Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 10 #2
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Las manos de Arun eran cálidas y fuertes, y se movían con fluidez.

Mientras ella tragaba saliva para quitarse el desagradable sabor de los bombones, él se agachó un poco y le besó el cuello.

Antes de que Rhada se diera cuenta, Arun estaba desatando los nudos de su choli, la ajustada blusa que llevaba bajo el sari.

Ella se preguntó cómo era posible que supiera quitarlo con tal facilidad, siendo un hombre.

Pero sus manos eran como la lluvia de verano, chorreando pasión por su espalda, y Rhada no pensó en eso por mucho tiempo.

Cuanto más la recorrían las manos de su amado, más crecía la humedad entre sus piernas.

Era la misma sensación de cuando fantaseaba con él por las noches, solo que esta vez era real.

Más que real. Igual que el aroma exótico de su perfume, y la firmeza de esas caricias que no daban tregua a su cuerpo.

—Cuando seas mía, bella Rhada, solo vestirás las telas más suntuosas —dijo él con voz dulce y profunda—. Las haré traer de Mumbai solo para ti. Te cubriré de joyas y regalos, y comerás chocolate inglés todos los días. Serás la envidia de todo Tamil Nadu, la honorable esposa de Arun.

Rhada se sintió abrumada por sus palabras, y sus ojos se volvieron vidriosos de pura felicidad.

No podía creer su suerte. ¡Ella, hija de campesinos, cortejada por el hombre más rico del pueblo!

No por nada era la más bella de la aldea, ya se lo decía su abuela.

Aunque no comería chocolate cuando fuese rica. Era repugnante y pringoso.

Arun comenzó a deslizar a un lado el palu de su sari, dejando al descubierto su costado. Ella alzó el brazo, queriendo detenerlo por inercia, pero él la besó de nuevo justo encima del pecho, y le susurró al oído:

—Hermosa Rhada, ¿me harás el honor de ser mi mujer?

Rhada asintió cien veces, incapaz de hablar por la emoción, y ni siquiera supo cómo Arun le dejó ambos pechos al descubierto.

La intensidad del momento era tal, que Rhada se sintió flotar en una nube.

Cerró los ojos, dejándose llevar por las sensaciones, todas nuevas y embriagadoras, mientras él la iba despojando de cada prenda al abrigo de los arbustos del parque y los bombones rodaban por el suelo.

Arun deslizó las manos por debajo del borde de la enagua, por lugares donde nunca la había rozado nadie. Ella intentó apartar la tela del suelo húmedo para evitar que se manchase, pero él sacudió la cabeza.

—Deja esos trapos. No te preocupes por eso. Yo te compraré los mejores vestidos del país. Serás siempre mía, Rhada, y te cubriré de riquezas. ¿Confías en mí?

Ella asintió de nuevo, y cerró los ojos en un vano intento de modestia.

El pudor y la vergüenza la embargaban, pero Arun parecía saber bien lo que hacía, y la manejaba con sumo amor y cuidado.

La tendió sobre la hierba, mirando a ambos lados para asegurarse de que estaban bien ocultos, y luego se sentó a horcajadas sobre ella.

—Mi futura esposa —le dijo, mirándola a los ojos—. Yo te daré la vida que sueñas.

Él hizo un movimiento extraño con las piernas, y Rhada sintió una presión imposible ahí abajo; pensó que iba a romperse en mil pedazos cuando él empujó dentro de ella, en lugares prohibidos y secretos.

Quiso gemir, pero él le tapó la boca y comenzó a moverse con una cadencia que Rhada jamás había visto ni sentido en las personas; solo en los animales de granja.

Por un instante quiso escapar, pero el peso de él la mantuvo clavada al suelo, y cada vez que trataba de apartarse, el malestar se volvía más fuerte.

Quería decirle a Arun que parase, pero, por otra parte, no quería romper su confianza; no quería que pensase que, después de todo, no sería una buena esposa.

Le estaba pasando igual que con los bombones, aunque aquello era todavía peor.

¡Pero no! Ella sería la honorable señora de Raman, la dueña de medio Tamil Nadu, y el orgullo de su familia y de su nuevo y flamante marido.

Los movimientos de Arun se volvieron fuertes, casi brutales, y Rhada sintió las ramas clavándose en su espalda desnuda, mientras una angustia desconocida la aquejaba por todos los lados.

Rhada era una buena hija, y sería también una buena y obediente esposa.

No iba a defraudar a Arun. Las lágrimas le corrieron por las mejillas y Rhada pensó que iba a morirse, aunque poco a poco el dolor dejó paso a algo nuevo, y una ola de sentimientos la sacudió: se dijo que era su amor por Arun, tan grande que explotaba dentro de ella.

Sí, eso tenía que ser amor. ¿Qué otra cosa podía ser?

Arun embistió una vez más y luego se zarandeó también.

Después se apartó, cayó pesadamente sobre la hierba y rodó hacia un lado.

Rhada tragó saliva, aliviada al ver que había parado, y aliviada de poder respirar de nuevo, liberada de su enorme peso.

Se tocó ahí abajo y soltó un gritito cuando entre sus dedos vio sangre aguada.

—No es nada, tranquila. Es normal —le dijo Arun con la voz ronca, tapándole los pechos con el sari—.  Pero ahora deberías volver a tu casa. Si no, tus padres se preocuparán.

—¿Cuándo irás a ver a mi padre? —preguntó ella mientras se vestía con su sari embarrado. Él la observaba, atento, y Rhada sintió las mejillas encendidas.

—Pronto, Rhada, muy pronto —respondió Arun con una leve sonrisa, aunque esta no se reflejó en sus ojos.

—Es para avisarle. Muchas veces está fuera, comerciando, o en los campos. No quiero que hagas el viaje en vano.

El rostro de Arun se tensó.

—No le digas nada todavía —dijo, sonando seco de pronto—. Tengo negocios urgentes que resolver la semana que viene y saldré de viaje. Pero te avisaré la próxima vez, cuando vuelva al mercado. Cuando esté listo tu collar.

Esa tarde, Rhada abandonó el Jardín de los Tamarindos algo dolorida, pero más enamorada que nunca. Al pasar frente a las pobres vecinas las miró con pena, sintiéndose mejor que ellas. Pronto se marcharía de allí.

Por la noche, tendida en el suelo sobre la estera de paja tejida que compartía con su abuela y su hermana, soñó con su nueva vida, con su boda con Arun y con los lujos de los que disfrutaría muy pronto.

Rhada Shah jamás volvería a ser una simple campesina, y el mundo entero recordaría su nombre.