Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 47
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Selena

Penélope estaba en pie al fondo del pasillo, sosteniendo en las manos tres trozos de cristal brillante: los dos que yo ya conocía, y uno mucho más grande que no había visto hasta entonces.

Si no hubiera sido completamente imposible, habría jurado que brillaban con luz negra, absorbiendo la poca luminosidad que había en la casa en vez de emitirla.

―Bueno, bueno, parece que la curandera ha hecho un buen trabajo. ¿A dónde iban, señoritas? ― dijo Penélope, bloqueándonos el paso.

Al ver lo que sostenía en las manos, lo entendí todo de pronto.

―Ya tienes lo que querías, ¿verdad? ―le espeté con rabia―. Nunca planeaste compartir el prisma con esos lobos. Lo querías para ti, y traernos aquí era parte de tu plan. Así Raoul haría el trabajo sucio por ti, los quitaría de en medio, y tú podrías marcharte con tu premio y sin mover un dedo.

―¡Brillante! Para no tener un máster como yo, eres bastante espabilada.

―¿Mataste también a Freddy? ¿A tu propio esposo?

Penélope puso los ojos en blanco. Mina puso las manos tras la espalda, y escuché un sonido suave, como si estuviera frotándose los dedos.

―Ah, no ―suspiró Penélope, aunque su rostro no parecía apenado, sino más bien resignado―.

Mi Freddy, que la Madre Luna lo guarde, se mató él solo.

Era bueno, hasta el punto de ser tonto. Pero no sabía controlar el poder del prisma.

La Oscuridad comenzó a apoderarse de él después de manejar el prisma durante tanto tiempo y bajo su influencia trató de atacarme.

Eso fue la tarde en que encontramos el segundo fragmento.

Él se dio cuenta y huyó solo al bosque para evitar hacerme daño.

Esa flecha feérica era suya; las coleccionaba.

En cuanto la vi, lo entendí todo. Se lanzó él mismo sobre la punta cuando perdió el control.

Yo no tuve nada que ver. Si no me creéis, podéis comprobarlo.

Tenemos decenas como esa en nuestra casa en Granada.

Unos crujidos bajos resonaron por el techo, cerca de la lámpara, que colgaba en el centro del pasillo. Penélope alzó la vista y olisqueó la zona. Se encogió de hombros.

―Ratones ―dijo con indiferencia―. Me gustan más asados, pero crudos también los soporto. ¿Y a vosotras?

―No te creo ―dije, ignorando su pregunta tonta y acercándome a ella con los brazos cruzados―. Sigo pensando que mataste a Freddy. Estás obsesionada con esos cristales… creo que eres tú la que ha sido poseída por la Umbrícora, y ni siquiera lo sabes.

Penélope estalló en carcajadas. Luego colocó los trozos del prisma sobre un aparador estrecho, a un lado del pasillo. Los giró hasta hacer coincidir las aristas, como las piezas de un puzle, pero sin llegar a juntar los fragmentos.

―No estoy mintiendo, y como heredera de los Guardianes del Prisma deberías saberlo.

―Clavó sus ojos en los míos, satisfecha al comprobar que me había dejado sin palabras―.

Sí. Sigue sorprendiéndome que toda tu familia muriera por ello y tú ni siquiera lo sepas.

¿Por qué piensas que los Montblanc asesinaron a tus padres y a tus hermanas?

¿No pensarías que era por el dinero que tenían en casa, pobres ratas de alcantarilla?

La lámpara se balanceó sobre Penélope, y los crujidos aumentaron. A mi lado, Mina tenía los ojos entrecerrados, y sus labios se movían de manera casi imperceptible.

―Dicen que los Guardianes del Prisma son los únicos que pueden sujetar el prisma completo en sus manos sin ser poseídos por su poder oscuro.

Pero has visto que yo lo he hecho, y no me ha pasado nada.

―Penélope sonrió, satisfecha―. Llevo décadas estudiando este artefacto, y todas mis teorías confirman lo que ya sabía: no solo los Guardianes pueden utilizarlo para su beneficio, sino cualquiera de voluntad fuerte y con un buen plan ―dijo triunfante.

―Como tú, claro ―añadí, aunque era obvio.

―Ya dije que eras bastante lista para una pobre pueblerina sin estudios. Bueno, ahora la pregunta es la siguiente: ¿queréis uniros a mi causa, o preferís morir cuando desate la Oscuridad y esta os arrastre a los infiernos?

Mina abrió los ojos de golpe, con el rostro enrojecido de furia, pero no dijo nada.

Se oyó rascar en el techo, esta vez tan fuerte que Penélope dejó de hablar y se quedó mirando la lámpara, boquiabierta.

En ese momento, la lámpara cayó al suelo, junto a un montón de pedazos de yeso, telarañas y polvo.

Entre los escombros se encontraban decenas, quizás cientos de ratones, que se lanzaron sobre Penélope y la cubrieron como un macabro abrigo de armiño, mordiendo cada pulgada de su cuerpo.

Penélope chilló mientras los ratones se la comían viva, y Mina me hizo un gesto con la barbilla, señalando la puerta principal.

―¡Vamos! No podré controlarlos por mucho más tiempo ―me dijo―. Estos pequeñines ya me han hecho bastantes favores…. ¡Ve a buscar a Raoul, rápido!

Apreté los dientes, horrorizada ante la escena, y salté por encima del cuerpo de Penélope, que se retorcía en el suelo cubierta de roedores ensangrentados. Agarré los tres trozos del Prisma, y al hacerlo, se juntaron y se fundieron en una sola pieza.

Una espiral de humo me envolvió como un tornado, y la casa desapareció de mi vista. Por mi mente pasaron a cámara rápida cientos de escenas de mi niñez con mis padres, hasta regresar a la última y fatídica tarde en el bosque, la última en que vería a mi madre, y a su canción:

«Guardianas del secreto, en la noche sin final,

Con el viento como eco, nuestro deber vital.»

Guardianas del Secreto…

¿Era ese el secreto de mamá? ¿El secreto por el que la mataron, y por el que yo había crecido huérfana y sola?

El oscuro remolino giró cada vez más rápido, creando lo que parecía un agujero en el suelo, con los bordes metálicos y el interior negro como las plumas de un cuervo.

El prisma había abierto un portal a la Umbrícora.

Si yo era una verdadera Guardiana, debía de tener el poder de destruir un portal si se volvía demasiado peligroso. ¿Era eso lo que trataba de hacer mi madre en el bosque, cuando huyó de la casa y Damir Montblanc la interceptó?

Fuera como fuese, tenía que destruirlo, y cuanto antes.

Sujeté el prisma, ahora perfectamente hexagonal. La geometría de sus lados y ángulos era tan exacta que parecía irreal.

Alcé el brazo, decidida a lanzar aquel artefacto diabólico al otro lado, concentrando toda mi magia y mi voluntad en aniquilarlo para siempre.

―¡No! ―gritaron al unísono Mina y Penélope, con voz atormentada.

Pero era demasiado tarde. El proceso había empezado y era imparable.

Lancé el prisma dentro del portal de humo negro, y el pequeño artefacto de cristal desapareció dentro. Al instante, el humo desapareció por completo, y pude volver a ver la casa a mi alrededor.

Los ratones se habían marchado, y Penélope seguía viva, aunque cubierta de sangre y mordeduras en un rincón. Mina me miraba aterrada.

―Lo he hecho. Lo he destruido ―dije quedamente―. Este ya no volverá a arrastrar a nadie a la Oscuridad, ni nadie volverá a matar por esa maldita cosa.

―Pero Selena… ―musitó Mina, tapándose la boca con las manos―. Penélope dijo algo… y creo que tiene razón.

Penélope gimió desde el suelo, palpándose los labios descarnados. Era una visión tétrica, pero al menos estaba viva.

―¿Qué dijo? ―pregunté, atándome el pelo de nuevo para quitármelo de los ojos.

―Dijo que habrías podido usar el poder del prisma para salvar a Raoul… y creo que es cierto.