40
Selena
Los dos hombres que acababan de salir de la camioneta eran altos, de rasgos angulosos y con un preocupante parecido a Raoul: de pelo oscuro y ondulado, barba tupida y raros ojos dorados y lobunos. Además, iban armados, y no parecían particularmente amistosos.
Uno de ellos era más bajo y corpulento, y el otro más alto, casi de dos metros, tenía una extraña muesca triangular en una oreja, como si le hubieran arrancado un trozo en una pelea.
Mientras uno me apuntaba de lejos con su escopeta, el más alto se acercó con suficiencia y me ató las manos al frente con una brida de plástico.
Luego me abrió la puerta del pick-up, obligándome a entrar en su vehículo.
―El teléfono, ricura ―me dijo, empujándome dentro.
Le señalé mi móvil, que aún estaba en el salpicadero del 4x4, y él fue a buscarlo. Mientras tanto, el hombre más bajo me hizo sentarme en la parte trasera de la camioneta.
Dentro del vehículo me encontré a Penélope, que me esperaba con una sonrisa altanera, sentada en medio.
Ni siquiera me sorprendí demasiado. Al otro lado, recostada contra la ventanilla con aspecto enfermizo, estaba la pobre Mina.
De las dos, solo mi amiga tenía las manos atadas y una mordaza en la boca, lo cual dejaba bastante claro cuál de ellas estaba allí por voluntad propia y cuál no.
―Ni se te ocurra hacer tonterías ―dijo el hombre gigantesco, sentándose al volante. Después señaló a su amigo, que iba en el asiento del copiloto. Tenía un aire ausente, como si estuviera absorto en sus pensamientos―. Chamuel se pone nervioso muy rápido, y es de gatillo fácil. ¿Verdad, Chamu?
El tal Chamuel se giró hacia nosotras y mostró una sonrisa boba, acariciando el cañón del arma que sujetaba entre las piernas mientras emitía un sonido gutural.
―Bueno, pues ahora ya tenéis a las dos ―dijo Penélope, frotándose las manos con satisfacción―. ¿Veis como podíais confiar en mí?
―Confiaremos cuando nos des tu parte del prisma, guapita de cara ―replicó el conductor sin mirarla.
El rostro de Penélope se contrajo ante el calificativo guapita de cara , que el hombre había expresado con absoluto desprecio, pero no dijo nada.
―El trato no era daros mi parte, sino juntar las piezas que tiene cada uno y trabajar en equipo ―siseó Penélope. Sus dedos se crisparon sobre sus rodillas, aunque solo yo pude apreciarlo―. Sabéis que solo será posible si unimos nuestras fuerzas.
Sentí que la brida de plástico me cortaba la circulación en las muñecas, y flexioné las manos un poco, tratando de crear un poco de espacio bajo las ataduras.
La camioneta ralentizó la marcha y se metió en un camino de tierra, tan lleno de baches que nos hizo rebotar las unas contra las otras en el asiento trasero.
―Bueno, ¿y cuál de las dos es la bruja? ―preguntó el hombre, enarcando una ceja en el espejo del retrovisor―. La que controlará el portal y a todas las criaturas del bosque.
―La de la trenza es la buena ―respondió Penélope, girándose levemente hacia Mina.
Me pregunté por qué habría dicho eso, y si quizás no sabía que yo también era una hechicera―.
Ni se os ocurra quitarle la mordaza, ni desatarla.
Podría meteros en un lío si conjura algún hechizo.
Primero habrá que domarla, aunque una vez el prisma esté completo, no creo que nos cueste mucho.
La camioneta entró en una pequeña aldea de casas bajas y humildes, donde la mayoría de las viviendas tenían las luces apagadas a aquellas horas de la noche.
―Bueno ―respondió el conductor, aminorando la velocidad―. Habrá que verlo cuando nos enseñes tu parte. Si es que de verdad tienes algo.
―¿Para qué iba a meterme en este lío y traeros a estas dos preciosidades si no lo tuviera?
―¿Para robarnos nuestra mitad? ―replicó el hombre, desviándose suavemente frente hacia una casa apartada de las demás.
Penélope se mordió el labio, y noté que se controlaba para no contestar.
El conductor apagó el motor con un gruñido satisfecho y su secuaz, Chamu, se giró sin abandonar su sonrisa bobalicona. El otro le dio una palmada en la nuca, en un vano intento por despertar la lucidez que, claramente, no poseía.
La casa donde había aparcado era más grande y con más pisos que las otras. Parecía más antigua y lujosa, pero se notaba abandonada, con la fachada cayéndose a trozos y la mayoría de contraventanas colgando rotas de un solo gozne.
―Venga, Chamu, tirando ―dijo el alto―. Saca a esas dos princesitas del coche y ponlas en los dormitorios de arriba. Y ya sabes, nada de desatar a la Pocahontas, que es peligrosa, ¿me has entendido? La otra… haz lo que quieras con ella. Solo mantenla viva y coleando hasta que dejemos de necesitarla.
Chamu asintió con fervor y sacó a Mina del coche a rastras. Ella se dejó llevar, tan agotada que ni siquiera opuso resistencia. El otro hombre abrió la puerta de la casa y encendió las luces de dentro. Luego los tres desaparecieron en el interior.
Me quedé a solas en el coche junto a Penélope. Evitando mi mirada, cogió su mochila y luego se agachó a buscar una botella de agua que se le había caído debajo de los asientos.
―Maldita zorra ―musité entre dientes―. ¿Cómo pude confiar en ti? ¿De verdad nos has traído aquí solo para conseguir un maldito pedrusco? ¿Después de esforzarnos por ayudarte con lo de Freddy y de pasar noches enteras en el bosque contigo?
Penélope me taladró con la mirada, y su semblante se volvió furioso cuando mencioné a su difunto marido, aunque su expresión pronto dio paso a la indiferencia. Hizo una pausa antes de hablar y metió la botella de plástico en un bolsillo lateral de su mochila.
―En serio, Selena, me sorprende que, siendo la hija de quien eres, tengas la desfachatez de hablar así del Prisma de Ordesa. ¿Cómo puedes decir que es un maldito pedrusco ? ¡Un portal sagrado a la Umbrícora! ¿De veras? Si tus padres te oyeran, se revolverían en sus tumbas.
La miré sin entender.
―¿Qué sabes tú de mis padres? ―le espeté―. Eres una embustera, y además estás completamente loca. Si tuvieras un ápice de decencia ahora mismo me desatarías, me devolverías mi móvil y me dejarías salir a pedir ayuda.
Apreté los puños, todavía atados: toda mi empatía hacia ella se había agotado. Mi capacidad de ser comprensiva era casi ilimitada, pero esa mujer era un monstruo.
Quería insultarla, pero me contuve.
La odiaba. La odiaba con todas mis fuerzas.
―Tus padres conocían muy bien ese “pedrusco”, como tú lo llamas. Me sorprende que seas tan ignorante. ¿Es que nunca hablabas con tu madre, Capuchita ?
Estaba demasiado furiosa para contestar, así que solo respiré hondo, y el aire salió de mis pulmones con un resoplido.
Penélope se encogió de hombros y salió del coche. Antes de cerrar la puerta asomó la cabeza dentro y dijo:
―Bueno, piensa lo que quieras, preciosa: a mí me da igual.
Ahora vendrá Chamu a por ti. Es majo, ¿no?
Aunque no parece el más listo de la familia.
A lo mejor te conviene hacerte amiga suya.
Podrías invitarlo a tomar algo en la tasca del pueblo, dicen que le gusta el vino barato… Porque Raoul no creo que venga, ¿sabes?
Apreté la mandíbula, viendo a Chamuel salir de la casa, directo a la camioneta.
―Qué decepción de hombre, el pobre Raoul ―dijo Penélope―. Si los tuviera bien puestos te habría acompañado hasta aquí, ¿no crees?
Luego cerró el coche de un portazo. Me quedé temblando, rabiosa y sacudida por aquella última observación.
Entretanto, Chamuel apareció por el otro lado, empuñando una navaja, y me tiró de los brazos atados para que lo siguiese. Bajé de la camioneta, pisando el suelo embarrado con agotamiento.
Me esforcé por recordar el máximo detalle de todo el entorno: era una casa enorme de muros desconchados, circundada por un jardín descuidado y campos llenos de maleza.
Estaba algo apartada de las demás de la aldea, más pequeñas y humildes.
Sobre la puerta doble de entrada había una piedra clave en forma de rosa silvestre, con una M tallada en el centro.
Chamuel me hizo pasar al recibidor, y de ahí a un comedor anticuado. Después se dirigió por un pasillo oscuro hacia las escaleras. Me pareció ver una cocina sucia, y un salón polvoriento con butacas viejas de terciopelo.
Subí la escalera agarrándome de la barandilla, que estaba fría y pulida por décadas de uso, prácticamente sin pintura. Llegamos hasta un dormitorio con olor a humedad, en el que solo había una cama estrecha y un crucifijo en la pared, y me señaló hacia el interior.
―Tú ahí ―dijo Chamuel, demostrando que, contra todo pronóstico, era capaz de hilar dos palabras seguidas―. Ahora viene Damir.
Me senté en el borde de la cama, apretando una muñeca contra la otra.
―¿Podrías quitarme esto? ―pregunté con la voz más dulce que pude―. Necesito ir al baño, y así no puedo.
Chamuel se rascó la cabeza con un movimiento que me recordó a un primate, y se asomó hacia las escaleras.
―¡Eh, Damir! ¿Entonces la gorda es peligrosa o no?
Era bueno que estuviese atada, porque de lo contrario habría arrancado el crucifijo de la pared para asestarle un mazazo en esa cabeza hueca, aunque hermosa, que tan bien le adornaba los hombros.
Unos pasos se acercaron, y el hombre alto que había conducido el coche entró en la habitación, seguido de Penélope.
―¿Tú qué dices, guapita? ―le preguntó el hombre a Penélope―. Tú la conoces mejor… ¿si la suelto, es revoltosa?
―Nah. Esta solo hace infusiones de hierbas y cosas así ―dijo Penélope, abrazando su mochila fuerte contra el pecho―. No es peligrosa. Lo peor que podría hacer es lanzarte una taza de manzanilla a la cara.
Damir soltó una carcajada al escuchar aquello. La furia comenzó a hervir en mi estómago todavía más fuerte: sobre todo porque, en el fondo, sabía que Penélope tenía razón.
―Vale ―dijo Damir―. Que vaya a mear si no puede aguantarse, pero que alguien vigile la puerta.
―Gracias ―dije secamente, sin poder ocultar en mi voz el aborrecimiento que sentía hacia todos ellos.
Acto seguido, Damir le cogió la navaja a su hermano y cortó la brida que unía mis manos. Sentí un alivio inmediato, y me froté las muñecas, mirándolos a los tres con desconfianza.
―Más te vale que nos sirva para eso que nos prometiste ―le dijo Damir a Penélope, dándose la vuelta para marcharse.
Penélope bufó.
―Por supuesto que servirá, ¿acaso no la ves? ―Me cogió la barbilla con las manos y me obligó a alzar la cara, como si fuera un potro en venta―. Es un encanto. Dulce, guapa, resultona… ¿y has visto qué culo? ¿Qué hombre podría resistirse? Te aseguro que cumplirá su función a la perfección.
―¿Y cuál es mi función, si puede saberse? ―pregunté, sacudiendo la cabeza para que me soltase.
Penélope me miró con suficiencia, pero ni siquiera se molestó en contestar. Le habría dado una patada en la entrepierna, pero tenía poco que hacer en un cuerpo a cuerpo contra esos tres.
―Te he hecho una pregunta ―repetí, con la voz temblando de furia.
―Me cae bien. ¡Tiene mal genio! ―comentó Damir con tono divertido, empujándome hacia una puerta más pequeña cerca de las escaleras―.
Entra, bonita, ahí tienes el baño. ¡Chamuel, ven aquí!
Quédate en la puerta, que no se escape, ¿entendido?
Si hace alguna tontería, le das un bofetón, pero que no sea en esa carita tan mona.
Mejor en el trasero… O bueno, pensándolo mejor, llámame y se lo daré yo.
Mientras tanto, voy a ver qué podemos hacer con la otra.
Chamuel asintió como un perrito obediente y me empujó tan fuerte dentro del baño que casi caí de bruces sobre el inodoro. Después cerró la puerta y me dejó a solas.
Escuché los pasos de Damir mientras se alejaba, diciendo:
―No entiendo por qué una mujer así soportaría al imbécil de mi primo, pero tienes razón: está claro que va a ser un buen señuelo.