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Selena
Aterrada, salí al jardín y di la vuelta a la casa.
Los primeros copos de nieve habían comenzado a caer suavemente, y el frío penetraba hasta los huesos.
El aire estaba cargado de un silencio profundo, solo interrumpido por el suave crujir de la hierba escarchada bajo mis botas al avanzar con cautela sobre el terreno resbaladizo.
La parte trasera de la casa había sido construida al borde de una pendiente escarpada, y tuve que caminar con cuidado para llegar hasta donde él estaba sin caer al vacío.
Me pareció que Mina me seguía, pero no le presté atención.
Raoul, en su forma de lobo, estaba tendido sobre una roca helada. Varios metros más abajo se adivinaba el cuerpo inerte de su adversario.
Raoul no estaba muerto, pero le faltaba poco para estarlo.
Posé las manos sobre el pecho del lobo, sintiendo la suavidad de su pelaje y el sorprendente calor de su piel. Estaba cubierto de sangre y heridas, y mostraba desgarros en varias zonas. Sentí una culpa espantosa al pensar en mi veneno, que se habría filtrado en su sangre a través de las lesiones.
Invoqué por él a la Madre Luna, protectora de los lobos; a los espíritus de los ancestros y a todas las diosas paganas que mi madre me había enseñado.
Me sentí transportada a esa noche años atrás, cuando había intentado salvar a mis hermanas, las gemelas, sin éxito; de vuelta al día en que había aprendido, por la fuerza, que mi magia era la más inútil de todas y que jamás sería capaz de hacer nada especial, porque, tal y como Penélope había dicho: «solo servía para hacer infusiones de hierbas».
El cuerpo de Raoul permaneció inmóvil, sin cambios.
La capucha roja me cayó sobre el rostro, resguardándome de los copos de nieve. Me impedía mirar hacia fuera, pero me obligó a mirar hacia adentro; hacia mi corazón de niña, hacia la pequeña Caperucita que ya nunca más tendría miedo al lobo…
«Principium fundamentale medicinae est amor.»
El principio fundamental de la medicina es el amor.
Esa cita de Paracelso me había acompañado toda la vida, en la primera página del diario de mi madre, pero había necesitado veinte años para entenderla.
Posé las manos de nuevo sobre su cuerpo; esta vez directamente sobre su corazón, que aún latía, aunque muy despacio.
El lobo comenzó a transformarse en hombre, en una transmutación milagrosa, casi alquímica, de bestia a humano y de muerto a vivo.
Inspiró profundamente y abrió los ojos, moviéndose un poco.
Lo tomé por los hombros, aquellos hombros anchos y poderosos, incapaz de creer que mis humildes poderes hubieran podido matar a un hombre y devolver a otro a la vida. Mis poderes inservibles, que ni siquiera eran magia de verdad…
Pero, al parecer, sí que lo eran.
Raoul se incorporó sobre un codo y me miró con admiración.
―Selena… ―murmuró con voz cálida―. Mi Selena. ¿Sabes que tu nombre es la luz de la Luna… la Señora de todos los lobos?
Sonreí. Lo sabía. Él continuó.
―Siempre serás mi ama y señora. Viviré para servirte ―dijo, irguiendo la espalda con dificultad.
―No necesito un sirviente, sino un compañero ―le dije, abrazándolo.
Estaba tan aliviada de verlo consciente de nuevo que no me importaba lo que dijese. Habría podido decir cualquier cosa y me habría hecho feliz, mientras estuviera vivo y conmigo.
―Ven, vamos dentro, que aquí hace frío ―le dije, tratando de ayudarle a levantarse.
Él negó con la cabeza, obligándome a sentarme de nuevo a su lado.
―No. Espera. Esto es importante.
Pensé que quizás estaba aún aturdido por el veneno. Tenía que ser paciente; después de todo, lo había envenenado yo.
―Tengo que decirte algo ―insistió.
―Claro. Dime ―contesté con dulzura, como si le hablara a un niño.
―Te amo, Selena ―dijo sin preámbulos―. Desde el primer momento en que te vi lo supe, pero nunca tuve el valor de decírtelo. Es lo que tiene la muerte: cuando la ves de cerca, te das cuenta de todo lo que nunca llegaste a decir.
Sonreí con lágrimas en los ojos, sin saber qué contestar. Luego me abracé a su pecho enorme y desnudo, y nos fundimos en un beso apasionado, mientras le susurraba al oído: «Yo también te amo».
Habríamos permanecido así el resto de la noche, pero los pasos de Mina acercándose hicieron crujir la hojarasca.
Nos separamos, hambrientos el uno del otro.
―La magia curativa es la más fascinante de todas ―dijo Mina, acercándose.
Me giré a mirarla y al fijarse en que Raoul estaba completamente desnudo se sonrojó hasta las puntas de las orejas. Se quitó la chaqueta y nos la lanzó, dándose la vuelta.
―Anda, tápale a ese hombre sus atributos, que me estoy poniendo nerviosa. Os espero en la casa.