Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) Prólogo
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Prólogo

Leonard

El Cairo, Egipto.

La última vez que vi el sol, estaba ocultándose tras el horizonte del desierto egipcio. Sus rayos justicieros bañaban con luz dorada la arena que rodeaba las antiguas pirámides, dibujando largas sombras puntiagudas, tan oscuras como el pasado, e igual de dispuestas a reclamar lo que les pertenecía.

Lo sabía muy bien, pues apenas había escapado de una de esas tumbas faraónicas. A decir verdad, esperaba no tener que adentrarme en otro agujero así en mucho tiempo, por mucho que me apasionara jugar a los exploradores.

Me enjugué la frente con la manga e inspiré el aire seco del exterior mientras esperaba a que mi corazón se calmase.

Escuché los pasos del chamán, unos metros por detrás de mí.

Gracias a él, un hombre local con experiencia, había podido escapar con vida de aquellos túneles fétidos.

Me volví hacia él, todavía respirando con dificultad.

—Gracias, Abdul —dije, extendiendo todo el dinero que llevaba encima.

No era suficiente. Aquel hombre acababa de salvarme la vida. Me arranqué la cadena de oro del cuello y la añadí al montón. Si hubiera tenido algo más, se lo habría dado también.

Abdul se limitó a asentir con expresión serena y se guardó el botín con aire profesional.

—No problem, sir. Allah ma’ak.

Que Dios esté contigo.

No lo sabía, pero esa noche iba a necesitar ayuda divina y, por desgracia, la bendición de Abdul no me acompañaría.

El chamán se despidió de mí con una inclinación de cabeza y, después, desapareció caminando, como si nunca hubiera estado allí.

Estudié el horizonte y vislumbré los variopintos edificios de El Cairo: no muy lejos de allí estaba mi hotel, y doce horas más tarde estaría sentado en un vuelo de British Airlines, volviendo a casa con mi recompensa.

“Misión cumplida,” me dije, apretando el objeto metálico que abultaba en mi bolsillo.

A lo lejos vislumbré a Amir, el chófer de mi patrón, Sir Richard.

Seguía aparcado en el mismo sitio donde me había dejado por la mañana, y pareció igualmente aliviado y sorprendido de verme vivo: casi tanto como yo.

Amir me saludó, sacando el brazo por la ventanilla del viejo BMW negro.

Eché un último vistazo al dorado atardecer tras las pirámides, y luego subí al coche aspirando el aroma terroso y polvoriento de las dunas.

— Hello , Mr Ellington —dijo Amir y arrancó derrapando en el asfalto salpicado de arena.

—¿A dónde vamos? —le grité, agarrándome del asa del techo.

Amir hablaba unas doce palabras en inglés, pero tenía gran pericia para combinarlas entre sí.

— We visit Sir Richard —contestó, mirándome por el retrovisor—. Historic Cairo. Beautiful!

Entendí que me llevaba a ver a mi patrón en algún lugar pintoresco del centro histórico.

Me arrellané en el asiento, sintiendo que el cansancio caía sobre mí como un martillazo.

Acababa de sobrevivir al día más largo de mi vida, y esperaba fervientemente que Sir Richard me pagase lo acordado y me dejase marcharme a dormir cuanto antes.

Lo único que quería era tirarme en la cama fresca de mi hotel y cerrar los ojos durante un par de horas hasta que pudiera embarcar y perder de vista El Cairo.

Soportar a aquel ricachón excéntrico era una especie de impuesto; una barrera incómoda y necesaria que me separaba de mi meta.

Amir condujo a trompicones por la carretera asfaltada, hasta llegar al bullicio de la urbe.

Los viajes en taxi por El Cairo nunca se hacían aburridos, aunque el chófer y yo no hablásemos el mismo idioma.

A decir verdad, sobraban las palabras entre nosotros cuando casi todos los conductores con los que me topaba compartían la misma técnica de conducción.

Esta incluía, entre otros, la costumbre de no poner las manos en el volante para poder insultar con ellas a los otros conductores, así como manejar la radio o simplemente sacarla por la ventanilla.

Otras particularidades interesantes eran la curiosa costumbre de acelerar para que los peatones no ejerciesen su prioridad en los pasos de cebra, o de adelantar por el lado equivocado a todo tipo de vehículos que deberían de haber estado en un museo o en una granja, pero sin duda no en las vías urbanas.

El trayecto hasta el barrio histórico de la ciudad no me defraudó, y fue suficiente para hacer que mi vida entera pasara por delante de mis ojos por segunda vez en el mismo día. De paso, me quitó esa somnolencia que me había invadido después de abandonar la galería secreta de aquella pirámide.

En octubre oscurecía pronto en Egipto, y cuando nos acercamos al centro la noche era ya cerrada. Amir paró en seco el vehículo en medio de una calle abarrotada y puso los intermitentes.

— Goodbye, Mr Ellington —me dijo tan tranquilo, señalando hacia un callejón en el que prácticamente no cabía ni una bicicleta mientras los coches que iban detrás comenzaban a pitar por nuestra súbita parada.

Me pareció que Amir añadía “ Good luck” (buena suerte), lo cual sonó un poco ominoso.

No pensé mucho más en ello porque, en ese momento, mi teléfono vibró con un mensaje de Sir Richard.

Solo contenía una dirección escrita en árabe.

Deseoso de escapar de los estruendosos pitidos de los conductores de detrás, salté del coche a toda prisa, me despedí de Amir y comencé a caminar en la dirección que me indicaba la app de navegación.

Dejé atrás los locales repletos de gente y el olor a fritura de los puestos de falafel, y me adentré en la oscuridad del callejón que Amir me había señalado desde el coche: ningún occidental en su sano juicio se habría metido en una calleja así, pero yo estaba demasiado cansado para ser precavido: solo quería cobrar y largarme a mi hotel de una vez por todas.

Pasé junto a una pila de cartones y mantas en una esquina, bajo la que dormía un sintecho.

El estrecho espacio olía a orines y basura fermentada.

Continué unos pasos más y el paisaje no mejoró, hasta que la voz del GPS me indicó que había llegado a mi destino.

Mi “destino” era solo una pequeña puerta de madera ajada, engastada en una estrecha casa de ventanas protegidas por gruesos barrotes de hierro en cuadrícula, y no tenía aspecto de ser un lugar frecuentado por ricachones extranjeros.

—¿Qué puñetas…? —musité, comprobando la dirección de nuevo—. No puede ser.

¿Qué pintaba Sir Richard en un antro así? Debía de ser un error. Miré a un lado y otro, confundido, y quise llamar a mi patrón para preguntarle dónde narices estaba. Pero al darme la vuelta, la puerta se abrió con un chirrido, aunque al principio no pude ver a nadie en el umbral.

—¿Hola? —pregunté, asomando la cabeza hacia el interior—. ¿Hay alguien?

Una figura femenina emergió de las sombras, cubierta por un hermoso hijab rojo amapola.

—Mr. Ellington —me dijo con voz dulce y un suave acento árabe, extendiendo la mano hacia mí—, lo están esperando. Pase, por favor. Es por aquí.

Seguí a la mujer por la casa en penumbra, a través de un estrecho pasillo.

El aire estaba impregnado de un aroma a rancio, que habían tratado de ocultar con ambientador barato y varillas de incienso.

A lo lejos se escuchaba un ruido sordo, como una vibración rítmica y el murmullo de conversaciones a lo lejos.

Llegamos hasta una discreta puerta al final del pasillo.

Cuando la mujer la abrió, me encontré frente a una habitación sorprendentemente amplia y lujosamente decorada, con mesillas redondas colocadas sobre alfombras persas frente a un escenario en el que un grupo folclórico tocaba una música repetitiva con instrumentos tradicionales.

Tosí al respirar el aire cargado de la estancia, contaminado por el humo de los puros y el tufo a alcohol derramado.

Sir Richard estaba sentado a una mesa cercana al escenario, y lo acompañaban dos hombres que yo no había visto nunca: ambos con el mismo moreno de turista que tenía él, aunque bastante más jóvenes y vestidos con ropa ligera de lino.

Me miraron con una mezcla de curiosidad y desconfianza, frunciendo el ceño.

—Leonard, viejo amigo —dijo Sir Richard con su habitual tono autoritario, señalando la silla vacía junto a él—. Te estábamos esperando. ¿Qué tal ha ido?

Me senté, y la mujer del hijab rojo se retiró discretamente, dejándome un enorme vaso de coñac delante de las narices.

Traté de decidir qué odiaba más: el coñac, o que me llamasen viejo amigo.

—Pues he conseguido salir de ese agujero al que me enviaste, que no es poco —respondí, palpando el objeto en mi bolsillo—.

Podrías haberme dicho que los tres arqueólogos anteriores se habían quedado secos en la cámara del sarcófago.

Vaya escena me encontré al bajar. Eso parecía un banquete para escorpiones, ¿sabes?

Sir Richard sonrió sin alegría, exhalando el humo de su puro hacia arriba en una pesada nube gris.

—¿La tienes o no? —preguntó sin preámbulos.

—Sí. Pero si no llego a contratar al chamán, ahora estaría bajo tierra, como tus otros tres lacayos. Esas galerías están malditas. Y espero no haberme llevado nada a casa.

—Sabía que podía confiar en ti, muchacho —dijo satisfecho, extendiendo la mano abierta, con la palma hacia arriba—. Eres mucho más listo que los otros.

Extraje el pequeño objeto del bolsillo y lo coloqué con cuidado sobre la mesa: una llave de hierro de aspecto anodino y algo oxidado que por poco me había costado la vida.

Aunque a mí, personalmente, la única llave que me interesaba en ese momento era la de mi habitación de hotel. Eso, y la recompensa que me habían prometido.

Los tres hombres trajeados miraron la reliquia con avidez, pero no hicieron ningún movimiento.

— Buen trabajo, sí señor —dijo Sir Richard—. Sabía que eras bueno, Ellington.

El anciano caballero hizo un leve movimiento de cabeza hacia uno de sus acompañantes, y este empujó algo hacia mí con el pie: bajo la mesa había una bolsa de deporte vieja, de aspecto pesado. El tipo entreabrió la cremallera, dejando ver decenas de fajos de billetes rosados ocultos en su interior.

Un millón de libras esterlinas.

Jamás me habían pagado tanto por un trabajo, y todavía me costaba creérmelo. Sí, tendría que deducir los costes del chamán, del transporte y el hotel, pero con el resto podría hacerme con la casa de mis sueños en Southampton, con vistas al mar.

—¿Cómo diablos voy a pasar esto por el control de seguridad? —pregunté al ver el tamaño de la bolsa. Había esperado un cheque, o algo un poco más discreto.

—Relájate —respondió Sir Richard—. Ya nos hemos encargado de todo. Los guardias de fronteras están al tanto, y dentro tienes también un documento con un sello oficial. Nadie te molestará. Tengo amigos en las altas esferas.

Me levanté y traté de levantar la bolsa de deporte, comprobando que pesaba aún más de lo que parecía.

—Vale. Pues gracias. Llámame si vuelves a necesitar cualquier cosa —dije mirando hacia la salida.

Sir Richard me puso una mano en el hombro, obligándome a sentarme de nuevo mientras señalaba mi vaso lleno sobre la mesa.

—No te retires todavía, por favor —dijo—. Eso que tienes en el vaso es un Luis XIII; sería una pena echarlo a perder. Además… —Me dedicó una sonrisa que no me gustó ni un pelo—. Tengo algo que mostrarte, muchacho, y creo que te gustará. Considéralo mi regalo de agradecimiento. Un extra.

Con un suspiro, me dejé caer en la silla de nuevo y observé la asquerosa bebida color ámbar.

Soñaba con largarme de allí, pero ese hombre acababa de pagarme un millón de libras por un solo día de trabajo, y lo menos que podía hacer era beberme su maldito coñac, seguirle la corriente y ser mínimamente educado.

—¿Y en qué consiste esa sorpresa tan misteriosa? —murmuré, fingiendo beber un trago de coñac y escupiéndolo disimuladamente otra vez en el vaso.

Sir Richard debió de notar mi mal humor, porque su tono se suavizó un poco.

—Zahra —dijo con los ojos entrecerrados, casi relamiéndose—. Zahra al Layl.

—¿La Flor de la Noche?

Alzó las cejas, pestañeando.

—¿La conoces, acaso?

—En absoluto. Pero entiendo el significado.

—Créeme, muchacho, es mucho más de lo que piensas. Te prometo jamás que has visto una mujer como ella. —Su voz se volvió más grave—. Muchos matarían por verla en persona una sola vez en su vida.

Pues yo, Sir Richard, yo mataría por irme a la cama.

Las luces del local se atenuaron hasta quedar completamente a oscuras, y el murmullo de los presentes disminuyó.

Los músicos comenzaron a tocar una melodía lenta y seductora, y justo en ese momento un rayo de luz explotó al fondo del escenario, mientras hacía su entrada la mujer más bella que había visto nunca.

Me quedé boquiabierto, olvidando de sopetón mi absurdo deseo de marcharme cuanto antes.

Ante mis ojos estaba Zahra al Layl, La Flor de la Noche.

Zahra era la mujer más misteriosa y deseada de El Cairo, pero también la femme fatale que sellaría mi destino, enseñándome a desconfiar de todas las demás.