Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 4
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Mina

La llamada de la abuela fue como un jarro de agua fría, y me devolvió la constante preocupación por mi hermano Krish que siempre hervía en el fondo de mi mente. Si no encontrábamos una solución pronto, perdería a un hermano de nuevo.

Me acerqué a Teo tratando de apartar los pensamientos negativos. El extraño del abrigo largo nos observaba a los tres desde la entrada, sin moverse.

—¿Dónde te habías metido? —me preguntó Teo—. Te estaba buscando para…

Lo miré fijamente, negando, y le hice un gesto disimulado en dirección hacia el hombre de la puerta. Él no entendió nada y me observó como si hubiera perdido la cabeza.

—El hombre del abrigo… —dije en voz muy baja para que me leyese los labios.

Solo entonces, Teo se giró y advirtió la presencia del recién llegado. Este saludó a mi jefe con la barbilla, como si ya se conocieran, y luego se acercó con porte elegante y movimientos extrañamente sigilosos.

Cuando estuvo frente a nosotros, el rostro de Teo cambió por completo. Abrió los ojos de par en par y lo estudió de arriba abajo, desconcertado. Ambos guardaron silencio unos instantes, en una profunda conversación sin palabras.

Yo me mantuve a un lado, sacudida por la extraña sensación de conocer a ese hombre: pero no de esta vida, sino de mucho antes. Había algo familiar en él, aunque no supe decidir si era algo bueno o algo tan oscuro que mi subconsciente lo había olvidado a propósito.

Iris se acercó, ajena a las turbulencias que acababa de crear el hombre del abrigo con su aparición.

—¿Hola? —dijo, ladeando la cabeza con curiosidad.

—Mina, Iris, os presento al profesor Leonard Ellington —dijo Teo, saliendo de su ensimismamiento.

Su voz sonó amable, pero algo en el chispeo de su mirada me puso en alerta.

Así que ese era el famoso profesor Leonard Ellington: el mismo que nos había dado plantón la noche anterior. Eso explicaba muchas cosas.

—Te veo bastante… —Teo carraspeó, barriendo al recién llegado con la vista por décima vez—. Bastante cambiado .

Leonard sonrió sin separar los labios, sosteniéndole la mirada, y luego nos miró a Iris y a mí.

Cuando sus ojos rojizos se posaron sobre los míos, sentí un escalofrío recorrerme la columna y di un paso atrás de manera involuntaria.

Aquellos ojos brillaban con luz interior, y por un instante atisbé en ellos un remolino mágico.

—A veces hay circunstancias que escapan a nuestro control, d’Alessandro —respondió Leonard finalmente, sin emoción alguna en su tono—. Siento haberos fallado ayer, pero tuve un imprevisto. Os pido disculpas. Si no os importa, podríamos reunirnos hoy.

Teo contestó algo, pero yo ya no estaba escuchando.

Me encontraba en una especie de trance, como hipnotizada.

Los ojos del profesor eran intensos y parecían tener una llama viva en su interior: nunca había visto unos ojos así.

Un torrente de recuerdos y emociones nubló mis sentidos de golpe; lo más curioso fue que aquellos recuerdos no parecían ser míos.

Me pareció vislumbrar un pasado compartido; momentos que jamás había experimentado en esta vida.

Algo fuera de mi control me atraía irremediablemente hacia ese desconocido, como si hubiera estado destinada a encontrarlo desde el principio de los tiempos.

Teo se percató de mi distracción y me hizo una señal para que me uniera a la conversación de nuevo.

—¿Te parece bien? —preguntó, aunque yo no sabía a qué se refería.

—Eh… ¿sí, creo? —contesté, sacudiendo la cabeza.

¿De verdad me había quedado mirando a ese extraño como una boba durante cinco minutos?

—Vamos, entonces —continuó Teo, señalando una mesa libre—. Podemos sentarnos ahí mismo. Oksana y Naomi se encargarán de los clientes. Por suerte, esta noche está poco concurrido.

Antes de encaminarnos a la mesa, Leonard extendió la mano para que se la estrechase.

—Encantado de conocerla, señorita Singh —dijo, con un tono muy distinto del que había usado con Teo: sonó mucho más amable, casi tímido.

Dudé por un segundo, pero al final se la estreché. Estaba fría, como la de un muerto, aunque no era desagradable. La energía que sentí al contacto fue eléctrica. Tuve que apartarme rápidamente.

Vampiro .

Así que ese era su secreto.

Leonard era un no muerto, y, a juzgar por la cara de Teo, a él también lo había pillado por sorpresa.

¿Cómo era posible que no lo supiera?

¿Acaso no se habían visto nunca en persona?

Aparté la mano de golpe y se me cortó la respiración al comprender que iba a tener que pasar mucho tiempo junto a este hombre de sangre fría en los próximos días.

¿Cómo había podido elegir a un tipo así?

¿Significaba eso que solo podríamos investigar por las noches?

Me esforcé por mantener la compostura y respondí, lo más calmada que pude.

—El placer es mío, señor Ellington.

Él asintió con suma educación y luego se dio la vuelta para seguir a Teo, que seguía lanzándole miradas de reojo.

Sinceramente, yo me sentía igual de confusa, aunque mis motivos eran, probablemente, bastante distintos.

Yo, Mina Singh, vegana, activista de los derechos de los animales, iba a tener que pasar una semana entera junto a una criatura que se alimentaba de la sangre de otros seres vivos.

Ya era bastante trabajar en un bar lleno de vampiros; no necesitaba que se sumaran otros a nuestro equipo de investigación.

Teo era la única excepción para mí, pero con él era diferente: después de todo, gracias a él había podido escapar de la maldición durante un par de años. Aquello iba a ser un desastre.

Nos sentamos en torno a la mesa, alejados del resto de clientes. Una vez acomodados, Teo se excusó un momento.

—Voy a por la carpeta y los planos. Lo tengo en el coche, será solo un minuto.

Iris se levantó también.

—¿Os traigo algo de beber? —preguntó, aunque su expresión dejó claro que no esperaba que Leonard pidiese nada.

Él sacudió la cabeza con educación.

—Estoy bien así, gracias.

—Lo suponía —dijo Teo secamente.

—Entonces agua para nosotras —decidió Iris, como si ya se hubiera esperado la respuesta—. Enseguida vuelvo. Vosotros mientras id conociéndoos.

Iris y Teo se marcharon, dejándome a solas con Leonard. Tragué saliva y traté de dibujar una sonrisa: ser amable por educación nunca fue mi fuerte.

—Disculpa por ayer —dijo Leonard, una vez solos—. Me habría gustado ayudaros. Vi lo sucedido, pero no pude hacer nada. Estaba… —Dudó—. Demasiado lejos.

Me quedé helada. ¿Leonard había visto a las criaturas invadir el Serenata?

No solo eso: ¿lo había visto y no había hecho nada? ¿Ni siquiera se había acercado a ayudarnos, viendo que estaban a punto de matarnos?

¿Pero quién era este inútil que me acababan de asignar como compañero de misión?

—Sé lo que estás pensando, y tienes toda la razón —dijo, asintiendo—. No soy un ejemplo a seguir en lo que se refiere a mi estirpe. Pero tendrás que perdonarme; soy bastante nuevo en esto.

—¿Nuevo? —repetí sin entender.

—Es una larga historia —musitó, observando a Iris que ya se acercaba, cargando una bandeja con agua y vasos con hielo—. No es el momento, pero solo quería decirte que siento no haber venido a ayudaros, y más aún cuando os atacó un adversario como ese. Jamás había visto algo así.

—¿A qué te refieres? —pregunté, tratando de sonsacarle para descubrir cuánto había visto, y cuánto sabía del tema.

—Bueno, no suele presentarse así, en lugares urbanos y frecuentados por mortales como este —respondió, con los ojos muy abiertos y dando a entender que no quería decir en voz alta todo lo que sabía.

—No sé de qué me hablas.

Me eché hacia atrás en la silla, alejándome de su presencia magnética, que me hacía acercarme a él cada vez más, sin darme cuenta.

—¿De verdad no sabes quién estuvo aquí anoche? —susurró.

Su susurro no escapó a los oídos de Teo, que llegó justo entonces por detrás de Leonard.

—¿Los reconociste? —preguntó incrédulo, posando su carpeta sobre la mesa y tomando asiento de nuevo—. ¿Qué eran?

—Shh —los acallé—. ¿Queréis parar? Basta ya de tonterías. Eran demonios menores, sin importancia.

—No —insistió Leonard, cruzándose de brazos—. Estoy casi seguro de que los había enviado alguien muy poderoso, e incluso juraría que era…

—¿Alguien me explica de qué va todo esto? —dijo Iris, sentándose también—. ¿Alguien muy poderoso? ¿Quién?

—Tonterías —dije, dando un golpe sobre la mesa—. ¿Podemos empezar de una vez a hablar de cosas serias?

Se hizo el silencio en la terraza, y todas las miradas recayeron sobre Leonard. Este me observó con los ojos entrecerrados y abrió la boca para decir algo, dejando entrever los colmillos. En el último momento se detuvo y apartó la vista.

—Sí, puede que Mina tenga razón. Seguramente eran solo demonios menores. Después de todo, estaba muy lejos cuando los vi. Mejor será que prosigamos con la reunión antes de que se nos amontone el trabajo.