Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 37
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Selena

Cerré los ojos en un acto reflejo, tapándome la cara con las manos al oír el golpe contra los adoquines: un sonido que me recordó demasiado a la cabeza de mi padre estrellándose contra la chimenea de nuestro hogar, muchos años atrás.

El cuerpo del lobo cayó al suelo con un ruido sordo. Cuando volví a mirar, Raoul yacía inconsciente y desnudo a mis pies, cubierto de arañazos, cortes y mordiscos espantosos. Una de las heridas, infligida por la espada de plata del vampiro, supuraba en su costado y se estaba tornando negruzca.

Mi primer instinto fue arrodillarme a su lado y extender las manos a unos centímetros de su pecho, apresurándome a canalizar energía curativa.

Pero entonces me detuve, dudando.

¿Era una buena idea sanarlo?

Había visto el odio en los ojos de aquel lobo: no solo al atacar al vampiro con ensañamiento, incluso después de haberlo herido de muerte; sino también al acercarse a mí después, con los ojos inyectados en sangre.

El tatuaje era el mismo: una M mayúscula inscrita en un círculo y rodeada por varios pétalos de rosa silvestre.

Cuatro pétalos.

Uno más de los que había tenido aquel lobo que aún veía en mis pesadillas.

Según mis cálculos, eso solo podía significar que Raoul estaba por encima de aquellos malditos asesinos que habían acabado con mi familia.

Cuatro pétalos: el heredero del alfa.

Alguien de tan alto rango tuvo que estar al tanto del plan malévolo de sus secuaces, o peor aún, pudo haberlo urdido él mismo.

Raoul se encogió en posición fetal, apretó los párpados y una mueca de dolor surcó su rostro.

Hacía quince años que me despertaba por las noches gritando, con la frente empañada de sudor.

Había hecho todo lo posible para superar mi fobia a los lobos y todo lo relacionado con ellos, y para aceptar que debía compartir misiones de todo tipo con aquel hombre que, por casualidades del destino, había sido también contratado por la Agencia Serenata Nocturna.

Lo había aceptado de todas las formas posibles, en mi vida y hasta en mi intimidad. Le había expuesto las partes más ocultas de mí y mis debilidades, creyendo que él era diferente.

Mientras tanto, él había sabido perfectamente quién era yo y lo que los suyos me habían hecho.

Aquel licántropo sin escrúpulos se había aprovechado de mi inocencia y de mi buena voluntad. No había tenido reparos en desnudarme y hacerme suya cuando se presentó la oportunidad, aun sabiendo lo que le habían hecho a los míos.

Estuve tentada de escupirle a la cara y dejarlo morir ahí, en el suelo, igual que él había dejado morir a mis padres y hermanas.

Pero, por desgracia, mamá y yo nos parecíamos demasiado, y fui incapaz de hacerlo.

Una curandera era siempre una curandera, y el sufrimiento ajeno nos dolía como si fuera propio.

Apreté la mandíbula, aparté la vista y recité una rápida invocación sobre el corte más profundo, el de su costado. Lo sané lo justo para que no fuese letal, pero le dejé el resto de magulladuras.

Después me alejé de allí. Mientras caminaba, abrí el mensaje de Mina, ya que la primera vez, con las prisas, solo había ojeado las primeras líneas.

Al final del texto había compartido un enlace a su ubicación en tiempo real y suspiré de alivio: « chica lista», me dije, observando un punto que se movía sobre el mapa a varios kilómetros de distancia.

Salí a toda prisa del callejón, dispuesta a encontrar a Mina. Sabía que Raoul volvería en sí muy pronto; pero para entonces, jamás volvería a verme.