6
Mina
Leonard y Teo volaron transformados en cuervos hacia la península, pero Iris y yo tuvimos que usar medios de transporte más convencionales y tomar un avión desde el aeropuerto de Ibiza.
Raoul nos llevó hasta allí en su Mercedes negro; el plan era volar desde Ibiza hasta el aeropuerto de Valencia, y allí alquilar un coche para llegar a las ruinas y reunirnos con el resto del equipo.
—¿Te he dicho que odio volar? —le dije a Iris mientras me abrochaba el cinturón, ya sentada en el avión.
Ella sonrió y alargó la mano para coger el menú de a bordo.
—No te quejes. ¿Encima de que te han dejado subir con Luminix? Volar es la manera más segura de viajar —afirmó tan tranquila.
—La última vez casi me muero —le dije muy seria, acariciando a Luminix a través de la reja del transportín—.
Volé a Funchal para ver a la familia, y al aterrizar, el avión daba bandazos tan fuertes que pensé que no saldría viva.
Y eso después de unas turbulencias peores que un terremoto.
¿Te he dicho cuánto las odio? Casi tanto como a la gente que abandona perros en la carretera.
Iris dejó a un lado el menú y consultó algo en su móvil; no parecía demasiado impresionada por mi historia. Mientras tanto, aseguré el transportín con el cinturón de seguridad en el asiento contiguo al mío, que estaba vacío.
—Tranquila —dijo al fin, apagando el teléfono—. No pasará nada. Es un vuelo cortísimo y no hay viento ni tormentas. Este aeropuerto es mucho más tranquilo que el de Madeira. No hay motivo para preocuparse.
Me abroché el cinturón y miré por encima del hombro de Iris el menú.
Llevaba todo el día comiendo bocadillos, el estómago me rugía y, además, me apetecía algo un poco más consistente.
Por desgracia, las opciones eran bastante limitadas, y más aún para una vegana como yo.
Por suerte, todavía me quedaba medio entrepán de paté de setas que me había preparado Garrett en el bar.
Lo saqué del bolso y lo devoré con ansia: aquel hombre era un auténtico ángel.
Iris, sin pensárselo demasiado, pidió una hamburguesa con patatas fritas a una azafata que pasaba.
—¿Tú no quieres nada? —me preguntó.
Sacudí la cabeza en respuesta, señalando con la barbilla mi bocadillo. Las puntas de la lechuga habían comenzado a mustiarse después de varias horas en el bolso, y ella me miró con lástima.
—¿Cuánto tiempo vas a seguir con esa manía tuya de comer solo hierba? —dijo, guardando el menú en el bolsillo delantero del asiento—. Estás muerta de hambre: se te ve en la cara. ¿Por qué no pides al menos unos taquitos de queso?
Una oleada de frustración me sacudió. Tenía que soportar esa misma pregunta al menos una vez al día, y la mayoría de veces por parte de gente que ya me conocía de sobra. ¿Tan difícil era meterse en sus propios asuntos y dejarme comer lo que quisiera?
—No es una manía: es una elección personal —respondí con un suspiro—. Prefiero esperar a que aterricemos que contribuir al maltrato animal. No me pasará nada.
Ella se encogió de hombros, dando a entender que no quería discutir. Yo tampoco quería hacerlo: la apreciaba y, además, después de todo lo que había pasado con su hermana en el Velero de los Condenados [4] , no me parecía bien ponerla en un aprieto.
—Solo me preocupo por ti —dijo.
—Lo sé —respondí, sonriendo—. Y te lo agradezco. Pero estoy bien.
Me terminé el bocadillo y guardé el papel en un bolsillo de mi mochila. Entretanto, la azafata apareció con una bolsita humeante, que contenía una hamburguesa envuelta en papel y una cajita de patatas.
—¿Qué te ha parecido Leonard? —me preguntó ella, sacando su comida de la bolsa de plástico.
La azafata quiso quitársela para tirarla, pero yo me interpuse entre ellas para impedírselo.
—Ni se te ocurra tirar eso a la papelera del avión. ¡Hay que separar y reciclar! —dije, señalando la envoltura—. Recuerda: el plástico en el contenedor amarillo. Esta gente lo tira todo junto, ¿no lo ves?
Iris puso los ojos en blanco.
—A veces eres insoportable, ¿lo sabías?
—Más insoportable es ver lo llenos que están los vertederos. No tenemos un planeta de reserva para cuando nos carguemos este.
Mi amiga miró a la azafata con cara de disculpa, plegó la bolsa usada en un cuadrado perfecto y se la metió en el bolso.
—¿Se puede saber qué te pasa? —me preguntó, molesta, una vez se había marchado la empleada.
—Perdona —me disculpé, golpeando la nuca contra el cabezal y cerrando los ojos—. Estoy un poco nerviosa. Entre el viaje, el hambre que tengo, el arqueólogo nuevo ese tan raro, y encima lo de mi hermano…
—¿Tu hermano sigue enfermo? ¿No ha mejorado?
Si ella supiera... Lo de Krish no era algo que pudiera curar la medicina moderna.
—No. No va a ponerse bien nunca, probablemente. Es algo de nacimiento.
—Vaya… Lo siento mucho. No lo sabía —dijo, con tono más dulce, y me apretó la mano por encima del reposabrazos—. ¿Has hablado con Selena? A lo mejor ella podría hacer algo con su magia curativa.
Negué con la cabeza.
—No. Imposible.
—¿Y si se lo dijéramos a Teo? Él tiene muchos contactos. Cirujanos, científicos… ya sabes que conoce a toda la isla.
Exhalé, armándome de paciencia. No podía explicárselo sin empeorar la situación. Luminix gruñó en el transportín, leyendo mis pensamientos.
—Ya lo hemos probado todo. Si te soy sincera, preferiría no hablar de ello. Solo me pone de mal humor, y no vamos a resolver nada. Pero gracias, Iris. De corazón.
—Como quieras. Hablemos de cosas más alegres, entonces. ¿Qué me dices del arqueólogo? —insistió con tono travieso.
Suspiré profundamente, meditando la respuesta.
Prefería hablar de Leonard que de Krish, sin duda.
Pero no sabía bien qué contestarle; Leonard era un enigma, y no solo por su reciente transformación en vampiro.
Algo en él me había desconcertado desde el primer instante en que había sentido su presencia.
Mi intuición me decía que tuviera cuidado.
Pero la otra mitad de mí se sentía atraída hacia él y se moría por saber más de aquel hombre misterioso.
—No estoy segura —dije lentamente, mientras Iris le daba un buen bocado a su hamburguesa—. Tengo… No sé. Sentimientos encontrados acerca de él, creo. No sé si es de fiar.
Iris masticó, pensativa, y yo aparté la vista de la carne rojiza y medio cruda que sobresalía del panecillo redondo.
—Sí, sé a qué te refieres —respondió entre bocado y bocado—. ¿Sabes que Teo no tenía ni idea de lo de Leonard?
—¿A qué te refieres?
Iris se limpió la boca con la servilleta antes de responder.
—Al parecer, se conocieron hace un par de años.
En ese momento, Leonard era un hombre mortal, normal y corriente, y a Teo le llamaron la atención sus conocimientos sobre lenguas muertas, en particular las de la cuenca mediterránea.
Luego coincidieron en una excavación en los Pirineos, pero no llegaron a verse en persona.
Hace un par de semanas Teo lo llamó para lo de Edeta y dijo que no había problema, que le encantaría unirse.
—Iris le echó un vistazo a los restos de la hamburguesa, probablemente decidiendo qué lado morder para mantener la forma simétrica—.
No mencionó nada de su transformación, y Teo no lo supo hasta que lo vio aparecer anoche.
No tenemos ni idea de lo que le pasó, y tampoco parece inclinado a contárnoslo.
Se encogió de hombros y se puso a ordenar las patatas fritas de mayor a menor.
—Interesante. ¿Y qué opina Teo de todo esto? —pregunté, sintiendo que el avión se movía de una forma más irregular de lo normal.
—Hmm… —Iris recogió las migas de la bandeja con aire meticuloso, cuidando que no quedase ni una—.
Solo sabemos que fue a Egipto, más o menos cuando lo del Prisma de Ordesa.
En ese momento estaban excavando en los Pirineos, y nadie mencionó que no se dejase ver durante el día.
Así que, fuera lo que fuese, tuvo que ocurrir después.
Sentí un extraño temblor y miré por la ventana del avión. La Isla Blanca se alejaba velozmente bajo el sol del atardecer. Me consolé pensando que el vuelo sería breve y que aterrizaríamos en menos de una hora.
El tambaleo del avión aumentó y me mareé un poco. Guardé silencio, tratando de calmar mi estómago. El olor de la hamburguesa de Iris inundaba el aire y, entre eso y las crecientes turbulencias, las náuseas se iban volviendo cada vez más fuertes.
Ajena a mi malestar, Iris mordisqueaba los restos de su comida, pensativa.
—Iris, perdona, pero… ¿podrías dejar de comer esa cosa tan cerca de mí? —le dije, moviendo la cabeza hacia otro lado para escapar del fétido olor.
—Oh, vamos, Mina, no seas tan exagerada. Si ya casi me la he terminado. —Iris me miró con una mezcla de diversión y exasperación.
El avión dio un bandazo, y sentí que lo poco que había comido de mi bocadillo de paté de setas comenzaba a subirme por la garganta.
—Sí, lo sé, pero me estoy mareando —le dije con voz entrecortada—. Ya sabes que no soporto ver sangre, ni el olor de la carne.
—Perdona, siempre se me olvida —dijo Iris, haciendo desaparecer el último trozo y plegando la servilleta—.
¿Sabes? A veces me cuesta entender cómo puedes trabajar para Teo.
Después de todo, sabes muy bien lo que es y lo que hace por las noches.
¿Y qué me dices del frigorífico de Garrett?
El pequeño… ese que cierra siempre con llave.
Sabes lo que hay dentro, ¿verdad? ¿Eso no te molesta?
Me molestaba un poco, sí, pero me regía por el principio de «si no lo veo, no existe».
Evitaba a toda costa acercarme la nevera de los horrores , como yo la había bautizado, y desde mi primer día en la agencia le había aclarado a Teo que nunca, jamás, serviría copas que contuviesen ese líquido caliente y rojo.
—Una cosa es trabajar para vampiros y, otra muy distinta, verlos comer —respondí, sujetándome el estómago y sintiéndome cada vez peor.
Luminix gimió en el transportín, y yo alargué la mano para que pudiera olerla a través de la rejilla de la portezuela—.
Por suerte, Teo es bastante educado y tengo un acuerdo con él.
¿Pero qué me dices del nuevo? ¿Sabrá comportarse de manera civilizada?
Sinceramente, muchas veces me pregunto cómo soportas tú algunas cosas.
Iris sonrió de manera enigmática, como si supiera algo que yo no.
—Bueno, a lo mejor te sorprenderías. Algunas cosas no son tan malas como pensamos. Hay que probarlas para entenderlo —dijo, con un brillo travieso en los ojos.
Agitó el papel de la hamburguesa en el aire, y yo fingí vomitar.
—Hay cosas que no pienso probar, gracias.
Iris se rio, fingiendo indignación.
—Vale, vale, no te enfades —dijo, sacudiendo la cabeza—. Sabes que me encantas como eres. Y admiro mucho todo lo que haces por ayudar a los animales. De verdad.
La habría abrazado, pero apestaba a hamburguesa, así que solo le sonreí agradecida.
En ese momento, Luminix gimió en voz alta, y a través de las rendijas vi su pelaje erizarse mientras miraba a su alrededor con inquietud.
Sus maullidos se volvieron más graves y profundos, como cuando le dolía algo, y las turbulencias comenzaron a sacudir el fuselaje con tal intensidad que todos los pasajeros gritaron.
Las luces del avión parpadearon y luego se apagaron por completo, dejando el interior del avión en penumbra.
El pánico se apoderó de los pasajeros, mientras los gritos se volvían cada vez más intensos.
Alguno intentó levantarse, mientras las azafatas daban órdenes a gritos, caminando a trompicones y sujetándose al borde de los asientos mientras se esforzaban por mantener la calma.
Por los altavoces se oyó la voz entrecortada del piloto:
«Señoras y señores, les habla el comandante.
Estamos experimentando una turbulencia inesperada y un fallo temporal en el sistema de iluminación. Les pedimos que permanezcan sentados con el cinturón de seguridad abrochado y que…»
La comunicación se interrumpió con un zumbido y una mujer gritó que todos íbamos a morir; Iris me miró, sujetando su cinturón con fuerza, y mientras yo agarré el transportín de Luminix, apretándolo contra mi costado.
El caos crecía con cada segundo, y nadie prestaba atención a los consejos de la tripulación, que nos ordenaba que nos pusiéramos en posición de seguridad, con la cabeza entre las rodillas.
«Por favor, mantengan la calma. Nuestro equipo está trabajando para resolver la situación y asegurar la seguridad…
prrrr… zzz… Les agradecemos su paciencia y comprensión mientras manejamos este contratiempo.
Por favor, sigan las instrucciones de nuestra tripulación y eviten moverse por…
prrr… Gracias por su cooperación y por volar con… »
Entre el caos, miré por la ventanilla y vi algo que me heló la sangre: las nubes se habían vuelto negras, uniéndose en figuras sombrías: formas difusas, que recordaban a esqueletos de caballo, se movían entre las nubes.
—¿Qué narices es eso? —gritó Iris, siguiendo mi mirada.
—No tengo ni idea —mentí. Sí que se me ocurría qué, o mejor dicho quién , podía estar persiguiéndome, pero decírselo no habría ayudado en nada—: Pero, ¿por casualidad no habrás traído algún saco de sal?