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Raoul
En cuanto entré en el recibidor de la casa, un lobo gigantesco saltó sobre mí, seguido por otro más.
“Omega apestoso, méate en los pantalones como muestra de respeto, y te mataremos más rápido”, dijo Damir, forzando el enlace telepático para adentrarse en mi mente.
Caí bajo su peso, con la desventaja de ser el único de los tres con un cuerpo de humano.
Me protegí la cabeza con las manos para amortiguar el impacto contra el suelo y ambos lobos se encaramaron sobre mi pecho, sujetándome contra el pavimento.
Gruñían y salivaban con rabia, sedientos de violencia.
Traté de apartarme hacia atrás, pero choqué contra un enorme perchero de hierro lleno de abrigos, que se tambaleó sobre mi cabeza.
“Te dije que no volvieras más, perro apestoso”, continuó Damir, tan cerca que podía oler su aliento fétido sobre mi cara. “¿Qué parte es la que no entendiste?”
Una gota de saliva caliente me salpicó el ojo, y giré la cara hacia un lado para apartarme. Poco a poco, fui extendiendo la mano que tenía debajo de la mejilla.
Damir le dio un empujón a Chamuel: nunca había sido muy amable con su hermano pequeño, a pesar de ser el seguidor más fiel y estúpido que tenía, lo cual era decir mucho de los pocos Montblanc que aún profesaban respeto a ese alfa patético que un día mató a mi padre.
Chamuel se apartó a un lado, gimiendo con el rabo entre las piernas, y Damir miró mi garganta con las fauces abiertas y babeantes.
“¿Últimas palabras antes de morir?” me preguntó, y luego añadió con tono divertido, “Podrás pronunciarlas perfectamente, porque te voy a matar sin honor en tu forma humana, como el despojo cobarde que eres.”
Alcancé el metal frío y rugoso del colgador con la punta de los dedos, sin que ninguno se diese cuenta. Entreabrí los labios, tomando aire para lo que estaba a punto de hacer.
―Bu… ―dije, muy lentamente.
El lobo se acercó más a mi cara, con los ojos brillando mientras disfrutaba de su superioridad.
“¿Bu? ¿En serio, eso es lo mejor que puedes decir? ¿Tú qué opinas, Chamu? ¿Está tratando de asustarnos? ¿O será bu… de lobo bu-eno?”
―¡Bu-fón de mierda! ―grité, agarrando rápidamente el perchero.
Le golpeé a Damir la cabeza con el pesado objeto de hierro y salí disparado por la puerta, sin mirar atrás.
Chamuel me siguió al exterior a dos pasos de distancia, tan cerca que podía oler las gotas de barro que iba salpicando en su carrera.
Corrí hacia la parte trasera de la casa, cercana al barranco. Allí el terreno era escarpado, y Chamuel tendría que aminorar la marcha para no despeñarse.
Miré hacia arriba, pidiéndole valor a la Madre Luna. No tenía mucho tiempo; si no me transformaba rápido, estaría muerto antes de que la lechuza cantara por tercera vez.
Me puse a cuatro patas, y ni siquiera fui capaz de detectar el instante en que mis manos se convirtieron en zarpas y mis uñas se hundieron en el barro, dejando huellas con forma de grandes óvalos con cuatro dedos y garras visibles.
Al darme la vuelta, casi choqué con Chamuel, que giraba derrapando la esquina posterior de la vieja casa. Quedé atrapado con la pared de piedra a mi derecha y la escarpada pendiente del barranco a la izquierda.
Chamuel saltó sobre mí, directo a la yugular.
Me lo sacudí de encima y le lancé un zarpazo a los ojos, que dio en el blanco. Uno de sus ojos comenzó a sangrar. Retrocedió, gimiendo, mientras se frotaba el morro con la pata.
Entretanto apareció Damir, con el pelaje ensangrentado, y apartó a su hermano de una patada.
“Así que quieres pelear,” gruñó con tono complacido.
“Pelearé hasta que no me quede una gota de sangre en el cuerpo,” respondí, enseñándole los colmillos.
“Bien, porque me aseguraré de que no te quede ninguna,” replicó Damir, cogiendo impulso para saltar. Al oírlo decir eso tensé todos mis músculos, preparándome para atacar antes. “Igual que hice con el enclenque de tu padre,” añadió él.
Me lancé sobre él antes de que saltase, clavando mis zarpas en su lomo tupido.
Rodamos unidos por el suelo, con las rocas afiladas magullando nuestras espaldas.
Damir me mordió cerca del cuello y comencé a sentirme mareado.
Seguí atacando, una y otra vez, con uñas y dientes, hasta olvidar quién era y por qué estaba allí: en mi mente solo resonaban dos pensamientos, de manera intermitente:
Matar a Damir.
Salvar a Selena.
El mareo se volvió tan fuerte que sentí que empezaba a perder la conciencia. Unos tentáculos de humo oscuro se levantaron desde el fondo de las rocas y nos envolvieron, nublando mi entendimiento todavía más. Sin saber cómo, dejé de rodar y me quedé quieto al borde del precipicio.
Entreabrí los ojos débilmente, sin comprender a qué se debía la súbita tregua: Damir, herido, se erguía sobre mí subido a una roca y me observaba. Desde mi posición, malherido junto al precipicio, me pareció más grande y oscuro que nunca.
A lo lejos escuché los gemidos de Chamuel, que lloriqueaba de dolor.
Damir me miró con asco desde su posición elevada y se tambaleó un poco.
“Maldito perro sarnoso,” me dijo. “Eres la vergüenza de los Montblanc.”
Sentí el odio bullir dentro, pero no fui capaz de moverme. Me sentía cada vez más débil y confuso.
Damir perdió el equilibrio un momento y un torrente de arenilla resbaló por el lateral de la roca desde la que me observaba.
Supe que estaba a punto de saltar sobre mí; a un paso de terminar conmigo.
Esta vez, lo lograría.
Cerré los ojos, y la última imagen que vi en mi mente no fue la de mi padre, aunque pensé que habría estado orgulloso de mí al verme morir tratando de vengar su memoria.
No, lo último que vi fue el rostro de Selena: la mujer que había confiado en mí y a quien le había fallado, aunque a cambio entregaría mi vida.