Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 11
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Leonard

El aire en aquel sótano era denso y pesado, y un soplo de aire fresco se coló en la cripta al abrirse la trampilla del techo.

La brisa del exterior trajo consigo el dulce aroma de Mina, poniendo a prueba mi autocontrol, ya de por sí débil.

Aquella mujer tenía un olor delicioso, que me transportó a los claros boscosos y a los días soleados de primavera que jamás volvería a contemplar.

Tras ella entró Iris, pero ella para mí no era un problema, ya que tenía el típico aroma a bruja, que, en mi opinión, no era particularmente atractivo y rozaba lo desagradable.

Fingí concentrarme en los planos, aunque observaba a Mina de reojo: se soltó de la escalera de un salto, ágil como un gato, y su trenza gruesa y suelta voló tras ella, golpeándole los hombros estrechos y erguidos.

Como siempre, lucía una corona de flores sobre la cabeza, y no parecía usar nada de maquillaje: sus ojos eran ya de por sí negros y enormes, enmarcados por pestañas largas y oscuras y unas cejas espesas que le daban un aire misterioso y algo rebelde.

Cuando me miró, sus ojos penetrantes me recordaron demasiado bien a los de cierta mujer egipcia, y dejé de respirar por un momento.

Eso ayudó a bloquear su aroma irresistible, y me dije que no necesitar oxígeno para subsistir era una gran ventaja en ocasiones.

Llevábamos apenas dos días trabajando juntos y ya sentía que cooperar con ella iba a ser un auténtico suplicio. Su sola presencia, el olor dulce de su sangre… cada gesto de aquella mujer me volvía loco, haciéndome salivar y lamerme las puntas de los colmillos sin darme cuenta.

Solo una vez antes había sentido una atracción así, y los resultados habían sido nefastos.

—¿No te sonará por casualidad el nombre de Rhada Shah, verdad? —le dije, decidiendo evitar los rodeos y preguntárselo directamente.

Su rostro se tensó y abrió la boca para decir algo. Luego la cerró.

—Rhada Shah —repetí, esforzándome por actuar como una persona normal—. ¿Te suena o no?

Los ojos de Mina, ya de por sí enormes, se agrandaron como platos de nuevo. Estaba claro que sabía algo, tal y como yo ya intuía. Estaba claro también que no quería compartirlo con nosotros, por motivos inexplicables.

Mina contuvo la respiración un instante, y su rostro se volvió extrañamente pálido.

Theodore e Iris no se dieron cuenta; estaban demasiado entretenidos besándose después de todo el día sin verse.

Mina pasó los dedos por los dibujos que habíamos estado haciendo, como si pudiera leerlos con las manos.

Su ceño se fruncía cada vez más, mientras su expresión reflejaba un desconcierto creciente.

—¿Rhada? —repitió con tono ausente—. No lo sé. Tendría que consultarlo. Es un nombre relativamente común en idioma tamil.

—¿Un nombre indio? Qué raro, ¿no? —comentó Iris, soltando a su novio para acercarse—. ¿Qué pinta eso en una excavación íbera? Es casi como si lo hubieran puesto ahí para ti, Mina. Tú tenías familia en la India, ¿no?

Mina se mantuvo impasible, aunque cada vez estaba más pálida. Después Iris se volvió hacia mí.

—¿Estás seguro de que es eso lo que pone, Leonard?

La incomodidad de Mina era palpable, igual o más que un par de noches atrás en el Serenata, cuando le había preguntado por las criaturas que invadieron el bar. Fingí comprobar el diccionario de simbología antigua una vez más y me encogí de hombros con tanta indiferencia como pude fingir.

—No, no estoy seguro al cien por cien —mentí—. También podría ser otro idioma. Las marcas están muy dañadas y no se leen bien.

—Necesito llamar a mi abuela —dijo Mina de golpe. Sacó el teléfono y lo agitó ostentosamente, dando a entender que no había cobertura en el sótano—. Se me ha olvidado decirle algo importante. Salgo al patio un momento; enseguida vuelvo.

Luego salió disparada escaleras arriba, como alma que lleva el diablo.