Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 36
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Selena

Los montañeros entraron en la casa, cargando a mamá en brazos.

Selena los siguió con sigilo por el borde del sendero, esforzándose por ir más rápido, pero sin que la vieran. A pesar de conocer esos bosques como la palma de su mano, el miedo la volvía torpe, y el vestido se le enganchaba en las zarzas todo el rato.

«¡Mamá, despierta!», gritaba en sus pensamientos, desesperada por que el mensaje llegara hasta los oídos de su madre inconsciente. Ella sabría qué hacer; seguro que tenía una poción también para eso, o a lo mejor un cántico, o una hierba mágica.

Los senderistas empujaron la puerta de madera, que siempre estaba abierta. Esta giró suavemente sobre los goznes, sin hacer ruido. Mamá seguía aturdida, pero empezó a moverse un poco cuando la metieron a rastras en la casa.

Selena salió de puntillas y se acercó a su casita, acurrucándose detrás del viejo pozo para que no pudieran verla.

Oyó gritar a papá, y las gemelas lloraron.

Los hombres le pidieron algo a papá de mala manera, y él respondió muy enfadado, con esa voz de trueno que usaba solo cuando algo le molestaba mucho, mucho.

Se oyó un escándalo de platos y cristales rompiéndose, y el golpe seco de algo muy pesado que caía al suelo.

Mamá gimió: debía de haberse despertado del todo.

Selena no veía nada; seguía apostada a la sombra del pozo, y no supo si preocuparse o alegrarse al oírla.

Entonces la puerta de atrás se abrió, y mamá salió en tromba, apretando algo contra su pecho.

La puerta rebotó con fuerza contra la fachada, y la niña, como un resorte, salió de detrás del pozo.

Su madre le lanzó una mirada acerada, mientras susurraba tres palabras : «¡Huye, Sely!

¡Escóndete!» . Era la primera vez que mamá quería que se escondiese, y eso era señal de que algo andaba muy, muy mal.

A Selena le pareció que añadía algo más, aunque solo pudo ver sus labios moverse mientras pasaba. Pero, ¿qué había dicho exactamente?

«¿El vino está en la vitrina?

¿El verano está en la cocina? »

Aquello no tenía sentido.

―¿Mamá…?

Selena no estaba segura de haberlo entendido bien.

Quería preguntárselo. Pero su madre la ignoró, haciendo un gesto para que callase y se ocultase rápido.

Luego mamá corrió hacia el cauce del río, que discurría junto a la casa, y lanzó algo dentro.

El objeto se hundió con un chapoteo y se lo llevó la corriente.

Uno de los hombres malos salió tras ella, le dio un golpe en la cabeza y la arrastró de nuevo al interior de la casa.

Selena temblaba.

Los hombres volvieron a gritar y esta vez papá ya no sonó enfadado, sino asustado y suplicante.

La niña no podía aguantarlo más. Desoyendo las órdenes de su madre, fue de puntillas hasta la puerta y asomó tan solo la punta de la nariz, lo justo para ver la escena que la perseguiría en sus pesadillas durante los siguientes quince años:

Un lobo enorme, al que le faltaba un trocito de oreja, agarró a su padre entre las fauces.

Sacudió su cuerpo en el aire como si fuera una muñeca de trapo, y la cabeza de papá chocó contra la esquina de la chimenea.

Luego papá se quedó flácido, y dejó de gritar.

Otros dos lobos saltaron sobre su madre y hermanas, y Selena se hizo pipí encima sin darse cuenta.

La niña salió corriendo con los leotardos mojados, y se perdió en el bosque.

Permaneció allí mucho tiempo, llorando entre sus propios orines, hasta que cayó dormida entre la hojarasca.

***

A la mañana siguiente, Selena despertó en un áspero lecho de hojas, tiritando de frío y sintiendo que olía mal.

Pensó que otra vez había conseguido evitar que mamá la bañase, gracias a su destreza para huir trepando por los árboles y esconderse entre los arbustos. Lo hacía muchas veces, porque no entendía esa manía suya de lavarla tanto: los ciervos y los lirones nunca se duchaban, y no les pasaba nada.

Selena descartó aquellos sueños tan espantosos que había tenido, en los que unos lobos despiadados hacían cosas horribles e impensables a su familia.

Caminó contenta hasta la casa, canturreando la canción de mamá: « Con la magia ancestral, cumplimos con amor…»

Al llegar a la puerta, notó que esta estaba abierta de par en par, y que hacía frío dentro.

Caminó cada vez más despacio hasta alcanzar el salón comedor, donde su pequeño corazón se detuvo de golpe.

Toda su familia yacía en el suelo, cubierta de sangre y con los miembros retorcidos en posturas absurdas.

Ni siquiera pudo reconocer la cara de papá, pero sí la de las gemelas, todavía abrazadas junto a la chimenea apagada, que mostraba una ominosa mancha marrón en la esquina sobre la que se habían reunido algunas hormigas.

Junto al padre yacía también uno de los senderistas: por algún motivo incomprensible estaba desnudo. Tenía magulladuras por todas partes, y los labios azulados.

Selena sintió las lágrimas calientes bajándole de nuevo por las mejillas sucias y llenas de chorretones.

Tembló, sobrecogida por el shock, y cerró los ojos para bloquear aquella escena, la más cruenta y horrible que había visto en su corta y alegre vida.

Luego comenzó a hipar de manera incontrolable.

Se agachó junto a sus hermanas y les puso las manos sobre el pecho, tal y como mamá le había enseñado.

Llamó a la energía del Universo: a toda la energía del cielo, de los Ángeles y de los Elementos, y a todas las Diosas y santas cuyos nombres conocía.

Invocó a los antiguos Dioses paganos a los que rezaba mamá, y también al Dios del que siempre hablaba el párroco de la escuela.

Rezó todos los rezos y musitó todos los hechizos, pero no pasó nada.

Desesperada, entró en el dormitorio de sus padres y sacó el diario de mamá, leyendo cada sortilegio entre sollozos hasta que el sol estuvo muy alto.

Mucho rato después escuchó los pasos de una vecina, que se acercó por el sendero. La mujer pasó junto al pozo, parloteando distraída.

―Sely, preciosa, tenéis la puerta abierta de par en par y os vais a congelar ―dijo desde el umbral―. Os traigo acelgas de mi huerto, ¿todo bien? No he visto a tu madre a la salida del colegio, a las doce, y pensé que…

La vecina se quedó con la boca abierta, paralizada.

―¡Dios bendito! ―exclamó santiguándose, y corrió a sacar a la niña de aquel antro de los horrores.

Selena intentó aferrarse a la pierna de papá, pero la vecina tiró de ella muy fuerte hasta obligarla a levantarse.

La niña apretó el diario de su madre contra su pecho y se dio la vuelta antes de salir. Aquella fue la última vez que vio el que había sido su hogar.

Poco después fue adoptada por su tía, que trató de hacerla olvidar sus orígenes con la esperanza de que olvidase también los horrores que había sufrido.

Pero en su retina quedó para siempre grabada la imagen de su familia extinguida, y en particular la de aquel extraño sin vida, caído junto al cuerpo de su padre.

Sobre el pecho del hombre lobo muerto había un dibujo: un tatuaje con una M mayúscula, rodeada por tres hojas de rosa canina. Selena nunca olvidó ese tatuaje en forma de rosa; la misma flor maldita sobre la que tanto la había advertido su madre.