43
Selena
―¿Sales o qué, hermosa? ―gritó la voz de Damir al otro lado de la puerta.
Me lavé bien las manos y comprobé que no había quedado rastro de mis pociones en el baño. Tiré varias veces de la cadena y dejé caer la tapa del inodoro, haciendo el máximo ruido posible.
―¡Ya voy! ―grité, secándome las manos a toda prisa en una toalla acartonada y con olor a moho.
Me sentía mal por lo que acababa de hacer, pero era lo único que se me había ocurrido en tan poco tiempo. Ojalá los Dioses pudieran perdonarme algún día.
Quité el pestillo y encontré a Damir con su escopeta de caza, esperándome en el pasillo. Me miró con cara de desprecio y estuvo a punto de decir algo. Justo en ese momento, Penélope apareció por el otro lado, corriendo.
―La bruja ―dijo, como si yo no me incluyese en ese término―. Le pasa algo. Ven a ver.
Damir puso los ojos en blanco y me golpeó el trasero con el cañón de la escopeta.
―Venga ―me dijo, mirándome el culo sin disimulo―. Vamos a ver qué le pasa a tu amiguita.
Unos pasos más allá había otra puerta, con candado por fuera. El candado estaba abierto, colgando de una argolla de hierro. Penélope entró a toda prisa y yo la seguí, cada vez más preocupada por Mina.
Mi amiga estaba hecha un ovillo en la cama, completamente pálida y temblando.
―¿Qué le habéis hecho? ―le espeté a Damir.
Este ladeó la cabeza, divertido por mi furia, y alzó las manos.
―A mí me la trajeron así. Yo no sé nada.
Me giré hacia Penélope, que se encogió de hombros.
―Ni idea. Supongo que fueron los vampiros. Puede que perdiera mucha sangre.
―Pues la necesitamos viva ―escupió Damir, asomándose un poco a la ventana y apuntando a un área en la oscuridad―. Si se muere, lo pagarás tú ―le advirtió a Penélope.
Traté de mirar por la ventana tras su imponente figura y no atisbé mucho más que una pendiente escarpada de rocas que terminaba en un barranco hondo detrás de la casa. El bosque estaba en calma, aparte del ulular de una lechuza.
Tras unos instantes, durante los cuales mi corazón se detuvo, Damir bajó el arma y se dio la vuelta hacia nosotras.
―¿Esta no era curandera? ―preguntó a Penélope, refiriéndose a mí.
―Lo soy ―afirmé, cruzándome de brazos.
―Vale, pues cúrala.
Resoplé, sin poder creer lo que estaba oyendo.
―No es tan fácil. Necesito paz, y seguramente hierbas, medicinas, instrumentos… algunas raíces, un cuchillo y agua hirviendo.
―Estaremos calladitos ―replicó Damir―. De lo del cuchillo puedes olvidarte, que no me caí ayer del nido, guapa. Si de verdad tienes magia, cúrala con las manos.
Me quedé pensando un momento y me agaché junto a Mina. Le puse la mano sobre la frente; no tenía fiebre, y su respiración era bastante normal, a pesar de los temblores.
Sus síntomas eran extraños.
―No podéis estar aquí mientras practico la curación ―dije, con el tono más seguro que pude.
Damir miró a Penélope, y esta asintió.
―Déjala ―corroboró Penélope, a quien de pronto también le preocupaba mucho el bienestar de Mina―. Podemos esperar fuera. No hay nada peligroso en la habitación, ¿verdad?
―Todos los cajones están vacíos, tampoco hay adornos ni figuras ―respondió Damir, orgulloso de haber pensado en todo―. Quité hasta la lámpara, que era de hierro.
―Bien. No creo que puedan hacer mucho ―dijo Penélope, paseando la vista por las paredes vacías. Luego se giró hacia mí―: Tienes quince minutos… y más te vale que funcione.
―Hay que desatarle las manos ―dije con seguridad, mirando a mi pobre amiga, atada y amordazada―. Necesito ponerle los brazos en cruz, si no, no es posible.
Damir me estudió con los ojos entrecerrados, dudando. Luego miró a Penélope, y esta hizo un gesto con la mano, diciéndole que lo hiciera. El hombre salió un momento y regresó con un cuchillo. Luego cortó la brida que unía las manos de Mina, sin dejar de mirarme con mala cara.
Tragué saliva, irguiéndome junto a mi amiga.
―De acuerdo. Ahora salid y cerradla ―ordené, señalando la puerta.
A Damir no le gustó que le diera órdenes, pero obedeció a regañadientes.
Cuando se oyó el clic del candado, Mina abrió los ojos y dejó de temblar.
La observé, sorprendida solo a medias, mientras se incorporaba en la cama y se sentaba con la espalda apoyada en el cabezal de madera carcomida, quitándose la mordaza.
―Bueno… por fin se han ido ―susurró, con una sonrisa de oreja a oreja―. Sabía que lo pillarías enseguida.
Exhalé, aliviada al verla sonreír, y sacudí la cabeza.
―Eres increíble. Casi me lo había creído hasta yo.
Mina me abrazó.
―Eres la mejor curandera que conozco. Nadie podría engañarte jamás.
Se me derritió un poco el corazón al escuchar sus palabras.
―Ojalá hubieras conocido a mi madre ―dije suspirando―. Ella sí que era la mejor curandera del país… posiblemente del continente. Pero nos la quitaron demasiado pronto.
Mina chasqueó los dedos, y varios ratoncillos salieron de debajo de la cama. Levanté los pies por instinto, un poco asustada.
―¿Y estos qué hacen aquí? ―pregunté, observando a los pequeños roedores y comprobando que se mantenían alejados de mis piernas.
―Me hacen compañía. Y seguro que saben muchas cosas ―añadió, agachándose para que uno de ellos se le subiera a la palma de la mano―. ¿Verdad, pequeñín? Seguro que tú sabes cómo podemos salir de aquí…