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Leonard
Desde el tejado de un cuarto piso, el mundo entero parecía diferente: mucho más pequeño e insignificante, pero también mucho más lejos de mi alcance.
Observé a Theodore: me esperaba, impaciente, sentado en la terraza del Serenata Nocturna.
Junto a él reconocí a la médium rubia que, al parecer, se había convertido en su nueva compañera.
Había una tercera persona a quien no había visto antes: una joven morena y menuda, con una trenza suelta algo despeinada que caía a lo largo de un cuello esbelto y tentador.
Toda ella irradiaba una peculiar belleza silvestre y un encantador aire de abandono.
Desde arriba, el Serenata Nocturna se parecía a una excavación arqueológica justo después de marcharse los investigadores: vacío y silencioso, pero aún con ecos y aromas de actividad reciente.
Las mesas y sillas estaban apiladas cuidadosamente en la terraza, como ruinas de un día agitado, y los carteles de eventos de días anteriores aún colgaban de alguna esquina, aleteando en la brisa marina.
No quedaban muchas luces encendidas, pero era más que suficiente para poder ver el panorama.
Me habría gustado unirme a la conversación, tal y como le había prometido a Theodore, pero eso no era tan sencillo.
Estaba teniendo algún que otro problemilla difícil de resolver, y por ello me encontraba al borde de un tejado y no sentado en aquella terraza, con una copa en la mano y mi libreta en la otra.
La joven se apartó la trenza a un lado, dejando su cuello totalmente al descubierto. Algo se revolvió en mi interior al ver su piel, lisa y dorada, y la intensa e inesperada atracción que su presencia despertaba en mí comenzó a abrumarme.
—Es un hombre serio, y el mejor experto en historia antigua que conozco —escuché decir a Theodore a lo lejos.
Su voz me espabiló, diluyendo un poco la sed de sangre, que había empezado a controlar mis pensamientos.
Sí, puede que yo fuera un gran experto en historia antigua, pero la única historia que me interesaba de verdad en ese momento era la que estaba ocurriendo en esa terraza, fuera de mi alcance.
Sentí una frustración profunda y me pregunté cuánto tiempo más tendría que pasar hasta que pudiera pasar desapercibido de nuevo y unirme a la gente normal en sus menesteres normales, si es que eso volvía a ocurrir algún día.
El día en que Theodore me había llamado, evité hablarle de lo ocurrido.
Sin embargo, la conversación con él me había dado esperanza: me había ofrecido una misión como las de antes, en la que podría usar mis talentos y mis estudios, y sentirme normal de nuevo.
Me ofreció volver a mi vida, aquella que tanto había amado. Aquella que ya nunca volvería.
Desde que aquella condenada bailarina egipcia había irrumpido en mi vida, nada había vuelto a ser lo mismo.
Entre otras cosas, porque llevaba seis meses oficialmente muerto.
La joven de la trenza se tensó en su asiento, y sus ojos almendrados se fijaron en un punto lejano de la terraza del bar. El gato blanco saltó de su regazo, y Theodore se levantó a echar un vistazo.
Me acerqué un poco más al borde del tejado, con un mal presentimiento en el cuerpo. Justo en ese instante, un humo espeso y oscuro comenzó a emerger de la terraza del bar.
Después se desató el caos, y no pude hacer nada para evitarlo.
Se me encogió el estómago al darme cuenta de que estaba condenado a permanecer ahí arriba, como un mero espectador, mientras la oscuridad se cebaba con esos inocentes que me esperaban abajo.
Deseé bajar y proteger a esa mujer que ni siquiera conocía. Lo deseé sobre todas las cosas.
Pero no podía.
Extendí los brazos. Quería volar, pero ni siquiera estaba seguro de cómo.
Me invadió un instinto protector; Había algo en ella que me hacía sentir conectado, como si nuestras almas compartieran un vínculo más profundo de lo que podía entender en ese momento.
Mientras luchaba contra mi propia naturaleza, sus ojos almendrados seguían apareciendo en mi mente, perturbando mi concentración y encendiendo una chispa de esperanza que no había sentido en meses.
Al final, lograron detener la hecatombe a base de espíritus animales y un saco entero de sal.
¿Era mi imaginación, o había visto la figura de alguien entre esas sombras? Una criatura tan antigua como la Tierra misma, que solo existía en las leyendas. Se me ocurrían varios nombres, pero uno en concreto destacaba entre todos.
La joven de la trenza se levantó, dando un manotazo sobre la mesa.
Suspiré, sabiendo que tendría que faltar a esa cita con Theodore… y con ella. No era correcto ni caballeroso, y me habría encantado poder unirme a ellos, pero todavía no controlaba bien ni mi transformación ni mi sed de sangre.
Ni siquiera se lo había dicho a nadie todavía; llevaba seis meses ocultándome e ignorando las llamadas de todos los que me habían conocido antes.
Uno no espera que algo así pueda pasarle.
Sabía que tendría que dar explicaciones algún día, o desaparecer por completo. A menudo, cuando la sed me llevaba a cometer atrocidades, me decantaba por la segunda opción. Pero otras veces me podía la nostalgia, y me convencía a mí mismo de que podría ocultarlo y retomar mi vida de antes.
Con un último y desesperado esfuerzo, traté de transformarme. De nuevo, fui incapaz de hacerlo.
La joven se marchó, dejando atrás un aroma a hierba y flores campestres. Al verla desaparecer, fue como si me arrebataran otro trozo más de mi vida de antes.