5
Leonard
Theodore extendió los planos sobre la mesa, asegurándose de que los clientes no nos estuvieran prestando atención.
Observé cada detalle de su rostro y la manera en que sus dedos recorrían los bordes del papel.
Parecía tan humano; tan discreto. Me pregunté cómo podía ignorar el dulce aroma de la sangre de toda la gente que nos rodeaba.
¿Cómo podía estar ahí tan tranquilo, ignorando el zumbido en el aire de la miel más dulce que existía para nuestra estirpe?
Para mí, era una tortura. Hacía ya un par de días de la última vez, y la sed me estaba volviendo loco. Dejé de respirar y traté de controlar el temblor de mis manos. Para distraerme, me giré hacia él, concentrándome en sus dedos, que se deslizaban certeros por el plano.
—Nuestro destino serán las ruinas de Edeta, un antiguo asentamiento íbero y más tarde, romano —dijo Theodore, ajeno a mi sufrimiento interno—.
Hemos recibido alertas de que hay actividad paranormal inusual y, según mis contactos, podría haber un portal muy potente a la Umbricora.
Vuestro trabajo es confirmar si existe y, si es así, encontrar la forma de cerrarlo.
—¿Quién es nuestro cliente esta vez? —preguntó Mina.
Se había sentado en la parte más alejada de la mesa, y me pregunté si lo había hecho a propósito.
Su voz musical me obligó a despegar la mirada de los planos, y algo se encogió en mi interior al observar de nuevo su rostro.
Tenía algo. Algo diferente a las demás que me atraía de manera inexplicable.
Tal vez era su cabello oscuro y trenzado con abandono, o la forma en que sus labios se movían cuando pensaba.
—No hay cliente —respondió Theodore—. Esta vez será una misión privada. Una investigación para la agencia. Aunque no por ello menos importante.
Iris frunció los labios y sus dedos se crisparon en el borde de la mesa.
—Eso no me lo habías dicho —murmuró, como si algo le hubiera molestado.
Un relámpago de incomodidad, casi de culpa, cruzó el rostro de Theodore por un instante.
—¿No lo hice? —dijo con absoluta inocencia, acariciándole la rodilla—. Disculpa, querida. Pensé que lo había hecho. Sí, necesitamos investigar ese portal por nuestra cuenta. Podríamos encontrar cosas interesantes.
—¿Interesantes para la agencia? —insistió ella, cada vez más molesta, aunque no supe adivinar por qué.
—Por supuesto. —Theodore sonrió y se giró hacia mí, tratando de distraer la atención del tema—. Bien. En cuanto a ti, Leonard, ¿cómo pensabas abordar el proyecto?
Lo miré sin entender.
—¿A qué te refieres?
—¿Pretendes trabajar solo por la noche, si bien entiendo? Porque eso podría suponer un problema para el resto del equipo. Es algo que no habíamos contemplado. Será mucho más difícil para ellas explorar las ruinas en la oscuridad, en un terreno tan agreste.
Mina entrecerró los ojos, esperando mi respuesta, y una maraña de pestañas infinitas dibujó líneas oscuras en su rostro.
Había algo selvático en ella; algo primal, salvaje, que me hacía pensar en ruinas mayas ocultas en las profundidades de la selva de Yucatán.
Aunque tal vez fuera solo el aroma de su sangre.
Dulce, pero con un matiz que no había encontrado antes en ninguna otra bruja.
Mágico… como polvo de hadas, flores de manzanilla silvestre y brotes de menta fresca.
—¿Y bien? —dijo Theodore, sacándome de mi estúpida ensoñación.
—Lo siento —respondí—. Supongo que debería haberlo mencionado. No pensé que fuera a suponer un inconveniente.
—Creo que deberíamos dejar que sea Mina quien decida —dijo Iris—. Después de todo, ella será la encargada de esta misión por parte de la agencia.
Un silencio tenso llenó el aire. Todas las miradas se concentraron sobre Mina. Ella alzó la vista y me miró a mí, con sus ojos oscuros cargados de preguntas. Me pregunté si ella también sentía esa extraña conexión entre nosotros, o si era solo mi imaginación, alimentada por la sed de sangre.
—¿Tenemos a otro experto en ruinas íberas dispuesto a cooperar? —preguntó ella después de un tenso silencio—. ¿Alguno más que no solo sea un entendido, sino que además comprenda la naturaleza de nuestra búsqueda?
Theodore negó lentamente con la cabeza.
—Bien. Entonces supongo que ahí está nuestra respuesta —concluyó Mina.
Un enorme peso se desprendió de mi peso de golpe.
Gracias, gracias, gracias.
Acababa de darme una oportunidad de regresar a mi vida anterior, y no olvidaría ese gesto. No la desaprovecharía.
—Espero que sepas lo que haces —me advirtió Theodore con la mandíbula tensa—. No permitiré que ningún miembro de mi equipo corra ningún riesgo, ni que pongas en peligro los secretos de mi agencia, ¿entendido?
Asentí lentamente.
—Sabré controlarme, si es eso lo que quieres decir.
Le preocupaba mi autocontrol. Y a mí también, para ser honesto.
Pero me preocupaba más aún mi salud mental.
Necesitaba un poco de normalidad en mi vida destrozada; regresar a mi rutina, a las cosas que siempre se me habían dado bien.
Esas ruinas y sus misterios eran el proyecto perfecto para volver a centrarme.
Solo iba a necesitar mantener la cabeza fría y no dejarme llevar por el instinto depredador.
Mina se arregló el elástico que ataba su trenza, haciendo que el perfume silvestre de sus cabellos llegara hasta donde yo estaba. De nuevo, algo se retorció en mi interior, dejando claro que esa segunda condición iba a ser más difícil de cumplir que ninguna otra.
—Bien, esto es todo por hoy —dijo Theodore, sacándome de mis pensamientos—. Volaremos al emplazamiento mañana. Iris, Mina, le he pedido a Johannes que os reserve los billetes de avión; los encontraréis en vuestro email. Leonard…
Me miró con detenimiento, como si dudase.
—Tú y yo viajaremos por nuestra cuenta. —Hizo una pausa, y sus ojos se convirtieron en meras rendijas, verdes y relampagueantes—. Supongo que podrás, ¿verdad?
—Por supuesto —respondí.
Mi voz sonó mucho más segura de lo que me sentía.
Cuando Mina se alejó, sentí como si se desatara una oleada de emociones contenidas. Tuve que contenerme para no seguirla.
No iba a ser fácil lidiar con su presencia constante, y la tentación de su aroma me inquietaba mucho más que cualquier peligro que pudiera enfrentar en las ruinas de Edeta.