Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 38
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Selena

Fui primero al hotel a buscar el todoterreno.

Mina no estaba en la habitación, pero eso yo ya lo sabía.

La cama seguía hecha, con la colcha perfectamente lisa y doblada.

Luminix maulló cuando entré, furioso, y cambió de verde a blanco de manera intermitente, como una luz de alarma.

Estaba claro que su dueña llevaba muchas horas sin renovarle el hechizo de ocultación.

Le acaricié la cabeza y me senté a su lado, pensativa.

Me sentía agotada, y habría dado cualquier cosa por tumbarme en esa cama y cerrar los ojos hasta la mañana siguiente.

Pero no me quedaría tranquila hasta que diese con Mina, dondequiera que estuviese.

Teníamos que largarnos de allí cuanto antes, lejos de esos licántropos asesinos y de ese bosque repleto de amenazas.

Llegada a ese punto me daban igual la opinión de Teo, el Prisma de Ordesa y todo lo demás: había tenido suficiente.

Volví a llamar a Mina, y después a Penélope, pero ninguna contestó. El punto GPS en mi móvil se alejaba paulatinamente, internándose en el bosque.

Bajé a la calle de nuevo: el coche de Penélope no estaba, tal y como me había temido. El nuestro sí que seguía en su sitio, pero yo no tenía las llaves; aun así, recordé que Raoul las había metido en el bolsillo de su mochila y que no la llevaba consigo durante el paseo.

Me armé de mi mejor sonrisa y recité una invocación de luz para crear un aura de confianza a mi alrededor. Después me encaminé al mostrador de la entrada y, con toda mi dulzura, le sonreí al recepcionista, que resolvía sudokus con cara de sueño.

―Hola… ―le dije con picardía, enroscándome un mechón de la coleta en torno al dedo índice―. ¿Podría darme la llave de la 304?

El hombre dejó sus pasatiempos a un lado y levantó la vista: era tan solo un par de años mayor que yo, y tenía el rostro redondo y bonachón. Comprobó algo en el ordenador, confundido, y luego negó con la cabeza como si no entendiese algo.

―¿Apellido? ―preguntó, sin dejar de teclear.

―Montblanc ―respondí, sin pestañear ni un segundo. Lo vi abrir la boca para objetar algo, y añadí convencida―: Está a nombre de mi novio.

Sonreí, reforzando mi aura mágica, y el hombre enarcó las cejas un instante.

―Sí, es verdad, ahora que lo dice, recuerdo haberlos visto juntos en el bufet del desayuno. Están con su amiga, la que siempre lleva una trenza, ¿verdad?

―Así es ―dije, cogiendo la llave rápidamente―. Gracias… y buenas noches.

***

Cuando entré en la habitación de Raoul no sabía muy bien qué esperarme.

¿La guarida de un asesino encubierto? ¿El agujero inmundo de una bestia salvaje, con restos de huesos y carne putrefacta por las esquinas?

Para mi sorpresa, no había nada de eso, y la pulcritud del espacio me sorprendió. Raoul había llevado consigo muy poco equipaje, y los escasos objetos que quedaban a la vista eran de tonos neutrales, todos limpios y colocados de manera ordenada sobre el escritorio y la mesilla.

Encontré la mochila en su armario, y en el bolsillo la llave del coche. Me la guardé y no pude resistir la tentación de echar un vistazo rápido a sus pertenencias.

Encontré su traje negro y camisas blancas en el armario, en una bolsa de la tintorería del hotel.

En la maleta no había gran cosa: varias camisetas exactamente iguales, ropa interior de marca y unos vaqueros.

Estaba a punto de salir cuando advertí que su maleta era mucho más honda vista desde fuera que por dentro, y le eché un segundo vistazo, prestando más atención: al mirarla mejor comprendí que tenía doble fondo.

Había una cremallera oculta en el forro, debajo de las camisetas.

La abrí despacio, con cuidado de no desdoblar la ropa que había encima. Dentro había algo enrollado en un trapo, y lo saqué despacio, sin mover el resto de sus cosas.

Al desenrollar la tela me encontré un hatillo de flechas con punta de plata: del tipo usado para matar vampiros u hombres lobo. Las volví a guardar a toda prisa, cuidando de no dejar mis huellas sobre el metal.

Aquello confirmaba las últimas palabras del vampiro: « lobo mata a lobo …» ¿hacían falta más pruebas?

Me marché de aquella habitación con una sensación ominosa en el estómago.

Salí del hotel y arranqué el todoterreno, usando la ubicación de Mina como destino en el GPS. El punto luminoso seguía moviéndose, y se internaba en las montañas por caminos recónditos y sinuosos.

Mientras conducía pensé en las palabras del vampiro antes de morir: « No te hagas el noble ahora, echándome a mí el muerto… »

Los vampiros eran a menudo seres ladinos, en los que no se debía confiar.

Pero el tatuaje en el pecho de Raoul, confirmado por la inicial de su apellido, hacía pensar que ese vampiro podía haber dicho la verdad. Aquella flor de rosal tenía cuatro pétalos, ni más ni menos, lo cual denotaba que Raoul no era un lobo cualquiera.

Y el hecho de que escondiese flechas de plata en un compartimento secreto, e incluso, que no se hubiera quitado la camiseta durante nuestra velada juntos, hacía mi teoría todavía más plausible.

Raoul tenía que haber matado a Freddy.

La tarde en que Federico Molina había sido asesinado, Raoul estaba ausente, perdido en el bosque. Nunca explicó claramente qué había hecho. ¿Quién se pasaba cuatro horas haciendo jogging?

Mi teléfono sonó, interrumpiendo mis pensamientos: por supuesto, era Raoul.

Dejé el aparato vibrar sobre el salpicadero, sin tocarlo, y seguí conduciendo. Insistió un par de veces, y después envió un mensaje de texto:

«¿Estás bien? ¿Dónde estás? Disculpa por lo de antes. Por favor, Selena, responde. Estoy preocupado por ti.»

Resoplé, incrédula. « Disculpa por lo de antes » era un mensaje bastante flojo y muy poco convincente después de haberme mirado con esos ojos de asesino en el callejón, justo después de despedazar a un vampiro ya muerto como si estuviera poseído por los demonios del inframundo.

La ruta me hizo adentrarme en la espesura por caminos cada vez más estrechos y difíciles. Me alegré de tener un 4x4, pero, aun así, sentí miedo de despeñarme: la noche era oscura, y el estado de aquellas carreteras secundarias, pésimo.

El GPS me guio hasta un puerto de montaña. Conduje despacio, curva a curva, sin perder de vista el punto en el mapa que indicaba la ubicación de mi amiga.

Poco antes de alcanzar la cima perdí la señal: el punto con la ubicación de Mina se volvió gris, y cuando la llamé, su teléfono ya no sonaba.

O bien lo había apagado, o se encontraba sin cobertura.

Algo me decía que era lo segundo.

Avancé hasta la última ubicación registrada de mi amiga, cerca de un merendero, y aparqué el coche bajo los árboles.

¿Y ahora qué? Estaba en medio de la nada y era noche cerrada.

La opción de echar a andar por la espesura a ciegas no era demasiado tentadora, y me pregunté si no habría sido más inteligente esperar en la habitación a que volviese ella sola, por su propio pie.

Claro que, para entonces, era posible que Raoul ya me hubiera matado por rebuscar en su equipaje y dar con sus flechas; o que Penélope la hubiera despedazado a ella igual que había hecho con los vampiros de la cueva.

Di golpecitos rítmicos con los dedos sobre el volante, pensando en una solución.

Decidí bajar del coche y escuchar: en el silencio del bosque, no era del todo imposible percibir sonidos lejanos.

El frío nocturno me golpeó al salir, junto al olor del aire que presagiaba nieve: conocía ese aroma y esa sensación; estaban grabadas en mis recuerdos más primitivos, desde mi infancia.

En el merendero no había nada interesante: solo arbustos, papeleras y mesas de picnic.

Avisté unos endrinos; por puro instinto, arranqué un par de ramas y me las metí en el bolsillo, pensativa.

Sí, definitivamente había sido una tontería adentrarme así en el bosque, sin un plan B y sin llamar antes a Teo o a Iris. ¿Qué hora sería en Dubai? Quise llamarlos, pero mi teléfono ya no tenía cobertura.

Decidí dar la vuelta, descansar un poco en algún lugar más seguro y replantearme el plan por la mañana. En cuanto volviese a tener señal le enviaría un mensaje a Teo.

Regresé al 4x4, encendí el motor y los faros y salí del merendero, todavía sin saber a dónde ir.

Quizás lo mejor fuese dormir en el coche en algún lugar habitado, pero lo bastante lejos del hotel: lo importante era no encontrarme con Raoul.

Podía regresar a la mañana siguiente a por mis cosas, que todavía estaban en Aínsa.

Volví carretera abajo, deseando llegar de nuevo a la carretera principal, más ancha e iluminada.

De pronto, unas luces me cegaron. Venían en sentido contrario, y era el primer vehículo con el que me cruzaba.

Una camioneta de estilo pick-up bloqueó la carretera, atravesándose de lado a lado. Paré el coche en seco y permanecí dentro, dudando si salir o hacer marcha atrás y volver por donde había venido. Era difícil dar la vuelta en una curva tan estrecha, así que me quedé quieta.

En el interior se apreciaban las figuras de dos hombres y dos mujeres. Una de ellas me saludó con la mano, aunque no pude reconocerla desde donde estaba.

No tuve mucho tiempo para pensar, porque en ese instante dos hombres gigantescos salieron del vehículo, armados con escopetas de caza.

―¿Es ella, verdad? ―preguntó uno, girándose hacia los pasajeros que se habían quedado dentro. No pude oír la respuesta, pero imaginé que fue afirmativa porque el hombre se acercó más a mí, apuntándome con el arma, y dijo―: Sal de ahí, Caperucita…  ¿es que no sabes que el lobo feroz anda suelto?