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Selena
Damir soltó un improperio desde el pasillo, y escuchamos sus pasos pesados alejarse escaleras abajo. Mina y yo seguíamos encerradas en la habitación, fingiendo que yo llevaba a cabo un complejo hechizo curativo.
―Vigila esa puerta ―le dijo Damir a Penélope antes de marcharse.
Al otro lado se hizo el silencio, aunque el crujir de las tablas del suelo dejaba claro que Penélope seguía fuera sola, caminando de un lado a otro del pasillo mientras montaba guardia.
Mina y yo nos miramos, conteniendo la respiración.
Un estruendo de objetos rotos llegó desde el piso de abajo, acompañado de golpes y rugidos. Luego escuchamos cómo Penélope bajaba corriendo también.
El bullicio se trasladó al exterior, y me acerqué a la ventana para ver qué estaba pasando. Mientras tanto, Mina había empujado la cama a un lado y estaba agachada detrás de ella, escarbando frenéticamente en el muro forrado con tablas verticales de madera.
―Creo que han encontrado a Raoul ―musité, peleando con el cierre de la ventana―. Hay varios lobos ahí fuera, mira…
―¿Raoul está aquí? ―preguntó Mina sorprendida, levantando la cabeza―. ¿Cómo ha conseguido encontrarnos?
―No estoy segura ―respondí―. Aunque me pareció escuchar que querían hacerlo venir. Algo de usarme como señuelo.
Por la ventana vi cómo uno de los lobos atacaba a otro, hiriéndolo en la cara; el lobo herido salió arrastrándose y se ocultó entre unos arbustos. De la oscuridad surgió otro, que se lanzó sobre el primero.
Dos contra uno: solo con ver la proporción me quedó claro cuál de ellos era Raoul, y cuáles eran Damir y Chamu.
Mina seguía hurgando entre las tablas de la pared. En una mano sostenía a uno de los ratones, cerca de la oreja, y asentía como si le estuviera explicando algo.
―¿Tienes una cuchara? ¿Cualquier cosa para hacer palanca? ―preguntó sin mirarme.
Miré a mi alrededor, sin ver nada que pudiera servirle.
Entonces recordé el cierre de la ventana del baño: había un tornillo plano que la mantenía en el sitio por una esquina, y que podía extraerse, tal y como me había mostrado Raoul un rato antes.
Pasé la mano por el interior del marco: esta ventana también tenía un cierre igual.
Saqué el tornillo y se lo tendí a Mina, observando de reojo sus movimientos, pero sin perder de vista a los lobos que peleaban tras la casa.
Estaban enzarzados en una lucha sangrienta, y rodaban junto a una escarpada pendiente que caía en picado junto a la parte trasera del edificio.
Me sentí impotente, de pie junto a esa ventana y atrapada dentro, sin poder hacer nada.
―¡Lo tengo! Sois unos genios ―exclamó Mina, apretando suavemente al ratoncillo contra su pecho.
Una de las tablas cedió, dejando entrever un espacio hueco al otro lado.
―Es una partición falsa ―me aclaró con una sonrisa, golpeando la pared de madera con los nudillos―.
Seguramente dividieron una habitación más grande en dos, y entre ambas colocaron solo estas tablas, clavadas a un entramado de madera.
Si quitamos unas cuantas, podremos pasar a la habitación de al lado.
Esos pequeñines dicen que está vacía y la puerta está abierta.
Asentí, reticente a abandonar mi puesto junto a la ventana.
―Vamos, ¿a qué esperas? ―me apremió Mina―. ¡Hay que largarse antes de que vuelvan!
Los lobos rodaban por las rocas, ensangrentados entre zarpazos y mordiscos. A la luz de la luna, sus cuerpos eran indistinguibles para mí.
Entre Mina y yo conseguimos quitar tres tablas más, suficientes para poder pasar. Tal y como había predicho mi amiga, en medio había un espacio hueco hecho de listones muy separados, y otra pared de tablas finas al otro lado.
―Venga, cuatro tablas más y lo tenemos ―dijo con los ojos destellando de satisfacción.
Un aullido me desgarró los tímpanos, y me levanté de golpe, corriendo hacia la ventana.
Damir estaba subido a una roca, con el pelaje lleno de manchas oscuras. Un poco más abajo se encontraba Raoul, tendido de costado y sin fuerzas.
Contuve la respiración, esperando el impacto final.
Damir se preparó para saltar sobre Raoul.
Una espesa niebla negra subió desde el barranco, y comenzó a enroscarse en torno a los dos lobos.
Cuando Damir se impulsó, la imagen era borrosa debido a la niebla; pero desde donde yo estaba pareció que había calculado mal el salto.
Parecía mareado, a punto de perder la conciencia.
El enorme lobo resbaló y se despeñó barranco abajo mientras yo observaba desde arriba, petrificada.
El ruido sordo de su cuerpo al golpear el fondo del despeñadero sonó como un tambor funerario.
―¿Qué está pasando ahí fuera? ―preguntó Mina, saliendo por primera vez de su euforia tras haber dado con la salida.
―Creo que Damir está muerto.
―¿Muerto? ―la voz de Mina tembló―. ¿Raoul lo ha matado?
―Creo que he sido yo ―dije con voz lúgubre―. Y creo que a Raoul también.