46
Selena
―¿Estás loca? ―me espetó Mina, empujándome para hacerse hueco junto a la ventana.
Más abajo se observaba solo la sombra de un lobo, que según mis cálculos tenía que ser Raoul.
Estaba tendido de costado, y en la oscuridad, a esa distancia, era imposible saber si todavía respiraba.
El cuerpo de Damir había desaparecido de nuestra vista, tragado por el barranco, y junto a él la niebla negra.
Mis ojos habían quedado clavados en el lobo inerte, mientras trataba de superar el shock de lo que acababa de hacer.
―¿Qué quieres decir con eso? ―insistió Mina, sacudiéndome por el hombro―. ¿Cómo puedes haberlos matado tú, si estaban ahí abajo, peleándose entre ellos, y tú estabas aquí encerrada conmigo?
Me obligué a parpadear y flexioné las muñecas, esforzándome desesperadamente por recobrar el control de mi cuerpo y, en particular, el habla.
―Fui yo ―dije tragando saliva y evitando la mirada de mi amiga―. Los envenené.
―¿Pero qué dices? ―Mina tiró de mí hacia la cama, observando el hueco en la pared con anhelo―. Deja de decir tonterías y salgamos de aquí de una vez. Desde aquí dentro no podemos ayudar a nadie, ¿es que no lo ves?
Mientras yo miraba por la ventana en shock, Mina había conseguido retirar el resto de tablas ella sola. Al estar podridas por la humedad salieron con bastante facilidad.
Nos escurrimos por el hueco en la pared, y encontramos al otro lado una habitación casi idéntica.
Mina se llevó el dedo índice a los labios y se acercó de puntillas a la puerta, asomándose con cuidado para mirar el pasillo.
―Todo en orden ―murmuró, tomándome de la mano―. No hay nadie. Vamos.
Bajamos lentamente, sintiendo que con cada crujido de los escalones se nos encogía el estómago. Llegamos hasta el piso de abajo, que estaba en completo silencio.
―¿Se habrán ido todos? ―me pregunté en voz alta.
―Eso parece ―contestó Mina, buscando por dónde estaba la salida.
―Escúchame ―dije, incapaz de mantener mi secreto dentro un segundo más―. Mientras estaba en el baño, hice una poción venenosa de corteza de endrino y se la di a Raoul.
―Es imposible hacer una poción tan potente con eso, y menos con agua del grifo ―replicó Mina, agitando la mano en el aire―. Déjate de tonterías.
Miré a un lado y a otro, asegurándome de que no quedaba nadie en la casa.
―No lo entiendes. La embrujé para hacerla cien veces más potente. Mi madre tenía un libro de hechizos, ¿recuerdas? Ese que llevo siempre conmigo.
―¿Ese con la frase en latín en la primera página? «Principium fundamentale medicinae est amor». ―recitó orgullosa―. Me lo sé hasta yo.
Agité la cabeza; eso no era relevante en ese momento.
―Le dije a Raoul que se impregnara las uñas con mi poción, porque sabía que más tarde o más temprano se las clavaría a Damir.
―Muy inteligente. ¡Enhorabuena por la idea, deberían de darte un premio Nobel de medicina! ―dijo Mina impresionada, pero yo la interrumpí, deteniéndome en seco en medio del corredor.
―No, no lo entiendes. Raoul también tenía heridas. Estaba ya herido cuando llegó, porque un vampiro lo atacó cuando estaba conmigo. Seguramente, la poción entró también en su torrente sanguíneo, y lo peor es que…
Me callé, incapaz de decirlo. Sentí el ardor de las lágrimas en los ojos, y contraje el rostro en un vano intento de contenerlas.
―Que lo sabías ―Mina terminó la frase por mí―. Que sabías perfectamente lo que estabas haciendo.
Me eché a llorar y me acurruqué contra su pecho, en medio de la oscura casa vacía.
―No sabía qué hacer, Mina ―sollocé―. Ni siquiera sabía si podía fiarme de él, ¿me entiendes?
―¿Fiarte de quién? ―preguntó una voz al fondo del pasillo.
Ambas nos quedamos congeladas.
Al parecer, todavía quedaba alguien en la casa.