Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 7
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Leonard

Sobrevolamos las ruinas de Edeta, desplegando nuestras plumas negras sobre las casas blancas y bajas de la localidad adyacente de Liria.

Los edificios, variopintos y dispares, me parecieron dados blancos lanzados por los Dioses sobre el áspero monte de secano.

Un poco más arriba se erguía el Monasterio de San Miguel: un rectángulo blanco, flanqueado por una línea de palmeras que vigilaban la ladera.

Hoy solo quedaban piedras donde un día hubo una boyante ciudad: prueba de ello era que justo allí se habían encontrado algunas de las vasijas íberas mejor conservadas del continente.

Theodore y yo cruzamos volando la estrecha franja azul de Mediterráneo que separaba Ibiza de Valencia.

El viaje fue mucho más fácil de lo esperado y estaba satisfecho con mis avances; poco a poco, estaba empezando a disfrutar del vuelo y de las ventajas de ser invisible, discreto y ligero como una pluma en el aire vespertino.

Descendimos junto a la entrada a las ruinas, posándonos sobre un olivo que se encontraba frente a unos paneles informativos diseñados para los turistas y escuelas que visitaban el área.

La primavera estaba aún naciendo y oscurecía temprano.

El viento comenzó a soplar con fuerza, sacudiendo la poca vegetación, grisácea y de secano, que cubría la zona.

Era la hora acordada, pero Iris y Mina no habían llegado aún.

Me pregunté si les habría ocurrido algo durante el camino y sentí una punzada de preocupación, aunque la descarté de inmediato para dedicarme a problemas más acuciantes; por ejemplo, recuperar mi forma bípeda antes de que amaneciese de nuevo.

Theodore saltó del árbol siendo un cuervo y se transformó en las décimas de segundo que tardó en posarse en el suelo.

Apareció junto al olivo enfundado en su acostumbrada camisa de lino blanco y envuelto en la típica bruma grisácea, mirándose el reloj de acero.

Lo miré desde mi rama y cerré los ojos. Froté las alas y me concentré en volver a mi forma humana.

Como siempre, la transformación era un proceso complicado para mí. De nuevo, se me resistía.

Theodore se cruzó de brazos y miró hacia arriba, observándome con curiosidad desde abajo.

—Leonard, ¿vas a quedarte así toda la noche?

Frustrado, salté de la rama y me posé en el suelo.

Nada.

Sin comprender, Theodore se acuclilló junto a mí

—¿Hola? ¿Necesitas un poco de alpiste? —preguntó extendiendo la mano como si quisiera dar de comer a una paloma.

Me habría gustado responderle con algún improperio vistoso, pero en mi estado actual lo único que me salió fue un graznido y un ridículo saltito hacia adelante que solo me hizo parecer aún más estúpido.

—Si te apetece, te llevo sobre mi hombro —ofreció Teo con tono irónico—. Seremos como el pirata John Silver y su loro, el capitán Flint.

Me sentí hervir por dentro ante su comentario, y quise gritarle que se metiera en sus asuntos, pero, de nuevo, no me fue posible.

Haciendo un esfuerzo titánico, conseguí conjurar un hilillo de humo gris.

Apreté el pico hasta que la bruma creció lo suficiente, y por fin me sentí volver a mi forma humana.

Sentí de nuevo el peso de mi cuerpo sobre las plantas de mis pies y respiré aliviado: me había costado, pero lo había conseguido.

Miré a Teo conteniendo la irritación; decidí centrarme en el objetivo principal de nuestra visita e ignorar el resto.

—¿Dónde se habrán metido? —dijo Teo, sacando su teléfono del bolsillo. Marcó un número y, tras unos segundos de espera, me miró y negó con la cabeza—. No responden. Es extraño.

—Hace un buen rato que deberían de haber llegado —comenté oteando el oscuro horizonte.

El viento doblaba las palmeras del monasterio a lo lejos, y la oscuridad era ya completa. Sentí el ambiente cargado, como si hubiera alguien más aparte de nosotros merodeando por allí.

— Theodore. Quería preguntarte algo —dije, sin saber por dónde comenzar.

Theodore esbozó una sonrisa maliciosa mientras escarbaba en la tierra seca con la punta de su impecable zapato.

—Deja que lo adivine. Es sobre Mina, ¿verdad?

Apreté los ojos un instante, reuniendo paciencia para soportar su burla encubierta. Mi pregunta me importaba más que sus chanzas.

—Así es —respondí—. Hay algo en esa mujer, algo diferente de las demás. No sé qué es, pero su aroma es…

Su aroma es irresistible , pensé, pero en vez de decirlo me quedé callado, esperando a que él completase la frase.

—¿Sí? —dijo Theodore, ladeando la cabeza y haciendo una floritura con la mano para que continuase.

—En fin, es muy diferente del de las demás mujeres. Tampoco huele como las otras brujas. Es… No sé, ¿dulce? Huele a flores silvestres, a hierba recién cortada, a…

Me detuve en seco, sintiéndome como un estúpido tras aquella descripción tan ridícula. Esperaba de nuevo una burla, pero en vez de eso, Theodore asintió, completamente serio.

—Bien visto —respondió, sonando casi orgulloso de mí—. Tienes razón. Ninguno de nosotros conoce su historia completa, ya que es muy reservada hablando de su pasado. Pero sabemos que tiene sangre de hadas, y seguramente se debe a eso.

Fruncí el ceño.

—Eso es imposible.

—¿En serio? ¿Por qué? —dijo él con creciente interés, recuperando su sonrisa impertinente.

Cada vez me molestaban más sus preguntas y su ironía, y sentí que mis músculos se tensaban, en preparación para un ataque que mi cerebro sabía que habría sido estúpido.

—Las hadas son taimadas y ladinas —le espeté, impaciente—.

Todo el mundo sabe que son seres mentirosos que se aprovechan del resto de criaturas para hacer pactos desventajosos.

Nadie en su sano juicio confiaría en una de ellas, ni en sus descendientes.

Y dudo mucho que la señorita Mina pertenezca a esa estirpe maldita, que nada tiene que ver con las hadas de los cuentos infantiles.

Theodore parecía a punto de echar a reír. Mi instinto me instaba a golpearlo, a obligarlo a callar sus críticas y burlas hacia mí y hacia aquella mujer inocente. Ni siquiera comprendía por qué, pero cada vez me costaba más no taparle la boca de un puñetazo a mi patrón.

Inspiré profundamente, tratando de calmarme. El aire silbó en mis fosas nasales, y Theodore me observó con las manos en los bolsillos.

Maldita sea . Ese no era yo, y odiaba a la criatura en que me había convertido.

—Mi querido amigo, tranquilízate, te lo ruego —dijo Theodore, casi leyéndome la mente—. Veo que nuestra Mina te ha impresionado en el poco tiempo que la has conocido.

Resoplé, cansado de que me tratase como a un ignorante.

—No me malinterpretes —repliqué—. Simplemente, no me da la sensación de ser una descendiente de las hadas. No parece una de ellas.

—Ninguno de nosotros puede saber lo que se oculta en la mente y en el corazón de los que nos rodean —dijo Theodore, recuperando la seriedad—. Pero sí, te entiendo: aunque su aroma es diferente, y ella misma ha admitido estar relacionada con esas criaturas, no parece peligrosa. Al menos, de momento.

De repente, sentí que algo o alguien me llamaba, y me sobresalté. En las profundidades, más allá de los cimientos de esos antiguos y polvorientos muros sin aparente importancia, algo oscuro y ancestral borboteaba. Y ese algo acababa de pronunciar mi nombre.

No había visitado ningún yacimiento desde mi conversión; quizás aquello fuera una habilidad nueva que todavía no conocía.

La voz me llamó de nuevo y di un salto hacia atrás.

Theodore me miró con el ceño fruncido.

—¿Lo has oído? —pregunté en un susurro.

Él sacudió la cabeza con cierta desconfianza. A juzgar por su mirada, me tomaba por loco. No lo culpé; yo también estaba empezando a pensarlo.

Los muros en ruinas de las casas íberas se encaramaban a la ladera, con la parte frontal de las casas abriéndose hacia las impresionantes vistas de abajo y la parte trasera construida contra la montaña.

Entre los muros y la ladera a veces quedaban pequeñas oquedades, lo suficientemente grandes para convertirse en madrigueras de animales… o alguna otra criatura.

La voz parecía haber salido de una de esas oquedades o, mejor dicho, de uno de los sillares que sujetaban la esquina de una casa en ruinas.

Señalé hacia allí y Theodore asintió de mala gana.

Comencé a caminar, maldiciendo entre dientes cada vez que mis poco acostumbrados pies hacían crujir la seca hojarasca.

Él me siguió, sigiloso como un tigre. Ni siquiera parecía rozar el suelo al caminar.

A medida que nos acercábamos al origen del sonido, la atmósfera se volvía más pesada, como si la presencia nos vigilara.

Cruzamos la sala principal de una de las casas sin tejado y me detuve frente al sillar del que había salido la voz.

El aire zumbaba con electricidad estática, y en esa zona, las piedras parecían haber sido removidas recientemente.

El suelo tenía marcas frescas y algunos de los bloques estaban apilados de manera extraña.

Me agaché y olisqueé el interior de la oquedad: tierra húmeda, hierba seca, excrementos de conejo.

Nada. La voz se había esfumado también. Palpé la piedra con las manos, sintiendo cada rugosidad de la piedra caliza.

La caliza era un material resistente, pero los detalles del tallado solían difuminarse con los años a causa de la intemperie, la erosión, y la lluvia ácida.

Me interrumpí al llegar a un relieve distinto de los demás: aquello no parecía haber sido causado por la lluvia ni las heladas; seguía un patrón geométrico demasiado regular para ser fruto de la casualidad.

Casi como letras, aunque no en alfabeto latino.

Con gran cuidado, me agaché y soplé sobre la roca. Habría necesitado mis instrumentos para asegurarme, pero, aun así, mi intuición y mi experiencia me decían que ahí había algo fuera de lo común.

—¿Lo ves? —le pregunté a Theodore, el cual enarcó una ceja en respuesta.

—¿Qué tendría que ver exactamente, aparte de un montón de piedras semiderruidas?

—Una inscripción.

—Si eso es una inscripción, yo veo miles iguales que esa por aquí —respondió poco convencido, girando sobre sí mismo con los brazos abiertos.

Sacudí la cabeza.

—No. Es por la roca carbonatada. Es muy reactiva a los ácidos y pierde la definición fácilmente. Pero, si te fijas, estos surcos son demasiado regulares para ser casuales. Podrían haber sido caracteres epicóricos.

—¿Epi… qué?

—Autóctonos.

—Entiendo —respondió, aunque claramente no entendía nada—. Y bien, ¿qué pone?

Observé las marcas con los ojos entrecerrados. Aquellas líneas no se asemejaban ni al alfabeto íbero ni al grecoíbero, lo cual era extraño y posiblemente la razón de que hubieran sido pasadas por alto por todos los arqueólogos que habían estado allí antes que yo.

—No estoy seguro —respondí tras pensármelo—. Necesitaré más tiempo para estudiarlo a fondo. Primero habrá que intentar limpiar la zona, pero con cuidado de no dañar lo poco que queda.

El símbolo parecía un círculo, y los caracteres podrían haber formado una palabra dentro de él. Dos, incluso.

Teo miró las líneas con escepticismo.

—También existe la posibilidad de que sea solo un grafiti sin importancia —dijo con la nariz fruncida.

—Ya veremos —dije, y volví a pasar los dedos por encima de las marcas—. Si de verdad hay un portal aquí debajo, como sospechas, alguien pudo dejar una señal para quien sepa leerla.

Una vibración sutil me recorrió el brazo entero de abajo a arriba, hasta llegar al hombro. Me estremecí y me aparté, justo en el mismo momento en que unos gritos agudos llegaban desde la lejanía.

Theodore y yo nos dimos la vuelta a la vez.

Eran los gritos de dos mujeres, y provenían de la cumbre del cerro sobre el cual se alzaba el monasterio abandonado.