50
Raoul
El funeral de Federico Molina en Sierra Nevada fue el más triste y emotivo que recordaba, y me hizo sentir nostalgia por el sepelio que jamás tuvo mi padre. Al menos, Penélope parecía haber recobrado la cordura una vez que Selena destruyó el Prisma, lo cual era una buena noticia.
Tener a Selena a mi lado, y su promesa de permanecer ahí siempre, lo hizo todo más llevadero; sobre todo, cuando toda la manada de Freddy se reunió alrededor de su pira ardiente para aullar a la Madre Luna, rogando que lo acogiese de vuelta en su seno.
Añadí un ruego silencioso por mi padre, deseando que también estuviera con Ella, a pesar de no haber tenido una despedida como esa.
Al día siguiente, Selena y yo regresamos a Ibiza solos en coche. Mina se tomó unos días libres para unirse a un retiro de meditación, y nosotros aprovechamos el viaje para hablar de la vida, del trabajo en la agencia y de nuestros planes de futuro.
Había algo que, sin embargo, no me dejaba dormir, y decidí preguntárselo sin rodeos.
―¿Te gustan los niños? ―le solté por las buenas, sin quitar la vista del volante.
―Depende. ¿Para comer o para compañía?
La miré de reojo. A fin de cuentas, era una bruja.
―Interpreta la pregunta como quieras ―dije al final.
Selena rio y me dio una palmada en el brazo.
―Me gustan ―dijo―. Pero de momento, prefiero los de los demás. A lo mejor dentro de muchos, muchos años…
―No quería decir ahora ―respondí, sintiendo que me subía el rubor a las mejillas.
―Ya lo sé, tonto ―dijo, dándome una palmadita en el hombro―. La respuesta es sí, me gustan. Sobre todo, si son contigo. Seguro que algún día tendremos unos maravillosos cachorritos peludos correteando por ahí.
―Espero que se parezcan más a ti ―repliqué riendo.
Me puso la mano sobre la rodilla, sonriendo. Yo seguí conduciendo en silencio durante un rato, adelantando a algunos vehículos, viendo a otros pasar por nuestro lado. Ellos no lo sabían, pero en aquel momento, en aquel lugar, yo era el hombre más feliz de la tierra.