Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 10
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Rhada

Rhada decidió que esa tarde se pondría el sari verde: de los dos que poseía, ese era su preferido, y solía guardarlo para las festividades.

Sencillo y de algodón, era lo mejor que podía permitirse una joven de familia campesina como ella.

Aun así, la tela era buena, de un raro color verdoso: su padre la había comprado con gran esfuerzo a un comerciante que viajaba a menudo a Bangalore y traía al pueblo mercancías exóticas.

Rhada estaba muy orgullosa de los preciosos bordados, que había hecho ella misma y que cruzaban sobre sus pechos con dibujos en diagonal, haciendo la prenda mucho más elegante de lo que habría sido típico para su modesto estatus social.

Aunque jamás lo habría confesado a nadie, Rhada había pensado en Arun mientras bordaba, viendo sus ojos azabaches en cada puntada. Incluso había imaginado sus dedos delicados, carentes de callos a diferencia de los suyos, desenvolviéndola del sari como un capullo de flor de loto al abrirse.

Se sonrojó un poco y se cepilló un poco más el pelo. Pensaba a menudo en Arun, quizás demasiado a menudo, hasta el punto de llegar a avergonzarse de sus alocadas fantasías. Pero nunca se lo contaba a nadie, ni siquiera a su hermana. Habría sido demasiado embarazoso.

Arun Raman era un joven alto, de piel morena y brillantes cabellos rizados.

Sus ojos reflejaban una inteligencia que Rhada jamás había visto en ningún otro chico de su entorno, y sus maneras denotaban el alto estatus de su familia, al igual que el hermoso dhoti blanco e impecable que vestía siempre que lo veía.

Lo había conocido en el mercado del pueblo, a donde ella acompañaba cada mañana a su madre a vender mangos, tamarindos y la mejor flor de hibisco de todo el sur de la India.

En el mercado, las diferencias entre castas se diluían. Ese era uno de los pocos lugares donde alguien como Arun podía dirigir la palabra a una chica como Rhada.

Arun solía enviar a sus sirvientes, pero esa mañana quiso asegurarse de conseguir los mejores ingredientes para una ofrenda y fue hasta allí en persona. Buscaba especias raras que solo él, con su ojo avispado de buen comerciante, sabía reconocer entre los coloridos montones de género aromático.

Rhada se fijó en él de inmediato. Arun se movía con determinación entre los puestos, inspeccionando los productos y negociando los precios. Su dhoti níveo, sin una sola mancha, resaltaba entre la multitud, más aún con aquel chal de seda dorada que muy pocos podían permitirse.

Arun se acercó al puesto de Rhada y tomó una flor seca de hibisco para inspeccionarla. Cuando alzó la mirada, sus ojos se encontraron por primera vez, sellando el destino de la joven para siempre.

La atracción fue instantánea. A partir de entonces consiguieron verse una docena de veces. Él siempre encontraba excusas para volver al mercado, y ella lo esperaba ansiosa cada día, esforzándose por estar siempre guapa por si él aparecía de nuevo.

Rhada dejó a un lado el cepillo y se alisó el cabello con la mano, sonriendo. Era extraño pensar en todo aquello; en cómo el destino y las coincidencias le habían brindado una oportunidad de cambiar su vida y, quizás, la de toda su familia. Se sentía afortunada.

Esperó a que su madre saliera a lavar la ropa con las vecinas.

Fingió remover el dhal espeso con su cuchara de madera, evitando a los dos gatos callejeros que siempre se acercaban siempre a ver si caían sobras.

La olla era de barro y borboteaba sobre el fuego, en su humilde cocina exterior del patio.

En otra olla más grande había preparado el curry para la cena de toda la familia, con la intención de dejarlo listo antes de marcharse, para que nadie sospechara de su ausencia.

Arun le había prometido que no la entretendría mucho tiempo y que estaría de vuelta en casa antes de la puesta de sol. Le había pedido solo un par de horas; lo suficiente para explicarle sus planes.

Sus planes de matrimonio.

Sus planes de pedirle su mano a su padre.

El dhal burbujeó y le salpicó la mano, quemándole la piel bronceada por los largos días de trabajo al sol. Rhada ahogó un grito de dolor y se lamió la quemadura. Por un instante, pensó que aquello era un mal augurio.

Pero no; eso no podía ser.

Esa tarde era la más importante de su vida, y todo iba a salir bien.

Estaba a punto de reunirse con Arun en el Jardín de los Tamarindos, y su cuerpo entero vibraba solo de imaginarlo. Su estómago, sin embargo, no compartía su emoción, y se retorcía de los nervios.

Rhada tapó las ollas y las apartó del fuego, lejos de donde pudieran alcanzarlas los perros.

Las gallinas se arremolinaron en torno a sus pies, y les echó unas pieles de patata para quitárselas de en medio.

Luego salió de casa a hurtadillas, diciendo a su abuela que iba a buscar flores.

Les dijo lo mismo a las vecinas, que sonrieron con los pocos dientes que les quedaban mientras la seguían con la mirada y se fijaban en su sari bueno sin parar de cotillear.

¡Cómo odiaba a esas mujeres chismosas y sin vida propia, con las que nunca se había sentido identificada!

La vida de Rhada no iba a ser así: justo en ese momento, caminaba hacia su destino y hacia el encuentro que cambiaría su existencia, sacándola para siempre de la miseria.

Desde su aldea, cerca de Thanjavur, caminó sigilosamente hasta los densos y frondosos jardines del Jardín de los Tamarindos.

Rhada Raman , repetía en su mente, combinando juguetona su nombre con el apellido de su amado.

Le gustaba el sonido, cómo rodaba en su lengua.

Imaginó su grandiosa boda mientras caminaba ligera hacia los jardines.

¿Cuánto duraría la ceremonia? Por lo menos cinco…

¿siete días? Llevaría saris de seda, como una verdadera princesa, y maravillosos diseños de henna en las manos y los pies.

Habría música, bailes y canto, e invitarían a cien, no, ¡doscientas personas!

Rhada contó con los dedos: diez, veinte, treinta…

le costaba contar tantos números, pero sabía que una familia como los Raman celebraría una boda como no la había visto nunca nadie en su aldea.

Su madre estaría tan orgullosa… ¡Rhada Shah, convertida en una Raman, sería el orgullo de su familia y de todo su pueblo!

Rhada llegó hasta el jardín, donde Arun la esperaba bajo un mango. Iba vestido con su dhoti blanco, sujeto con un delicioso cinturón de seda; la kurta, también blanca, llevaba bordados sutiles en el cuello y las mangas.

—Gracias por venir, Rhada —susurró él, sonriendo galante mientras le tendía la mano—. Ven, acompáñame a un lugar más privado. Tenemos que hablar del futuro.

Rhada asintió con fervor, observando con anhelo el collar de oro que adornaba el cuello de Arun. ¿Tendría algún día uno como ese? Él se dio cuenta y frotó el brillante metal sin dejar de sonreír, llevándola hacia un rincón en la sombra.

—Acabo de encargar el collar que le llevaré a tu padre cuando le pida tu mano.

Será la semana que viene —anunció Arun—.

Lo haré fabricar de oro puro, engastado con esmeraldas tan bellas y brillantes como tus ojos.

Será del mismo el verde de tu sari. Es muy hermoso, por cierto. Estás muy guapa esta tarde.

Ella sintió que se sonrojaba.

—¿Esto? —Rhada tiró un poco de la tela, tímida—. Es solo un sari modesto, señor.

—No me llames señor. Llámame por mi nombre, Rhada.

La joven se encogió sobre sí misma. Se sentía rara, muy rara, estando allí a solas con Arun, y hablándole con tanta confianza.

A su madre eso no le habría gustado nada.

Pero estaba segura de que era un buen hombre, un hombre rico y con clase.

Y para colmo era guapo, ¡muy guapo! No se parecía en nada a los muchachos sencillos y mugrientos con los que Rhada había crecido en el pueblo.

Arun le tendió una caja metálica, decorada con letras que Rhada no supo leer.

No sabía leer en ningún idioma, pero reconocía que esas letras no eran tamil.

La educación no había sido una opción para ella; como muchas jóvenes de familias campesinas, su vida había estado marcada por el trabajo en el mercado y las tareas del hogar.

Pero eso, ahora, iba a terminarse.

Cuando Arun abrió la tapa, bordeada en oro, un dulce aroma llenó el aire.

—Chocolate —le explicó él, ofreciéndole un extraño dulce marrón del tamaño de una nuez—. Importados de Inglaterra. Un regalo fabuloso para una mujer fabulosa, como tú.

Rhada observó los bombones, perfectamente alineados en papel encerado, y sintió que la boca se le hacía agua.

Jamás había visto un lujo así. Alzó la mirada, y sintió que Arun la desvestía con la mirada.

Su cuerpo se derritió un poco también, igual que aquellos dulces marrones al sujetarlos entre sus dedos.

Arun alargó una mano y acarició su hombro descubierto.

—Tu piel es como la seda, bella Rhada. Eres tan suave y delicada. Déjame admirarte, déjame cuidar de ti por siempre.

Rhada se estremeció y se quedó quieta, temblando como una hoja.  Se metió el chocolate en la boca y lo sintió amargo. En realidad, no le gustó el sabor, pero se lo tragó sin decir nada para no ofenderlo.