Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 42
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Raoul

Corrí hasta la casa de Damir, la que un día fue de mi familia. Ya había visto el estado deplorable en el que se encontraba; había pasado por delante el mismo día en que había ido a espiar a mi madre y a mi hermana. Regresar a ese lugar dolía casi tanto como las heridas de la espada del vampiro.

El que fue el hogar de los Montblanc durante generaciones se hallaba en ruinas, maltrecho por la codicia y la desidia de Damir y sus secuaces.

A través de la ventana del baño de arriba vi una mano que tanteaba los cerrojos desde dentro, y poco después un rostro quedó enmarcado tras el cristal.

Era Selena.

Me reconoció desde arriba y comenzó a dar suaves golpes con los nudillos sobre el cristal, llamándome.

Entendiendo, señalé con el dedo la esquina superior derecha de la ventana. Recordaba perfectamente la ubicación del pestillo oculto, porque lo había instalado ahí yo mismo a instancias de mi madre, cuando el viento no paraba de abrir las ventanas y se colaban todo tipo de alimañas en el baño.

Ella miró hacia arriba sin entender, pero yo insistí. Pasó ambas manos por la madera hasta dar con el cerrojo. Segundos después, la ventana se abrió y asomó la cabeza por ella. Su melena negra se desbordó por fuera del cuello de la chaqueta roja, brillando bajo la luz de la luna.

Sonreí sin querer al verla de nuevo: para mí, ella era y sería siempre la mujer más hermosa del mundo.

Señalé hacia la puerta, dándole a entender que iba a entrar en la casa y la ayudaría a escapar.

Ella negó con la cabeza varias veces, con todas sus fuerzas.

―¡No! Te están esperando ―susurró, mirando hacia atrás como si temiera que sus captores la oyesen.

Me sorprendió que me alertase del peligro, teniendo en cuenta cómo nos habíamos despedido.

―Me da igual quién me esté esperando. Te voy a sacar de ahí ya mismo.

Selena inspiró, reuniendo paciencia. Luego alzó una mano, pidiéndome que esperase. Desapareció en el interior de la casa y regresó un par de segundos después, con una bolsita de plástico en la mano.

Me lanzó la bolsa por la ventana abierta. Esta cayó sin hacer ruido sobre la hierba húmeda, y me agaché a recogerla.

La bolsa estaba llena de bolas de algodón, de las usadas para desmaquillarse o curar heridas. El algodón se veía sucio, mojado y caliente. Observé el contenido con cierta aprensión, sin saber qué hacer con ello.

―Escúchame ―dijo Selena, en voz tan baja que tuve que leer sus labios―. Frótate las manos con eso, pero no te toques los ojos ni la boca. ¿Me has entendido?

Se oyó un ruido fuerte dentro de la casa, y Selena se dio la vuelta con expresión asustada.

―Tengo que irme. Me buscan ―dijo secamente.

―¡Espera! ¿Qué es esto?

―No hay tiempo. ¡Haz lo que te he dicho!

Después cerró la ventana con prisas y desapareció, dejándome frente a la casa. Cuando pensaba que no volvería a verla, escuché el cerrojo volver a abrirse bruscamente, y su imagen enmarcada en rojo se asomó fugazmente una vez más.

―Raoul ―me dijo antes de desaparecer, con voz insegura―, ten cuidado, por favor.

Se marchó tan rápido como había llegado, pero su aroma quedó impregnado en el aire, retorciéndome las entrañas con la necesidad de verla de nuevo a salvo, y lejos de Damir: aquel maldito siempre fue capaz de cualquier cosa para conseguir sus objetivos.

Olisqueé el algodón mojado que había en la bolsa; tenía un aroma terroso y herbáceo, un poco amargo. Aunque el olor me causaba desconfianza, me froté las manos, tal y como me había pedido. Sentí que la piel me escocía un poco, en particular cuando el líquido se filtró bajo mis uñas.

¿Qué me había dado esta mujer?

Suspiré.

Habría tiempo para pensar en eso más tarde.

Me acerqué a la puerta de la casa, que no estaba cerrada con llave.

Sí, Selena tenía razón: me estaban esperando.

La inquietud me erizó el vello de la nuca al empujar la hoja de la puerta, a sabiendas de que al otro lado podía estar esperándome la muerte.