Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 1
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Mina

Bar Serenata Nocturna, Ibiza. Seis meses después.

Era una noche engañosamente tranquila en el Serenata Nocturna.

Estaba sentada en una mesa alta junto a Iris y Teo, escuchando el adormecedor vaivén de las olas contra la arena en vez de prestar atención a lo que decían.

El bar había cerrado a medianoche, y todos los clientes se habían marchado.

Era principios de primavera y el aire costero soplaba fresco todavía.

Luminix se había acurrucado en mi regazo para que le rascara las orejas, ahí donde no llegaba a lamerse solo.

Su pelaje no mostraba signo alguno de luz verde fluorescente, y suspiré aliviada: todo iba bien y la velada prometía ser serena y perfecta.

Pensé en cómo aquel bar se había convertido en nuestro refugio, y los compañeros de trabajo en nuestra familia. La maldición familiar se volvía agradablemente borrosa, casi invisible, cuando me enfrentaba a espectros anónimos junto al equipo del Serenata.

Mi teléfono vibró en el bolso, y al sacarlo me encontré una llamada perdida de la abuela Sundari.

Fruncí los labios, un poco molesta: era raro que me llamase tan tarde, y me pregunté si le habría ocurrido algo a Krish.

El estado de mi hermano era delicado, y lo sería cada vez más hasta la noche del equinoccio, para la cual quedaban menos de dos semanas.

―¿Dónde se ha metido el arqueólogo ese? ―murmuré, mirando la hora y reprimiendo un bostezo.

El arqueólogo, un tal profesor Ellington, era un consejero externo contratado por Teo para ayudar en la nueva misión que nos aguardaba.

El señor Ellington era, supuestamente, un experto en lenguajes arcaicos y antigüedades.

Pero, al parecer, no era tan experto en llegar puntual a sus citas, ni en avisar de que no llegaría a tiempo.

―Pensaba que los ingleses eran siempre puntuales ―comentó Iris, tamborileando sobre la mesa.

En respuesta, Teo se estiró el cuello de la camisa con sumo disgusto, como si aquel retraso fuera una afrenta nacional contra todos los británicos.

―Tu padre era inglés, ¿no? ―añadió Iris con dulzura, seguramente para suavizar su comentario anterior.

Asentí con poco entusiasmo; no tenía ganas de hablar de eso. Sacudí la mano y sorbí un poco del batido verde que me había preparado antes de recoger la cocina.

―¿Este tipo que tenía que venir hoy no es el mismo que os dio plantón la otra vez, cuando lo de los lobos en los Pirineos? [3] ―pregunté, haciendo memoria.

―No me lo recuerdes ―gruñó Teo, cada vez más afectado por la impuntualidad de su subordinado.

―¿Y qué le pasó ese día? ―insistí, sintiendo una súbita curiosidad.

―Una misión urgente en Egipto, al parecer ―respondió Teo con un suspiro.

―Desde luego, la excusa suena un poco cliché ―comenté riendo―. Arqueólogos, Egipto… Qué poco original.

Removí el batido verde con la pajita de papel y miré el reloj con un bostezo.

Se me estaban cerrando los ojos, y Luminix llevaba ya un buen rato durmiendo.

Ronroneó en mi regazo y yo le rasqué la parte inferior de la barbilla, como a él le gustaba.

Restregó la cabeza contra el dorso de mi mano, maullando suavemente en sueños.

Con la otra mano, le escribí un mensaje a la abuela:

«¿Todo bien?»

Vi cómo Teo le lanzaba a Iris una pregunta muda por encima de la mesa.

Estaba claro que esos dos tortolitos se morían de ganas por irse a casa, y pensar en ello me provocó una punzada en el estómago: mi futuro jamás incluiría algo así.

En parte, por elección propia, pero también por la maldición que arrastraba, al igual que todas las mujeres de mi familia antes de mí.

—Si no viene antes de la una, nos marchamos—propuso Iris, comiéndose a Teo con los ojos.

Asentí. La abuela no contestaba, y me estaba empezando a poner nerviosa.

—No. Necesito hablar con él hoy ―replicó Teo con el ceño fruncido―. Es un hombre serio, y el mejor experto en historia antigua que conozco.

Justo entonces, Luminix se despertó de golpe. Abrió los ojos y miró a un lado y a otro, alterado.

—No te preocupes, Luminix —lo calmé—. Si ese impresentable no aparece en cinco minutos, nos vamos a casa.

Un crujido me hizo dar un respingo, y todos nos giramos al mismo tiempo. Por detrás de la barra me pareció ver que se filtraba un fino humillo negro, acompañado de un desagradable olor a pelo quemado.

—¿Está Garrett en la cocina? —pregunté mirando a Iris.

Ella sacudió la cabeza con expresión preocupada.

—Qué va… Hace un buen rato que se ha ido, ¿no te acuerdas? Salió antes porque mañana vuela a Sídney. Su exmujer está otra vez dándole la lata con lo del divorcio.

—Ese humo huele raro —comentó Teo—. Voy a echar un vistazo.

Depositó un breve beso sobre la coronilla de Iris y se levantó de la silla, cauteloso.

Antes de que pudiera llegar a la barra, un grito agudo rompió el aire. Una criatura monstruosa y negruzca saltó sobre el grifo de la cerveza, agarrándose a él con sus zarpas mientras chillaba. Parecía un perro chamuscado, con la cabeza deforme y los ojos derretidos, semidescompuestos.

Teo se abalanzó sobre la criatura, intentando apartarla de un manotazo, pero el cuerpo del ente era fantasmal y los brazos de Teo pasaron a través de él. La criatura, sin embargo, lanzaba zarpazos de humo oscuro, que Teo se esforzó por esquivar.

De repente, media docena más de espectros negros surgió de la nada, todas con pelaje oscuro y carbonizado. Intenté usar mis poderes para conectar con los espíritus de aquellos animales, pero no pude: al parecer, no eran criaturas normales de nuestro mundo.

Me concentré con los ojos cerrados y murmuré un conjuro, invocando a las criaturas animales de los alrededores.

Una bandada de gaviotas fantasmales respondió, surgiendo de las aguas, y se abalanzó graznando sobre los espectros oscuros.

Estos saltaron por todas partes, tratando de alcanzarnos con sus garras gélidas y mortales.

Iris, con los ojos cerrados, se había subido a la barra para evitar sus garras humeantes, y se esforzaba por invocar algún otro espíritu que pudiera ayudarnos, sin mucho éxito.

Un perro espectral se lanzó sobre ella por la espalda, seguido de dos más.

Ella seguía concentrada y ni siquiera se dio cuenta.

Extendí un brazo, guiando a varias gaviotas muertas hacia ella.

Los espectros atacaban por todos lados, y sentí que mis fuerzas comenzaban a flaquear: no podría mantener aquel ejército de espíritus animales por mucho tiempo más.

Teo consiguió escapar y corrió al almacén. Regresó con un saco de sal y comenzó a echar puñados sobre las criaturas, mientras mis aliados seguían atacando. Al fin, consiguió dibujar un círculo de sal en torno a nosotros, y el humo negro desapareció de golpe con un siseo.

Agotada, suspiré con alivio y me dejé caer sobre un sillón de mimbre. Las almas errantes de aquellos perros chamuscados habían regresado al lugar del que habían salido.

—¿Qué narices era eso? —gruñó Teo, corriendo a comprobar que estábamos bien—. Gracias a Zeus eran solo espectros corrientes, sensibles a la sal. Si llega a ser algo peor, ahora estaríamos todos muertos.

—Ha sido como si se abriese un portal aquí mismo —aventuró Iris, abrazando a Teo con la respiración entrecortada.

Teo sacudió la cabeza, molesto.

—No hay portales en Ibiza —replicó—. Para crear uno, se necesitaría un artefacto embrujado, o una magia muy poderosa. Y dudo que haya nadie así en las inmediaciones. Que yo recuerde, hemos liquidado a todos los posibles candidatos.

Me mordí el labio, sintiendo un fuerte dolor de estómago de pronto.

Acababa de ocurrírseme quién podría haber sido, pero decidí no decir nada todavía.

Si era lo que yo pensaba, aquello no era nada comparado con lo que podría hacernos la próxima vez.

Y, lo peor de todo, su presencia allí significaría que nos había encontrado y había llegado la hora de huir de nuevo.