarse quieto frente a mí, con las manos en los bolsillos de sus pantalones color caqui y la cabeza ladeada.

Por un instante admiré la imponente anchura de sus hombros y sus cabellos bien cortados, de color castaño claro. Llevaba una camisa beige de explorador, y un bolígrafo de plata en el bolsillo, justo encima de sus bien formados pectorales.

—¿Piensas quedarte aquí toda la noche? —me dijo con los ojos entrecerrados—. Estábamos esperando a que volvieras y respondieras a mi pregunta.

Un brillo rojizo escapó de sus iris, normalmente marrones, y di un respingo. Jamás me acostumbraría a esa gente y sus rarezas.

—Estaba a punto de bajar. Mi abuela no coge el teléfono —respondí, dándole la respuesta más vaga que se me ocurrió.

—Ya.

Leonard se acercó tanto que pude sentir su aura fundirse con la mía.

Era una sensación curiosamente agradable, como una caricia de luz.

Extendió una mano y la mantuvo así, como esperando a que le ofreciese también la mía.

Tras dudar un instante se la estreché, pero en vez de darme un apretón de manos corriente cerró los dedos alrededor de los míos, en un gesto extrañamente cariñoso.

—Mina —dijo, y mi nombre sonó más hermoso cuando él lo pronunció—. ¿O debería llamarte Meenakshi? Mina es un diminutivo de tu verdadero nombre, ¿no es cierto?

Me encogí de hombros y me solté de él, aunque por dentro sentía un terremoto, causado por la mezcla de su cercanía y lo que acababa de decir.

—Sí, es un diminutivo. Nunca lo he ocultado.

—Pero tampoco se lo habías dicho a nadie.

—No me parecía importante.

Leonard se acercó aún más, hasta que su frente estuvo a meros centímetros de la mía. Agachó la cabeza para poder mirarme a los ojos desde su altura y bajó la voz.

—¿Tampoco te parecía importante contarnos por qué Vesperon se presentó en Ibiza, y luego te siguió hasta aquí?

Le sostuve la mirada sin decir nada. Estaba tan cerca que casi podía sentir su barba sobre mi piel. Él continuó, con una intensidad asfixiante:

—¿Ni tampoco te pareció importante comentarnos que conoces muy bien a la mujer que yace bajo esas ruinas?

—¿Está enterrada aquí? —exclamé sin querer, incapaz de contener mi sorpresa.

—Eso dice la inscripción.

Aquello era imposible. ¿Cómo podía ser que mi antepasada hubiera terminado sepultada a siete mil kilómetros de donde nació? La abuela no me había contado esa parte, y yo pensaba que nuestra familia se había mudado a Europa mucho después.

—Dices que no la conoces, pero tus ojos no cuentan la misma historia —prosiguió Leonard, cruzándose de brazos y alejándose un poco para mirarme de cuerpo entero—. Mina Shah, ¿por qué nos mientes? ¿Es por tu sangre de hadas? ¿Son ciertas las leyendas sobre vosotras, después de todo?

—No estoy mintiendo, y mi apellido no es Shah —dije, tragando saliva y apartando los ojos de aquel hombre, cuya presencia se había expandido hasta llenar el patio entero—. Es solo que hice una promesa, y no puedo romperla.

Acercándose de nuevo muy despacio, me apretó la mano entre las dos suyas y se la llevó al corazón. Luego se lamió los labios y los fue entreabriendo poco a poco, en un movimiento tan atrayente como aterrador: sus labios eran rojos y carnosos, y tras ellos se adivinaban dos colmillos afilados.

—Necesito… —dijo con voz entrecortada, como si le costase cada vez más hablar—. Necesito que confíes… —Se acercó un poco más, de modo que la punta de su nariz prácticamente rozó mi cuello, e inhaló profundamente, con la mirada un poco turbia—. Que confíes en mí.

Tiró de mis manos y me atrajo hacia sí, cerrando los ojos.

Por un instante me dejé llevar: me sentía inexplicablemente atraída hacia él, como afectada por un hechizo.

Algo instintivo y primal dentro de mí quería saber qué se sentiría al refugiarse en esos brazos; al besar esos labios carmesíes que estaban a punto de besar mi cuello.

Su boca se abrió y succionó suavemente mi piel, haciendo que todo el vello de mi cuerpo se erizase.

Me sentí débil, incapaz de moverme. Quería que esos labios se cerrasen sobre mi cuello. Quería que…

Lo aparté de un empujón, sacudiendo la cabeza.

—¿Se puede saber qué haces? —le grité, sintiéndome como si despertara.

Leonard pestañeó, como si él también acabara de salir de un trance. Dio un salto atrás, soltando mi mano de golpe, y se llevó ambas manos al rostro.

—¡Mina, disculpa! —dijo tartamudeando—. Hace… Hace un par de días que no…

—¿Que no… qué? —le espeté furiosa, cada vez más ofendida al comprender lo que había estado a punto de hacer—.

¿Que no chupas la sangre de un ser vivo?

¡Maldita sea, profesor Ellington! ¡Cuando le diga a Teo lo que has estado a punto de hacer, se te va a caer el pelo! ¡Despídete de tu puesto en la agencia!

Un gesto de horror cruzó sus facciones, pero enseguida recuperó la compostura y asintió. Yo lo miré sin decir nada más, sintiendo una mezcla de emociones opuestas al comprender su sufrimiento.

—Se lo diré yo mismo —dijo, alejándose unos pasos más—. No hay disculpa posible. No sé qué me ha ocurrido, no pude controlarme. Yo… lo siento muchísimo, Mina.

Sus palabras me causaron un dolor casi físico. Yo tampoco comprendía lo que acababa de ocurrir, y me sentía incapaz de decidir si me había gustado o no.

En ese instante, el borboteo procedente del pozo volvió a escucharse, pero esta vez mucho más fuerte: era como si algo grande y viscoso estuviera hirviendo en el fondo, a muchos metros de profundidad.

Sentí un golpe seco en el centro de la espalda, que me sacó todo el aire de los pulmones. Boqueé como un pez, luchando por respirar de nuevo, y una niebla negra me envolvió desde detrás, nublando mi vista.

No podía respirar.

Agité los brazos, sintiendo que caía.

Unas manos fuertes me sujetaron y me levantaron del suelo. Después, mi cuello perdió la capacidad de sujetar mi cabeza y perdí el conocimiento.