9
Mina
Tras la conversación con Leonard volví a reunirme con Iris y nos dirigimos juntas a la casa de alquiler que nos había reservado el secretario de Teo. La villa era grande y con jardín, pero ahí se terminaban todos los lujos.
Iris se durmió al instante, después de alinear sus pocas pertenencias sobre la mesilla en una cuadrícula perfecta.
Sin embargo, yo estaba demasiado nerviosa y no podía pegar ojo.
Saqué la tablet y me puse a ver una película con el volumen a cero: era la única que podía ver una y otra vez, y hasta me sabía los diálogos de memoria.
La historia de Beethoven, el travieso perro San Bernardo, me había acompañado desde niña y me transportaba inmediatamente a los tiempos en que mi familia todavía estaba unida y no tenía nada que temer porque todo estaba bien en mi mundo.
Me quedé dormida pasada la mitad de la película, cuando la familia descubría que un veterinario malvado estaba tratando de hacerle daño al perrito.
A la mañana siguiente salí a la terraza a echar un vistazo, y comprobé que el terreno en torno al edificio estaba tan descuidado que no me habría extrañado si un jabalí hubiera saltado de los matorrales.
Más allá del huerto había varias filas de naranjos moribundos y, al fondo, se veían también almendros y algún pino, todo con aspecto de haber sido abandonado muchos años atrás.
—La alquiló su secretario, el suizo —dijo Iris con resignación, regresando a la cocina en busca de un desayuno—. Las fotos de internet que nos mandó debían de ser de 1997.
—Creo que estás siendo muy optimista —repliqué, rebuscando en los armarios de la cocina en busca de un vaso limpio—. Yo creo que eran de la época victoriana por lo menos. ¿Has visto cómo está la cocina?
Las esquinas de los muebles estaban cubiertas por una extraña sustancia pegajosa; en los cajones no había ni dos cucharillas iguales y la mayoría de los platos estaban astillados.
—Creo que habría preferido dormir en la cripta del monasterio con Teo y Leonard —gruñí, abriendo el grifo.
Un hilillo de agua goteó en la pila con timidez. Genial. Tres horas más y conseguiría llenar el vaso.
—Nah —dijo Iris, frunciendo el labio—. Ya viví bastantes años en una cripta. Esos sitios están llenos de bichos y de humedades.
—Me gustan los bichos —repliqué—. Y este sitio es horrible. Mira, tampoco funciona la nevera. Anoche tuve que dejar mi leche de soja en la ventana.
Iris suspiró y puso los ojos en blanco.
—¿Y si vamos al pueblo a tomar un café? —dijo—. Aquí es imposible desayunar nada.
Me aseguré de que Luminix estaba bien acomodado en el sofá y le dejé agua y comida.
Enchufé también una pequeña cámara para bebés que siempre llevaba conmigo cuando viajábamos juntos: así podría conectarme con mi teléfono y echarle un vistazo de vez en cuando.
Odiaba dejarlo solo, pero me daba todavía más miedo todavía dejarlo en Ibiza o llevármelo conmigo a las ruinas, después de los últimos acontecimientos.
Después cogimos el coche y nos marchamos al pueblo. Encontramos una pequeña cafetería, no muy lejos del mercado, y pedimos café con leche y tostadas.
Esa mañana había un mercadillo ambulante en la Plaza Mayor, en el que vendían ropa, zapatos, frutas y verduras. Iris se emocionó al verlo y salió a dar una vuelta por los puestos. Yo aproveché mientras tanto para leer mis emails y llamar a la abuela.
—Abuela —dije en cuanto levantó el teléfono—. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Krish?
—Estamos bien, perla, pero…
Pero se nos estaba acabando el tiempo.
No hacía falta que lo dijera; yo no paraba de pensar en ello. Mi hermano cumpliría dieciséis años el veintiuno de marzo, el día del equinoccio de primavera, y a partir de entonces nada volvería a ser lo mismo, a no ser que encontráramos una solución.
Teniendo en cuenta que faltaban solo seis días, y que nadie la había hallado en los últimos doscientos años, las esperanzas eran cada vez más escasas.
Mi corazón se contrajo al pensar en ello. El pequeño Krish, tan dulce e inocente… Parecía mentira que hubiera crecido tan rápido.
—Tendremos que explicárselo todo —dijo la abuela con pesadumbre—. Que elija él. Después de todo, es su vida. Es él quien tendrá que cargar con las consecuencias.
—La alternativa es casi tan mala como la maldición misma —respondí con voz lúgubre, removiendo lo poco que quedaba de mi café.
—Hay que tener fe, mi niña —dijo ella—. Mientras estemos vivos, hay esperanza.
Como siempre, colgué el teléfono sintiéndome desanimada. Luego me conecté con el móvil al dispositivo de vigilancia que había dejado en la casa y comprobé que Luminix estaba tranquilo y durmiendo entre sus almohadas. Suspiré de alivio; al menos él estaba bien. Por el momento.
Iris volvió cargada de bolsas de las que asomaban telas de todos los colores.
—¿Adónde vas con eso? Pensé que íbamos a las ruinas —pregunté, mirando un precioso vestido teñido con nudos en todos los colores del arcoíris.
—Bueno, ¿hay espacio en el maletero, no? ¡Es que era todo tan barato! —exclamó Iris feliz—. No he podido evitarlo. ¡Me gustaban todos!
—Pero, Iris, ¿tú crees que esto es de comercio justo? —pregunté, sin poder parar de acariciar la suave tela—. ¿Dónde están fabricados? ¿Serán de algodón ecológico, o estarán llenos de pesticidas?
Iris puso los ojos en blanco, como siempre que le decía verdades que no quería escuchar.
—¡No lo sé, Mina! La verdad, no tengo ni idea. Pero, ¿es preciso que arruines siempre mi alegría?
—Perdona —me disculpé, tratando de quitarme de la cabeza los pensamientos oscuros acerca de Krish, que todavía me abrumaban—.
Es solo que conozco bien las fábricas donde se producen estas prendas tan baratas.
Si es barato, es porque lo pagan los trabajadores, o el medio ambiente.
Me duele el corazón al pensar en las condiciones en las que trabajan esas personas.
¿Sabes que a veces son niños quienes las cosen, en antros infectados de vapores químicos?
¿Sabes que no tienen vacaciones nunca, ni pueden coger la baja si están enfermos, ni ir al colegio? ¿Te parece que eso es justo?
Iris estaba pálida. Dejó la bolsa en una silla, con cara de indigestión, y se dejó caer en la de al lado.
—¡Por Zeus! —gimió—. ¡Eres lo peor! Me estás haciendo sentir fatal. ¿Qué quieres? ¿Que lo devuelva todo?
Apoyé la frente en la mano, sintiéndome un poco culpable por haber asaltado a mi amiga con aquella ducha de realidad que no me había pedido.
—Perdóname… —me disculpé—. Estoy muy nerviosa. Es por mi hermano. Apenas es un adolescente, pero la vida lo está obligando a enfrentarse a cosas que ni siquiera un adulto sabría afrontar. No es justo que tenga que cargar con algo así a su edad.
Iris me miró con ojos dulces y tomó mi mano entre las suyas.
—Tienes un gran corazón, Mina, y sé que estás pasando un momento difícil por lo de Krish. Te admiro mucho. Pero no puedes salvar el mundo tú sola. Tienes que aceptar que hay cosas que están fuera de tu alcance.
Gruñí de frustración, sabiendo que tenía razón, y cerré los ojos muy fuerte para apartar de mí las fantasías tétricas que no paraban de sucederse en mi mente.
—¡Pero necesito hacer algo, Iris! ¿No lo entiendes? No puedo quedarme de brazos cruzados mientras todo se derrumba a mi alrededor.
—Haces lo que puedes —dijo suavemente—. Y lo estás haciendo muy bien.
Anda, vamos a dar una vuelta, así te despejas un poco.
Luego podemos comer algo por aquí, y por la tarde subiremos al monasterio a ver qué hacen esos dos murciélagos.
Me dijeron que se quedarían en el sótano hasta el anochecer, pero sé por dónde se entra.
Dimos una vuelta por la ciudad de Liria, con su entramado de calles que serpenteaban como si contaran historias antiguas en cada esquina. Las plazas adoquinadas estaban adornadas con fuentes centenarias, palmeras y naranjos que esparcían un aroma dulce y fresco en el aire.
Encontramos un sitio agradable para comer y nos acomodamos en una terraza con vistas a la montaña que resguardaba la ciudad. Pedimos una paella de verduras e Iris se excusó para ir al baño.
El paseo me había ayudado a olvidar los problemas durante un rato, y habría seguido así de no ser por un enjambre de polillas de calavera que se arremolinó en torno a mí mientras esperaba a que mi amiga regresara.
Las espanté con las manos, algo asustada.
No era normal verlas en primavera; solían pasar por la Península al llegar el verano, escapando del calor del continente africano.
Las polillas emitieron un zumbido agudo, que sonó como un chillido, y se alejaron batiendo las alas.
Tras la comida regresamos a la casa de alquiler a ducharnos.
Nos cambiamos de ropa y comprobamos que Luminix se encontraba bien; después volvimos al coche para subir al monasterio.
El camino empezaba serpenteando entre viñedos y campos de olivos, para después cruzar las calles del casco antiguo, cuesta arriba.
Cuando aparcamos en la explanada frente al monasterio ya estaba atardeciendo. Cruzamos la verja y subimos hasta un patio con un pozo y una tienda de souvenirs cerrada. Allí, Iris me señaló una pequeña puerta de madera y agitó una llave en el aire, satisfecha.
—¿Tienes la llave de la iglesia? —pregunté sorprendida, posando el pie sobre el gastado suelo en damero con un poco de reparo.
Ella se encogió de hombros.
—Me la dio Teo —explicó tan tranquila—. Ven, es por aquí. Debería de haber una compuerta detrás del altar.
La seguí por el pasillo central entre los bancos. Al final de este se encontraba el ábside, decorado con una esplendorosa talla dorada del arcángel San Miguel con su espada, y frente a ella un altar de mármol veteado.
Iris se arrodilló tras el altar y comenzó a palpar los relieves tallados por la parte trasera. Empujó uno de ellos y dos baldosas se hundieron en el suelo, dejando ver un hueco oscuro con una escalerilla de mano.
—¡Ajá! ¡Aquí está! —exclamó triunfal—. ¡Vamos! Es la cripta donde enterraban antes a las monjas.
—Maravilloso. No solo olerá fatal, sino que encima estará infestada de fantasmas.
—¡Todo ventajas!
Bajamos por la estrecha escalerilla hasta llegar a una cripta oscura con olor a humedad y lápidas empotradas en el suelo de piedra.
Mis ojos, bien acostumbrados desde la infancia a detectar cualquier peligro, barrieron el espacio hasta asegurarme de que no había nada raro en aquel antro subterráneo.
Teo y Leonard nos saludaron distraídamente desde un rincón iluminado por velas. Habían montado una mesa de trabajo improvisada sobre un sepulcro. Este se encontraba cubierto de papeles y mapas, y Leonard miraba algo en su tablet.
—¿Qué estáis haciendo? —pregunté, acercándome un poco a Leonard e intentando descifrar los textos por encima de sus enormes hombros, mientras él fingía no verme.
Una enorme hoja de papel mostraba diagramas e inscripciones hechas a mano en idiomas irreconocibles y a un lado había un extraño diccionario de símbolos abierto.
—Anoche encontramos una inscripción en las ruinas y estamos intentando traducirla —explicó Teo—. Bueno, Leonard está intentándolo. Yo estaba a punto de salir a buscar un whisky con hielo. Este sitio apesta a bicho muerto y necesito tomar el aire.
El comentario de Teo me hizo recordar las polillas de la muerte que me habían visitado un rato antes en el restaurante, y arrugué la nariz.
Di la vuelta al sepulcro y me situé frente a Leonard, que seguía enfrascado en sus apuntes.
—¿Y qué tal va la traducción? —le pregunté, obligándolo a mirarme.
Leonard alzó por fin la vista y me miró de arriba a abajo. La intensidad de su mirada hizo flaquear mis rodillas por un instante, pero me sujeté fuertemente al borde de la piedra y me mantuve firme.
—No estoy seguro todavía —respondió con lentitud, y luego hizo una pausa. Sus ojos permanecieron fijos en los míos, como si de pronto no quedara nadie más en la sala—. ¿Pero no te sonará el nombre de Rhada Shah, verdad?