Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 49
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Selena

Los días siguientes pasaron como un torbellino.

Tanaya, la hermana de Raoul, se presentó en la casa poco después de la pelea.

A su llamada acudió también su madre, que abrazó a su hijo con lágrimas en los ojos.

A la mañana siguiente fueron apareciendo el resto de habitantes de la aldea, los pocos supervivientes que habían permanecido en el clan Montblanc tras la muerte de Léonide, el padre de Raoul y verdadero alfa.

Tanaya y su madre nos acogieron a Raoul y a mí en su cabaña, pero Penélope pidió que la dejásemos regresar a su habitación de hotel en Aínsa. Tras consultar a Teo, que envió a un vampiro que vigilase su ventana las veinticuatro horas del día, este dio el visto bueno y la dejamos marchar.

Unos días más tarde nos llegó una tarjeta postal de Penélope, invitándonos a asistir al funeral de Freddy; se celebraría en el sur de España, en las cumbres de Sierra Nevada, de donde él era originario.

Aceptamos la invitación, a pesar de ser tan solo un día después de la investidura de Raoul como alfa de su manada.

Toda la aldea parecía aliviada de haberse deshecho de Damir, que gobernaba con absoluta tiranía y había despojado a sus subordinados de lo poco que ganaban trabajando o lo que cultivaban en el campo.

Una de las más aliviadas era Tanaya, que había sido acosada por aquel oscuro individuo durante años; pero aún más la esposa del difunto alfa, Bruna, que había sufrido maltratos desde el mismísimo día de su boda.

Nadie, a excepción de Chamu, echaría de menos a Damir Montblanc, cuyo corazón estaba corrompido incluso antes de ser infectado por la Oscuridad de la Umbrícora tras robarles el prisma a mis padres.

El día en que se cumplía una semana exacta de la muerte de Damir, todos los cabeza de familia de la zona se reunieron para investir a su nuevo líder.

La deliberación duró desde el amanecer hasta bien entrada la tarde.

Mientras la madre de Raoul estaba ausente, decidiendo junto a los otros ancianos, los jóvenes nos dedicamos a limpiar la antigua casa y tratar de eliminar la mugre y la desolación que se habían impregnado en sus muros durante los años en que fue habitada por Damir y su hermano.

A las cinco en punto de la tarde, un coro de aullidos anunció que los ancianos habían llegado a un acuerdo.

―Es la hora ―dijo Raoul, tomándome de la mano y guiándome hasta el claro donde se celebraría la reunión.

Mina nos siguió, cargando alegremente una caja llena de magdalenas veganas que había asado en el horno de Tanaya. Pensé en decirle que a los lobos no iban a gustarles, pero no quise quitarle la ilusión.

La hermana de Raoul, casi tan alta como él, se había puesto sus mejores galas, y recordaba a una princesa celta con sus gruesas trenzas rojizas y su vestido verde. Nos esperaba fuera de la casa, junto al sendero.

―Bienvenido de vuelta, hermanito ―dijo Tanaya, dándole una palmada en la espalda a Raoul―. Siempre te mereciste ocupar tú el puesto de nuestro padre. Quiero que sepas que todos estamos muy orgullosos de ti, y también muy felices de que hayas regresado.

La ligera nevada de los días anteriores ya se había derretido, dejando tras de sí una calma apacible.

Caminamos juntos hasta llegar a un claro en el bosque, donde habían colocado varias piedras grandes en el centro, formando un círculo.

Sobre estas había dos ancianos y dos ancianas sentados, entre ellos la madre de Raoul.

Nos sentamos a su alrededor, junto al resto de la manada.

―Los mayores hemos decidido ―dijo una mujer, que parecía la más anciana de todas―, y creemos que es justo que Raoul Montblanc, heredero legítimo de Léonide, sea el nuevo alfa de esta manada.

Un fuerte aplauso se levantó entre todos los presentes, y me pareció que a Raoul se le tornaban los ojos vidriosos.

―Gracias… ―comenzó a decir, pero se le rompió la voz.

―Un momento ―lo interrumpió la anciana, alzando el brazo―. Los mayores no hemos terminado. Tenemos una condición inquebrantable.

El silencio cayó sobre el claro, y todos la observamos expectantes, sin saber qué podía venir a continuación.

―Como alfa de la manada, se espera de ti que nos des un heredero. Por lo tanto, los mayores te elegiremos a una esposa entre las lobas de los clanes vecinos. Una mujer fértil y hermosa, que será la honra de los Montblanc, igual que lo fueron tu madre y tu abuela.

Sentí que se me estrechaba la garganta, pero no dije nada.

Ese era su hogar.

Ese era su destino.

Ese era el cargo para el que Raoul había nacido, y no el humilde puesto de guardaespaldas en un bar de copas que había ostentado hasta la fecha.

Le apreté el antebrazo y me acerqué a su oído.

―Yo… ―musité―. Me alegro mucho por ti. Enhorabuena.

Se dio la vuelta y me miró, horrorizado.

―Dijiste que me amabas ―susurró en mi oído, mientras los presentes comenzaban a cuchichear. Nos miraban y hablaban entre ellos, intrigados por nuestra conversación a escondidas y la falta de respuesta de Raoul a su nombramiento.

―Y te amo ―susurré de vuelta, tratando de no llorar―. Y siempre te amaré. Pero este es tu destino, y no puedo apartarte de él.

―Yo decido mi destino ―replicó, y se puso en pie.

Toda la manada lo observó, en un silencio tenso.

―Queridos mayores de la manada, queridos hermanos y primos ―comenzó Raoul, saludándolos uno a uno con la cabeza―. Es un honor recibir este cargo tras la votación unánime de todos los miembros del clan. Os lo agradezco, y soy consciente de que este camino ha estado marcado para mí desde que nací.

Mis ojos se encontraron con los de Tanaya, y esta esbozó una sonrisa torcida y se llevó las manos a la cabeza, como si ya supiera lo que estaba por venir.

―Acepto el cargo ―dijo Raoul con voz de trueno.

Pensé que iba a morirme al instante, pero la vida nunca era tan piadosa, y permanecí allí con el corazón roto y los ojos llenos de lágrimas al comprender lo que sus palabras implicaban.

―Lo acepto, y como alfa de la manada, abdico en mi hermana Tanaya, que permaneció aquí durante todos estos años y sostuvo a la comunidad económica y moralmente.

Tanaya es la verdadera merecedora del puesto, y la verdadera alfa.

Además, no puedo aceptar a la esposa que los mayores me proponen, porque mi corazón ya pertenece a otra para siempre.

Un murmullo invadió el bosque, y los mayores miraron a Raoul, escandalizados.

Sin embargo, como alfa, tenía derecho a tomar esa decisión.

―¿Y quién, si se puede saber, es esa mujer por la que lo vas a abandonar todo, tu deber vital y tu cargo por derecho? ―preguntó un hombre al fondo, cruzándose de brazos. Se parecía bastante a Damir y Chamuel, y sospeché que debían de estar emparentados.

Raoul me tendió la mano, haciendo que me levantara y me pusiera en pie a su lado.

―Esta mujer es Selena Herrera, y la seguiría hasta las mismas puertas del infierno, sea o no una loba como nosotros. ―Hizo una pausa y me miró con una sonrisa astuta que solo yo pude ver―. De hecho, ya la seguí una vez y me trajo de vuelta, y volvería a hacerlo en cualquier momento.

Guardó silencio un momento, mirándome con tanto amor como nadie me había mirado jamás.

―No existe deber más importante que cumplir con nuestro destino, y el mío es compartir mi vida con ella, por los años que me queden ―dijo para terminar.

Una adolescente comenzó a aplaudir despacio, y a esta se le unieron varios más. Pronto, todos menos el hombre que se había quejado estaban aplaudiendo. El hombre se marchó, airado, y Tanaya se puso en pie, acallando el aplauso con los brazos extendidos.

―Gracias, gracias ―dijo, sonriendo―. Queridos primos, queridos vecinos, tengo una buena noticia para vosotros: tendréis un nuevo alfa, y será justo, bueno y honesto.

Querido hermano… ―añadió después, haciéndole una pequeña reverencia a Raoul con su vestido verde―.

Gracias por el nombramiento… acepto el cargo.