39
Raoul
No conocía suficientes juramentos, ni en francés ni en español, para expresar la frustración que sentí al recobrar el conocimiento. Me encontré con la cara de bruces contra los adoquines húmedos de una calle anónima, perdida en un remoto pueblo pirenaico.
Me miré las manos, todavía manchadas con la sangre del vampiro, y tomé una inspiración profunda. La herida de mi costado era mucho menos grave de lo que había pensado al principio y podía moverme sin excesivo dolor.
Sin embargo, no me reconocía a mí mismo: había caído en el mismo trance que la noche del jabalí, aunque esta vez había sido mucho peor.
Por un instante, había olvidado mi propia identidad y el objetivo de la lucha.
Había sentido una fuerza sobrenatural que me poseía, y una energía contenida superior a la que había tenido nunca.
Pero, lo peor de todo era que había estado a punto de atacar a esa mujer aterrada, encogida e indefensa frente a mí en aquel oscuro portal de piedra con olor a orines.
¿Cómo era posible?
Sentía que la cordura comenzaba a fallarme.
Miré a la luna, aullando con el puño en alto.
Seguramente, todo ese tiempo sin transformarme me había causado algún daño desconocido. No era bueno para los de nuestra especie permanecer en forma humana durante tantos meses, y lo que me estaba ocurriendo tenía que ser la prueba de ello.
Regresé caminando al hotel, y ni siquiera me sorprendió ver que nuestro todoterreno ya no estaba aparcado allí, ni tampoco el coche de Penélope.
Pedí la llave de mi habitación en recepción, y el joven empleado me miró con extrañeza.
―Se la di hace un rato a su mujer ―contestó con el ceño fruncido―. Subió a coger algo y volvió a marcharse, pero no me la devolvió. ―Me lanzó una ojeada cautelosa, probablemente notando el estado de mi ropa y la sangre en mi cara y manos―. ¿Está todo en orden? ¿Se encuentra usted bien?
Después me observó con temor en la mirada, preocupado por haber metido la pata… o quizás algo peor.
Suspiré, controlándome para no dar un puñetazo en el mostrador.
―Todo en orden.
Después de todo, el recepcionista no tenía la culpa de mi estupidez. Viendo que no paraba de mirarme, añadí:
―Solo me he caído, estoy bien, no se preocupe. Hablaré con ella.
Sí, habría sido muy fácil hablar si se hubiera dignado a cogerme el teléfono.
Intenté llamarla otra vez, pero, de nuevo no contestó.
―¿Quiere que llame al médico de guardia? ―preguntó el recepcionista, con la mano ya en el teléfono fijo.
Sacudí el brazo en el aire, negando, y salí de allí sin saber qué hacer.
Me senté en la acera, bajo una farola cerca de la entrada del hotel, con la cabeza entre las rodillas.
Había espantado a Selena con mi comportamiento salvaje, que ni siquiera yo comprendía.
¿A dónde podía haber ido? Y, lo peor de todo, ¿estaría en peligro?
Lo único que sabía, sin lugar a duda, era que habría ido a buscar a su amiga Mina.
Y lo último que se sabía de Mina era que había salido a pasear con Penélope.
Penélope …
Recordé cómo había masacrado a aquellos vampiros, y casi también a mí.
Recordé también su mirada inocente después, cuando se lanzó sobre el capó del todoterreno suplicando que la lleváramos con nosotros.
Había sinceridad en aquella mirada. Había…
desesperación pura, exactamente igual que la que yo sentía en este mismo instante.
Había algo en ese bosque.
Algo anómalo, algo oscuro que hacía que los lobos perdiéramos la cabeza.
Me había ocurrido a mí.
Y, claramente, ese algo también había afectado a Penélope.
No conseguía entender para qué podía necesitar Penélope a Mina, o a Selena. Aquella mujer parecía trastornada por la muerte de su compañero, y desde entonces solo hablaba del Prisma de Ordesa. ¿Estaba tratando de distraerse del dolor con su trabajo? ¿O había algo más?
Según ella, los fragmentos que faltaban no se encontraban en el lecho del río, sino en posesión de alguien que vivía en ese mismo bosque.
Alcé la mirada hacia la luna y me pareció escuchar un aullido lejano.
Claro.
Qué tonto había sido.
De pronto, todo cuadraba: tanto en mi pasado como en el momento presente.
Lo bueno era que tenía una idea bastante clara de dónde encontrar a Penélope.
Lo malo, que iba a tener que transformarme de nuevo si quería llegar hasta allí lo suficientemente rápido, y no sabía qué consecuencias podría tener sobre mi comportamiento.