Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 8
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Mina

El avión vibraba como si estuviera a punto de partirse en dos y el caos reinaba a bordo, pero me esforcé por mantener la calma.

El rostro de Iris estaba verdoso por las turbulencias y se apoyaba sobre el asiento de enfrente, a punto de desmayarse.

Luminix maulló y lo acaricié a través de la reja del transportín para tranquilizarlo. Temblaba en un rincón, hecho una bola.

A la siguiente sacudida, una pasajera soltó un grito agudo, y al oírla, otros la imitaron.

Aquello parecía el mismísimo fin del mundo; tenía que hacer algo.

No había superado tantas pruebas solo para dejar que mis hermanos muriesen. Llegaría a mi destino, y llegaría viva.

Respiré hondo, cerré los ojos y me concentré en mi magia.

Era mucho más fácil proponérmelo que hacerlo, teniendo en cuenta la situación.

Sentí el calor familiar de la energía mágica corriendo por mis venas, y mis pensamientos se enfocaron en los espíritus de pájaros que pudieran estar cerca.

Elevaos. Elevaos tanto como nuestro avión , les dije en mi mente.

Visualicé cómo rodeaban el avión, y entoné un hechizo de llamada:

«Por el poder del viento y el cielo,

Espíritus alados, acudid a mi llamado.

Elevad vuestras almas más allá de la muerte,

Y dispersad las sombras con vuestro vuelo eterno.»

Sentí un dolor punzante en el pecho; la magia siempre venía con un precio, y la única manera de alimentar el hechizo era entregar a cambio parte de mi energía vital. Mi visión se nubló momentáneamente, pero mantuve el enlace. La seguridad de todos a bordo dependía de mí.

Abrí los ojos y, a través de la ventanilla, vi un grupo de aves que comenzaba a congregarse alrededor del avión, batiendo sus alas en perfecta sincronía.

Las sombras vacilaron ante la repentina aparición de las aves; los pájaros abrieron sus picos fantasmales y atacaron las figuras sombrías con ferocidad, picoteando sus oscuros ojos de niebla hasta que se dispersaron y el cielo a nuestro alrededor se despejó como si nada hubiera ocurrido.

El avión dejó de temblar y las luces parpadearon.

Poco a poco, la nave y sus pasajeros comenzaron a estabilizarse, y los murmullos de pánico se convirtieron en suspiros de alivio.

Me dejé caer en el asiento, exhausta. Iris me miró: sin duda, ella era la única persona que sabía por qué el avión había dejado de temblar súbitamente.

—¿Qué has hecho? —me preguntó al oído, mientras las azafatas comenzaban a salir de los rincones donde se habían escondido durante las turbulencias e iban pasando ver cómo estaba la gente, recogiendo objetos caídos a diestro y siniestro.

—Se han marchado… por ahora —respondí con una sonrisa tensa—. Pero creo que nos siguen desde el otro día en el Serenata. Me parece que eran los mismos.

Iris frunció los labios.

—¿Qué te hace pensar eso?

Muchas cosas me hacían pensar eso . Pero, como siempre, mentí.

—Creo que podría estar relacionado con el portal que busca Teo. ¿A lo mejor sienten que vamos hacia allí?

Iris asintió, convencida por mi respuesta, y se recostó en el asiento mientras el capitán declaraba que aterrizaríamos muy pronto.

El resto del vuelo transcurrió sin incidentes, y pronto aterrizamos en el aeropuerto de Valencia. La única secuela de aquellas espantosas “turbulencias” fue un ligero retraso. En Valencia alquilamos un coche y seguimos las indicaciones hacia Liria, donde Teo y Leonard debían de estar esperándonos.

Nos detuvimos primero a dejar a Luminix en nuestro alojamiento: una casa enorme en las afueras, bastante destartalada.

Luego atravesamos las calles de Liria y subimos hasta el monasterio en la oscuridad.

El último tramo era estrecho y bastante empinado, y nos alegramos cuando pudimos por fin aparcar en la cima del cerro de San Miguel.

—¿Y las ruinas? —pregunté, confundida.

Iris consultó la ubicación enviada por Teo y señaló un punto en el monte, un poco más abajo.

—¿En serio? —Bufé, mirando hacia la oscura ladera—. Tu novio tiene un sentido del humor muy curioso. ¿No se le ocurrió comentarnos que tendríamos que caminar monte a través para llegar al punto de encuentro? ¿Y encima de noche?

—No es mi novio —replicó ella, mirándose las bailarinas con cara de malas pulgas—. Y tampoco es para tanto. Está a cinco minutos de aquí, mira. Y es todo cuesta abajo.

—Lo que tú digas.

La noche era cerrada y el camino empinado, y solo teníamos los móviles como linterna. Tropezamos varias veces en la penumbra, siguiendo el punto del GPS. El camino no estaba bien marcado, o al menos, nosotras no supimos encontrarlo.

—Yo creo que nos hemos equivocado—dije, señalando el mapa—. Tendríamos que haber ido por el otro lado, ¿lo ves?

Iris asintió y señaló hacia unos matorrales.

—Volvamos sobre nuestros pasos. Si bajamos por ahí será más rápido.

Contuve un aullido de frustración.

Aquello no podía ser verdad.

Me pareció ver unas figuras moverse a lo lejos; si había alguien, solo podían ser ellos: Teo y Leonard.

Maldije, buscando la mejor manera de bajar hasta ahí sin morir en el proceso.

—¿Es que no se dan cuenta de que para los mortales es un poquito más difícil caminar en la oscuridad? ¿Y más por estos pedregales?

Cada vez de peor humor, comenzamos a bajar la ladera para encontrarnos con ellos. El terreno era irregular y resbaladizo, y traté de poner los pies de lado para no caerme.

Tropecé con algo, probablemente una piedra, y el terreno seco se desprendió bajo mis pies. Grité mientras rodaba por la pendiente, y no me detuve hasta que choqué con algo frío y sólido; algo frío y sólido que me sujetó y evitó que me rompiera el cráneo contra los muros milenarios de Edeta.

—¡Señorita Mina! —dijo Leonard, con esa voz profunda y aterciopelada que se abría paso hasta los tímpanos como chocolate derretido—. ¿Está usted bien?

—¡No! —grité, levantándome de golpe y sacudiéndome la tierra de la ropa—. ¡Claro que no!

Miré a Teo, que se mordía el labio con cara de inocencia. Al momento apareció Iris, saltando el último tramo como un cabritillo.

—¿Estás bien, Mina? —me preguntó ella también, mientras Teo se le acercaba y le daba un beso en la comisura de los labios con disimulo.

—¡Al próximo que me pregunte si estoy bien, le echo encima a una horda de conejos con diarrea!

Iris sonrió y se acercó a abrazarme.

—Sí, veo que te encuentras bien —dijo, y luego se volvió hacia los dos hombres—. ¡Vaya viajecito! Pero por fin estamos aquí. Contadnos, ¿qué habéis descubierto?

Leonard se agachó y recogió algo del suelo con suma elegancia.

Extendió el brazo y me ofreció mi diadema de flores, que había salido volando de mi cabeza durante la caída.

Se la arranqué de las manos con mal genio, y en su rostro se dibujó una mueca de tristeza.

Al momento, recordé que el pobre Leonard no tenía la culpa de que Teo nos hubiera dado unas indicaciones tan pobres: era Teo el que había planificado este encuentro, olvidando que algunos de nosotros no podíamos hacer que nos crecieran alas.

Miré a Leonard y le dediqué la mejor sonrisa que pude; probablemente no fue mi mejor versión, pero, aun así, me la devolvió agradecido.

—No hemos encontrado nada, de momento —dijo Teo, apretando los labios como si dudase.

Leonard alzó la mano.

—Excepto esto —lo interrumpió, caminando hacia un rincón alejado de las ruinas—. Seguidme.

Lo seguimos, con cuidado de no tropezar de nuevo. A cada paso que daba, la energía se volvía más palpable y vibrante.

—Este lugar tiene una energía rara, ¿no? —le dije a Iris, mirando alrededor con cautela.

Ella se encogió de hombros.

—Mucha gente vivió aquí, durante mucho tiempo. Es normal. Los espíritus perduran.

Leonard se giró hacia mí, con los ojos rojizos reluciendo en la oscuridad, y asintió levemente.

—Yo también lo siento. Es como si las piedras estuvieran vivas. Incluso llegué a pensar que me llamaban.

Teo parecía inquieto. Miró su reloj de pulsera y luego señaló hacia el monasterio.

—Perdona, Leonard, ¿se lo puedes mostrar tú? Tengo que subir un momento al monasterio. He quedado con mi contacto para que nos proporcione las llaves del alojamiento, y no quiero hacerle esperar.

—¿Os quedáis en el monasterio? —pregunté sorprendida. Sabía que no dormirían en la misma casa que nosotras, pero no me esperaba que hubieran elegido un sitio así—. ¿Vais a dormir con las monjas o qué?

Teo sonrió ante la ocurrencia, mostrando los colmillos.

—Sería divertido, pero no. Actualmente está deshabitado. Las últimas monjas se fueron hace unos años. Y sí, Leonard y yo permaneceremos aquí a todas horas, pero creo que es mejor que vosotras tengáis una habitación normal en el pueblo.

—¿Quieres que te acompañe? —dijo Iris, y en sus ojos era evidente que deseaba pasar un rato a solas con él.

La cogí del antebrazo y asentí.

—Sí, subid vosotros dos y arreglad lo de las llaves —le dije—. Yo me quedo aquí con Leonard y luego te lo cuento todo. De todos modos, mañana tendremos que volver tú y yo y repasarlo todo a la luz del día.

Teo e Iris se marcharon de la mano y sentí una punzada de dolor: era hermoso verlos tan felices juntos, pero dolía saber que yo jamás podría tener algo así.

Por culpa de la maldición, el amor no era algo a lo que yo pudiera aspirar en esta vida.

Lo había aceptado hacía mucho tiempo, aunque a veces aún me dolía al recordarlo.

Leonard me miró y sus ojos volvieron a relucir con ese inquietante tono rojizo. Era un hombre indudablemente atractivo, con su pelo corto castaño claro peinado hacia atrás, y esa curiosa barbilla con un hoyuelo en el centro que se entreveía a través de su barba bien cuidada.

—Ven. Es por aquí —dijo.

La energía creció hasta volverse insoportable, como un zumbido que me perforaba los tímpanos.

—¿Tú también lo sientes? —me preguntó Leonard.

Asentí con la cabeza, tratando de disimular mi incomodidad.

—Vamos, enséñamelo y después larguémonos de aquí. Este sitio es insoportable.

Él me tendió la mano, viendo que caminaba con dificultad. Alargué la mía y me estremecí al tocarla. Era firme y estable, pero sentirlo tan cerca era casi tan inquietante como recorrer esas piedras antiguas en plena noche.

Sin soltarme, Leonard se acercó a la esquina de una antigua casa. Cuando se agachó, su camisa de color caqui se ciñó a sus hombros de jugador de rugby, dejando el contorno de cada músculo a la vista a través de la tela.

—¿Qué es? —le pregunté, desviando la mirada y tragando saliva en silencio.

Pensé en Luminix, al que había dejado atrás en la casa de alquiler, y me alegré de no haberlo traído conmigo: había algo amenazador y a la vez terriblemente familiar acechando entre aquellas piedras.

—No estoy seguro todavía, pero parece una inscripción; un texto —dijo Leonard, mirándome fijamente.

—¿Puedes leerlo?

Con su visión de vampiro, probablemente podía ver mucho más que yo. Iluminé la zona con la linterna, pero no vi más que un círculo con muescas y ondas dibujadas en su contorno y en su interior.

Me miró con esos ojos profundos que guardaban una tristeza y añoranza que no había visto jamás en otra persona, viva o no muerta. Algo en su mirada me removía por dentro, por mucho que me esforzara por ignorarlo.

—Todavía no. Pero pensé que a lo mejor podrías darme alguna pista —respondió, atravesándome con sus pupilas rojizas como si fuera transparente.

Aparté la vista.

—El experto en lenguas antiguas eres tú. No entiendo cómo podría ayudarte.

—¿Tampoco entendías nada anteayer, cuando intenté mencionar a Vesperon en el bar de Ibiza? —dijo con tono desafiante.

Me aparté de él de golpe, mirando a uno y otro lado, casi esperando que la Oscuridad se abriese a mis pies.

—Pronunciar su nombre, y más en un sitio como este, es una auténtica estupidez —le espeté, frotándome la mano contra el pantalón para eliminar de ella los vestigios de su roce—. Si de verdad eres tan listo como dice Teo, deberías saberlo.

El zumbido de la energía oscura era cada vez más fuerte. Pensé que iba a volverme loca, como si estuviera rodeada de un enjambre de avispas salvajes a punto de aguijonearme.

—¿Insinúas que me equivoco? —dijo Leonard con voz firme, sujetándome del brazo.

Me aparté de él, sacudiéndome su brazo de encima. Di un paso atrás y mi espalda chocó sin querer contra una pared baja de piedra. Él insistió.

—No necesitas mentirme —dijo con voz apaciguadora—. Yo estoy de tu parte. Pero sé que hay algo en estas ruinas que ha querido que fueras tú la que viniese, y no otra. Y ese algo ha querido que te acompañase yo… y dudo mucho que eso sea bueno para ninguno de nosotros.