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Mina
Aquel día no conseguí hablar con la abuela: seguramente era demasiado tarde y se había ido ya a dormir.
Le dejé un mensaje pidiéndole que me llamase en cuanto pudiese, aunque no lo hizo hasta la noche siguiente, cuando yo ya estaba de vuelta en el bar.
Pasaba de las nueve y media cuando vi aparecer la foto de perfil de mi abuela Sundari en la pantalla: una estrella de siete puntas rodeada de palomas blancas; todo muy propio de ella.
La ansiedad me invadió antes de contestar.
—¿Cómo estás, perla? —preguntó mi abuela con voz amable, que sin embargo no consiguió ocultar la preocupación que la desbordaba.
Igual que a mí.
Dejé el trapo sobre la barra y salí corriendo hacia el almacén, echándole una mirada de reojo a Iris para asegurarme de que se encargase de mi trabajo mientras hablaba.
—Hola, abuela —respondí, cerrando la puerta. Luego di un par de respiraciones profundas para calmarme—. ¿Cómo está Krish?
Hacía bastante tiempo que no veía a mi hermano pequeño.
Mi abuela y Krish se habían refugiado en un pueblecillo de la isla de Madeira después de lo de Linux, y habíamos decidido que sería más seguro para todos si me mantenía alejada de ellos.
Pero el fatídico día de su decimosexto cumpleaños se acercaba, y cada vez nos quedaba menos tiempo para encontrar esa solución que, probablemente, ni siquiera existía.
—Tu hermano está bien —contestó ella con voz temblorosa—. Pero falta una semana para el equinoccio, y entonces…
Sentí el peso de sus palabras, y tuve que sentarme en un barril de cerveza para no hundirme.
—Lo sé —dije con un suspiro—. ¿Has hablado ya con él? No podemos ocultárselo para siempre.
—No, todavía no —respondió—. ¿De qué serviría arruinar los pocos días que le quedan? ¿No es mejor que sea feliz mientras puede?
Gruñí. Si hubiera sido yo, habría preferido saber lo que me esperaba. Pero yo era yo, y Krish era Krish. Y él estaba a cargo de la abuela.
—De todos modos, ya es un hombre hecho y derecho y nada se le escapa —continuó ella—. Hoy día, los chiquillos de dieciséis son prácticamente adultos. Yo creo que sospecha algo.
Me costaba imaginarme al pequeño Krish como un adulto: en mi memoria siempre sería un niño moreno con la cara sucia y las rodillas peladas de tanto jugar al fútbol en el jardín. Nos llevábamos casi siete años, de modo que para mí siempre sería el bebé de la familia, por mucho tiempo que pasara.
—Parece mentira que haya pasado tanto tiempo —murmuré, y se me rompió la voz al añadir—: ¿Qué vamos a hacer, abuela? No podemos perderlo también a él.
Luminix se acercó a mí y me restregó la blanca y peluda cabeza contra la pierna, compartiendo mi tristeza. Él sabía muy bien lo que vendría después, pues lo había presenciado en primera persona cuando huimos juntos de nuestro antiguo hogar.
—Estoy trabajando en ello —me aseguró ella, aunque no sonaba para nada convencida—.
Investigando. Moviendo hilos. Estoy hablando con otras brujas del pueblo, y creo que podríamos encontrar una solución mejor.
Pero no es fácil, no —admitió con un suspiro, que se oyó claramente a pesar de los cientos de millas que nos separaban—.
El problema es que todo en esta vida tiene un precio, y la cuestión es si estamos dispuestos a pagarlo.
—¿Acaso tenemos elección? —pregunté compungida.
—No lo creo, perla. Ojalá pudiera sacrificarme yo por vosotros. Ya he vivido lo suficiente. No me importaría.
—Lo sé, abuela. Pero tú ya has hecho mucho por nosotros, y no está en tu mano. Cada uno debe lidiar con sus propias cargas en la vida.
—Haría cualquier cosa. Y sé que tú también.
Me callé un instante. Amaba a mi hermano más que a nada, pero dudaba tener la fortaleza de mi abuela para plantar cara a todo lo que ella había enfrentado en los últimos años. Sundari era la mujer más fuerte que había conocido jamás.
—Tendremos que conseguirlo —dije con voz entrecortada—. No podría volver a pasar por lo de Linux.
—No, esta vez será distinto —respondió ella con tono tranquilo—. Lo presiento. Y tú sabes que soy buena con las premoniciones.
—Ya. Eso es cierto.
Nos quedamos en silencio, una a cada lado de la línea, mientras Luminix ronroneaba a mis pies.
—Haremos lo que podamos, hija —dijo la abuela con voz queda—. Y no nos daremos por vencidas hasta que llegue el final.
—Lo sé. Es solo que…
Es solo que faltan solo un par de semanas, y estoy empezando a perder la esperanza , pensé, pero no se lo dije.
Sentí una súbita ráfaga de frío, como si la temperatura del cuartucho hubiera bajado de golpe.
Entreabrí la puerta del almacén tan solo una rendija, para ver qué estaba pasando fuera; en ese momento, una sombra apareció en la entrada del bar.
Un hombre alto, con un largo abrigo de cuero negro que le llegaba hasta los pies.
No recordaba haberlo visto antes por allí, pero algo lo hacía diferente de los otros clientes; su presencia era intrigante y despedía un aura magnética.
No pude ver su rostro con claridad, pero algo en él me resultó desconcertante y, en cierto modo, atrayente.
—¿Mina? —gritó Teo desde la terraza, olisqueando el aire en busca de mi rastro.
Sus pasos se acercaron, y tuve que romper el mágico momento de unión silenciosa con la abuela.
—Abuela, tengo que irme —susurré—. El jefe me busca. Tengo que volver al trabajo. Te llamaré más tarde, ¿vale?
—De acuerdo —respondió ella—. Cuídate, niña, y no te olvides de tu hermano.
—Descuida. Tú mientras tanto cuida de Krish, y dale un beso de mi parte.
—Eso será si llego. Me saca ya dos cabezas.
Sonreí un poco y colgué el teléfono.
Luego abrí la puerta y me dirigí hacia donde estaba Teo, hablando con Iris.
El recién llegado se acercó a ellos desde el otro lado, y observé con curiosidad su porte estilizado y sus movimientos silenciosos.
Justo entonces, él alzó la vista, y nuestras miradas se cruzaron.
Supe al instante que ese extraño iba a ser una distracción, y que iba a tener que luchar para apartarlo cuanto antes para poder dedicarme a mi única prioridad: salvar a mi familia de la maldición centenaria que amenazaba con destruirnos.